Opinión
Para no olvidar a Pierre Bourdieu
Acerca del autor
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Pierre Bourdieu nació el 1 de agosto de 1930 en Denguin, en los Pirineos Atlánticos, al suroeste de Francia. Graduado en la Facultad de Letras de París, ingresó a la prestigiosa “Escuela Normal Superior” en 1951. Justamente allí se formaron intelectuales franceses de la talla de Jean-Paul Sastre y Claude Lévi-Strauss. Como sociólogo, comenzó su carrera al realizar trabajos de investigación sobre la estructura social de Argelia, centrando más tarde sus estudios en el sector campesino de ese país. Por su trayectoria, luego de ser nombrado profesor del Liceo de Moulins, es designado hacia 1964 Director de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales. De allí en más, su labor académica se hizo cada vez más prolífica y llegó, en 1981, a ser designado en el puesto académico más prestigioso de Francia, en el “Colegio de Francia”, con el título de Profesor titular de la cátedra de sociología, cargo en que se desempeñó hasta su muerte el 23 de enero de 2002.
Nociones mediadoras de conocimiento
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Los argumentos explicativos más importantes que fue construyendo en sus obras, para descri-bir y explicar la articulación entre lo económico y lo simbólico, entre lo objetivo y lo subjeti-vo, entre la producción y el consumo, se materializan a partir de una serie de “nociones mediadoras” -tal como él las llamó para diferenciarlas de los conceptos- a saber: juego, habitus, campo, estrategias de reproducción y subversión, y capital simbólico. El análisis que propuso consistió, por un lado, en apartar las representaciones subjetivas de los agentes construyendo estructuras objetivas (modelos), lo que conlleva a fundamentar las representaciones subjetivas, dando cuenta de las coacciones estructurales que pesan sobre las interacciones Por otro lado, esas representaciones, también deben ser consideradas si se quiere dar cuenta especialmente de las luchas cotidianas, individuales o colectivas, que tienden a transformar o a conservar esas estructuras. Esto significa que los dos momentos del análisis, el objetivista y el subjetivista, existen en una relación dialéctica, y corresponde que los puntos de vista de los agentes o grupos de agentes sociales, sean aprehendidos en tanto tales y relacionados con las posiciones que en la estructura ocupan aquellos, en un lugar y un tiempo determinados.
El sentido práctico: las estrategias
Bourdieu estimó indispensable inscribir, en la teoría, el principio real que poseen las estrate-gias, es decir el sentido práctico, aquello que los “jugadores” llaman el sentido del juego, como dominio práctico de la lógica necesaria de un juego que se adquiere por la experiencia en el juego y que funciona más acá de la reflexión sobre los motivos que lo determinan.
Entonces, la pregunta: ¿Cuáles son los intereses que tienen los agentes para ingresar a los jue-gos? Ante ello, Bourdieu planteó, que la magia propiamente social de la institución puede constituir casi cualquier cosa como de interés, tanto en el sentido de inversión o carga, que será objetivamente correspondido por una economía.
Por ejemplo, la economía del honor (o la de los bienes de la salvación eterna) produce y recompensa disposiciones económicas y prác-ticas aparentemente ruinosas, por tan "desinteresadas", por lo tanto absurdas desde el punto de vista de la ciencia económica de los economistas. La inversión es la forma de objetivar esa inclinación por actuar que se engendra en la relación entre un espacio de juego, donde algo está en juego (lo que denomina un campo) y un sistema de disposiciones que se ajusta al juego (lo que denomina un habitus). Dicho en otras palabras, la inversión es el efecto histórico del acuerdo entre dos realizaciones de lo social: en las cosas, por la institución, y en los cuerpos, por la incorporación.
La noción de habitus
La noción de habitus es central en el esquema interpretativo Bourdieano. Se trata de un con-cepto muy amplio que lleva por finalidad dar cuenta cómo se produce el “sentido práctico”. Esta noción, posee la dinámica propia de aquellos términos que señalan procesos en los cuales convergen extensos vectores temporales y situacionales. En una primera lectura parecería estar muy emparentada con el "inconsciente" del psicoanálisis, y con ello ser una categoría explicativa de las acciones individuales, pero en realidad, su producción, sus efectos y constitución, está determinada histórica y socialmente, sólo que a efectos de simplificar determinadas explicaciones se suele situar al habitus individualmente.
La acción no es una respuesta cuya clase se encuentre sólo en el estímulo desencadenante; tiene como principio un sistema de disposiciones: el habitus, que es producto de toda la experiencia biográfica. Son una especie de programas (en el sentido que se le da en la informática) históricamente elaborados, que se encuentran, en cierta forma, en el principio de la eficacia de los estímulos, puesto que las estimulaciones convencionales y condicionadas sólo pueden ejercerse sobre organismos dispuestos a percibirlas.
La noción de campo
Bourdieu entendió que no se puede hacer una sociología de las condiciones sociales de producción de un determinado sector institucionalizado, sin estudiar antes la aparición de ese sector como un campo de producción relativamente autónomo y las condiciones sociales de autonomización de dicho campo. ¿Qué elementos, entonces, definen un campo?. Fundamen-talmente definiendo aquello que está en juego (un tipo de producción específico) y los inter-eses específicos (un tipo de economía particular), que son irreductibles a lo que se encuentra en juego en otros campos o a sus intereses propios.
Así, por ejemplo, no será posible atraer a un futbolista con lo que es motivo de disputa entre geógrafos, porque los intereses en disputa no serán percibidos por alguien que no haya sido construido para entrar en ese campo. Por lo tanto, para que funcione un campo, es necesario que haya algún juego y gente dispuesta a ju-gar, que esté dotada de los hábitus que implican el conocimiento y reconocimiento de las leyes inmanentes al juego y de lo que está en juego.
La noción de capital
Para Pierre Bourdieu, hay poderes sociales fundamentales, estos son: el capital económico (bajo sus diferentes formas), el capital cultural (básicamente incorporado por la familia y el sistema educativo), el capital social (como integración y participación en grupos) y también el capital simbólico (forma que revisten las diferentes especies de capital cuando son percibidas y reconocidas como legítimas, por caso el honor o el prestigio).
De este modo, los agentes son distribuidos en el espacio social global, en la primera dimensión, según el volumen global del capital que poseen bajo diferentes especies, y, en la segunda dimensión, según la estructura de su capital, es decir según el peso relativo de las diferentes especies de capital, económico, social y cultural, en el volumen total de su capital en un momento histórico determinado. El capital es una especie de poder que se acumula en el tiempo, que se ahorra, como el dinero, y que finalmente luego, se invierte en el campo con el fin de obtener beneficios o un mejor posicionamiento en el propio campo.
Siempre el capital es un capital adquirido e incorporado con el tiempo. Por ello podemos definir al capital como conjunto de bienes que se producen, se distribuyen y consumen, se invierten, se pierden.
La objetivación del campo de los artistas y la cultura
Las concepciones democráticas de la cultura, entre ellas las teorías liberales de la educación, suponen que las diversas acciones pedagógicas que se ejercen en una formación social colabo-ran armoniosamente para reproducir un capital cultural que se imagina como propiedad co-mún. Bourdieu se encargó permanentemente de demostrar que los bienes culturales acumula-dos en la historia de cada sociedad no pertenecen realmente a todos. Solamente son “formal-mente ofrecidos a todos”, ya que accederán a ese capital artístico o científico quienes cuenten con los medios, económicos y simbólicos, para hacerlo suyo. Las clases sociales no se distin-guen únicamente por su diferente capital económico, las prácticas culturales de la burguesía tratan de simular que sus privilegios se justifican por algo más noble que la mera acumulación material.
Los campos de producción cultural ocupan una posición dominada en el campo de poder. Los intelectuales y artistas, son un sector dominado de la clase dominante, pero dominantes res-pecto de otros sectores que no poseen su capital. Dominante, en tanto que poseedores del po-der y de los privilegios que confiere la posesión del capital cultural, dominados en sus relacio-nes con los que tienen poder político y económico.
El mercado lingüístico
Una de las leyes de la sociolingüística es que el lenguaje que se emplea en una situación parti-cular no depende sólo de la competencia del locutor, sino también del mercado lingüístico. Según este modelo, el discurso que producimos es una resultante de la competencia del locu-tor y del mercado en el cual se encuentra su discurso, que depende en gran parte de las condi-ciones de recepción. Lo que el locutor produzca para este mercado dependerá de sus previsio-nes sobre los precios que alcanzarán sus productos. Así, al mercado escolar ya llegamos con una previsión de cuáles serán las ganancias o las sanciones que habremos de recibir.
Según Bourdieu, la sociología posee la capacidad para desilusionar o contrariar al poder, ya que no hay poder que no deba una parte -y no la menos importante- de su eficacia al descono-cimiento de los mecanismos en los cuales se funda. En este sentido entiende que, en determi-nadas condiciones sociales, ciertas palabras tienen fuerza. Esta fuerza se extrae de una institu-ción que tiene lógica propia, los títulos, las vestimentas, el púlpito, el verbo ritual, la creencia de los participantes, etc. No es la palabra la que actúa, ni la persona que la pronuncia -que es intercambiable-, sino la institución con su fuerza material y simbólica.
Las condiciones sociales del “gusto”
Bourdieu incursionó en el análisis de los “gustos”, las condiciones sociales de lo que llamó disposición estética, tratando de reinsertar la cultura en el sentido restringido y ordinario del término, dentro del sentido amplio del término cultura tal como lo entiende la etnología. Se ocupó en detectar que, el consumo de los bienes culturales más legítimos, es un caso particular de la competencia con respecto a bienes y prácticas singulares.
Colocó el acento en la lógica que adopta la competencia entre productores o las estrategias de la oferta, para convertir los bienes en legítimos, más que en la lógica de la competencia entre los consumidores. “El consumo de bienes supone un trabajo de apropiación del producto que se consume, y en el caso de la obra de arte, las satisfacciones que produce el consumo deviene de un tiempo disponible y unas disposiciones adquiridas con el tiempo, todo un trabajo de localización y desciframiento”. La fórmula para conseguir develar la estructura del estilo de vida consiste en considerar la ecua-ción: habitus por capital más campo es igual a práctica enclasante. La estructura del campo sería lo que permite definir, siempre objetivamente sobre la base de las relaciones mutuas, los estilos distintivos.
El efecto de las titulaciones escolares
Desde hace muchos años, y progresivamente, las clases más desposeídas, han estado deman-dando en forma continua un aumento general en la tenencia de títulos escolares. La entrada en la carrera y en la competencia por la titulación académica de fracciones que hasta entonces han utilizado poco la escuela, fue el producto de la apuesta que realizaron estas clases para obtener la movilidad social ascendente. Sin embargo, tras esta realidad, aparece otra mucho menos visible: la devaluación de las titulaciones académicas.
Entre los efectos más importantes del proceso de inflación de las titulaciones académicas y de la correlativa devaluación que ha forzado a todas las clases y fracciones de clase a intensificar el uso de la educación formal, y a contribuir a la superproducción de titulaciones, se observa que, los poseedores de titulaciones devaluadas, han elaborado estrategias para mantener su posición heredada, o para obtener de sus titulaciones el equivalente real de aquello que se ga-rantizaba en un estado anterior de la relación entre las titulaciones y los puestos.
En general, los poseedores de titulaciones devaluadas son poco dados a darse cuenta de la inflación de las titulaciones académicas, se sienten fuertemente identificados con estas ya que son, en gran medida, constitutivos de su identidad social. Los efectos de esto se perciben ge-neralmente como un fracaso personal, sin embargo, en un segundo momento, cuando la situa-ción se ha generalizado más o menos ampliamente, aparece la desilusión colectiva como re-sultante del desajuste estructural entre las aspiraciones y las oportunidades. El desencanto manifiesto hacia esta situación puede manifestarse entre los jóvenes, como un rechazo hacia la finitud social, bajo la forma de una contra-cultura adolescente, aunque revista formas objetiva y subjetivamente diferentes según las clases sociales.
Obras
En lengua española se han publicado las siguientes obras: Argelia entra en la historia, Nova Terra, Barcelona, 1965; Los estudiantes y la cultura, Labor, Barcelona, 1969; Mitosociología, Fontanella, Barcelona, 1975; El oficio de sociólogo (con otros), Siglo XXI, México, 1976; Capital cultural, escuela y espacio social, Siglo XXI, México, 1977; La reproducción, Laia, Barcelona, 1981 (Fotamara, México, 1998) ; Sociedad y cultura, Grijalbo, Ciudad de México, 1984; ¿Qué significa hablar?, Akal, Madrid, 1985; La distinción, Taurus, Madrid, 1988; Cosas dichas, Gedisa, Barcelona, 1988; La ontología política de Martín Heidegger, Paidós, Bar-celona, 1991; El sentido práctico, Taurus, Madrid, 1991; Respuestas. Por una Antropología Reflexiva (con L. Wacquant), Grijalbo, México, 1995; Las reglas del arte: génesis y estructura del campo literario, Anagrama, Barcelona, 1996; Sobre la televisión, Anagrama, Madrid, 1997; Razones prácticas: sobre la teoría de la acción, Anagrama, Barcelona, 1997; La dominación masculina, Anagrama, Barcelona, 1999; Meditaciones pascalinas, Anagrama, Barcelona, 1999; La miseria del mundo, Akal, Madrid, 1999; Intelectuales, política y poder, Eudeba, Buenos Aires, 1999; La dominación masculina, Anagrama, Barcelona, 2000; Contrafuegos: reflexiones para servir a la resistencia contra la invasión neoliberal, Anagrama, Barcelona, 2000; El oficio de sociólogo, Ed. Siglo XXI, Madrid, 2001; Contrafuegos 2: por un movimiento social europeo, Anagrama, Barcelona, 2001.