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Opinión

La metástasis del miedo

Desde hace por lo menos una década vivimos un nuevo “sensorium social”: el miedo. Ya no es un mero síntoma psicológico. Por el contrario, debemos pensarlo desde su expresión colectiva. Esto es, el miedo, si bien corporizado individualmente producto de situaciones sociales, coercitivas, nos lleva a adoptar conductas similares, a reacciones parecidas y por fin a pensamientos y emociones que sintonizan colectivamente. Entonces, mejor sería hablar de “La producción social del miedo”.

La “producción social del miedo” ha ganado el interés general, fundamentalmente, a partir de la problemática de la inseguridad. Si bien siempre hubo robos, asesinatos y violaciones en ciudades grandes y pueblos, en estos tiempos, la sensación de inseguridad ha crecido, y con ella, el temor a ser violentados. No se trata solo de estadísticas. La discusión del problema hoy ya es cultural y en última instancia, económico-política. Es más complejo aún.

Se han instalado culturalmente, nuevos hábitos para resguardarse en junglas de hierro, en barrios cerrados, en edificios vigilados por cámaras inteligentes. Toda una “producción del miedo” que, a la vez que brinda cierta seguridad psicológica, nos compele a desconfiar del vecino y del que nos cruza en una calle, del joven y del viejo, del cobrador y del religioso que golpean nuestra puerta, y hasta de la misma policía.

La política también se hace eco de esta situación y, acuciada por las encuestas que ubican a la seguridad entre las problemáticas de mayor preocupación social, -marchas de vecinos exigiendo justicia, tapas de diarios que jerarquizan el problema-, termina evaluada más que por sus proyectos globales, por su política de seguridad.

La licenciada Shila Vilker, quien publicó el libro “Truculencia: la prensa policial popular entre el terrorismo de Estado y la inseguridad”, dice atinadamente al respecto, en un reportaje a Pagina 12: “A esta altura, el miedo y la preocupación por la inseguridad están enquistados. Por eso, son necesarias políticas específicas dirigidas a bajar el delito, pero también políticas dirigidas a dosificar el miedo... que es una cosa muy distinta”…“Digamos que el miedo es parte del horizonte vital, de nosotros, urbanos. Se ha vuelto parte de nuestro modo de hacer experiencia. Esto por un lado. Por otro lado, el miedo está ligado a la inmediatez, a la urgencia. Y la urgencia presupone no pensar para atrás ni para adelante. Y en ese sentido, yo diría que conspira contra la política porque el miedo reclama deshistorizando, reclama despolitizando…”.

Por ello no hay posibilidad de mejora tras la actuación producto del miedo, el arrebato y la ira. Tampoco desde el encerramiento paranoico y fóbico que nos lleva a la desconfianza mutua, entre pares.

Aquí también entran a tallar, en esta producción del miedo, el menú de agencias de seguridad privadas que han crecido exponencialmente desde hace una década a esta parte.

Prácticamente, el control o monopolio legítimo del estado para reprimir la violencia y el delito, ha sido tercerizado en esa función, compartido. ¿Sería descabellado hablar de una policía paralela en Mendoza y el país?.

Si a esto le agregamos la aparición de guardias armadas informales en algunos sectores rurales o residenciales, la organización de vecinos armados que se turnan para hacer rondines en las manzanas de sus barrios, el tema, es más que preocupante. Una especie de “metástasis del miedo” invade a la sociedad que no hace más que esconderse, taparse, encerrarse, en sí misma.