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Opinión

La era de los apolíticos

Hay que tener cuidado con los discursos. Cuando se machaca contra la política y los políticos una y otra vez, y a la par emerge un conflicto social como el que vivimos por estos días en el país, puede perderse el rumbo democrático.
Foto: Gerardo Gómez/ MDZ
Foto: Gerardo Gómez/ MDZ

La política, ese “arte de lo posible”, siempre parió bastardos. Si la misma implica ciertas formas de participación en las res-pública: en partidos, sindicatos, centros de estudiantes y organizaciones vecinales, la “apolítica” reaparece hoy como una “vieja-nueva” forma de ideología, desprovista de reflexión, aunque no de reacción.

No es la apatía que ensombrece a las masas domesticadas, sin tiempo para accionar por sus intereses. La apatía es una dimensión de la exclusión de las formas de participación, consecuencia de sistemas de explotación económica por años, que impiden ver en la política y en la acción social el camino para la transformación de las condiciones de vida de los subalternos.

Los apolíticos son otros. Son los que vociferan contra los políticos, haciendo política, aún sin darse cuenta, y que aprovechan otros políticos conscientes. Es esa liviana ideología del resentimiento y la ira, propio de clases conservadoras del status quo, que, cuando ven amenazados sus intereses materiales, saltan al ruedo, con discursos destructivos y reaccionarios, que cunden en la masa social más por el impacto que por las ideas y reflexión fecunda.

Es una topadora que emerge como contracara de la “implosión social”, reactiva, para atacar lo establecido, retrocediendo. Es la antidemocracia biologista y de clase que fluye por las venas de aquellos con ideología pendular: hoy están con el Che Guevara en la remera y mañana desabasteciendo y destituyendo.

Vivimos en la era de los apolíticos, enmascarados en discursos de ocasión, prestos a la “ira ideológica”. Mientras los apáticos no reaccionan, esa es su naturaleza, los apolíticos son activistas, anti-institucionales, escondidos en medios de comunicación o en algún puesto público, dueños de un pedacito de algo, con temor a perderlo todo, resentidos de toda conceptualización, a la que desprecian. Propia impaciencia del ansioso medio-pelo nacional, quien consume sus culpas en un shopping el domingo por la tarde, cuando la tecnología se oferta en comodísimas cuotas a 24 meses.

Son  aquellos que quieren todo resuelto, y por ello van al cine a ver una de sus favoritas, “autos locos y sangre a puñetazos”, policías americanos en acción con o sin uniforme. Todo es delivery en la vida del apolítico. Ellos son los que odian a todo aquel que participe y opine en política, solo entiende de negocios, la realpolitik de la era apolítica. Acusan, desprecian, desprestigian, insultan, odian. Ordenan sus vidas con los créditos y tarjetas. Y ¡guay!, ¡que nadie les toque su mundo!, porque son capaces de comerse  vivo a quien se lo intente modificar y salir a batir cacerolas o hacer llamadas anónimas, amenazando.

Ellos adoran a los tipos con lentes que “hacen” de reflexivos, (siempre un tipo con lentes parece más reflexivo). Los apolíticos también ostentan la pletórica predica de un Apocalipsis, toda vez que empiezan a emergen en el universo social otros actores, sujetos sociales que protagonizan la disputa por la riqueza y ponen en cuestión la brecha desigual en la sociedad. De la acción de los apolíticos deviene el ostracismo, cuando ya es demasiado tarde para lágrimas.