Opinión
Defender la política
“El peor analfabeto es el analfabeto político. Él no ve, no habla, no participa de los acontecimientos políticos. Él no sabe que el costo de la vida, el precio del poroto, del pescado, de la harina, del alquiler, del calzado o el remedio, dependen de decisiones políticas. El analfabeto político es tan burro que se enorgullece e hincha el pecho diciendo que odia la política. No sabe, el imbécil, que de su ignorancia política nace la prostituta, el menor abandonado, el asaltante y el peor de los bandidos, que es el político corrupto y lacayo de las empresas nacionales y multinacionales”.
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Partamos de la siguiente premisa: la política es la única herramienta que tiene toda sociedad para transformar las condiciones de vida y proyectarse hacia un futuro mejor. Aunque también, por el contrario, también desde la política, una sociedad puede retroceder y transitar un presente crítico.
¿Por qué defender la política entonces? ¿Es que no basta día a día ver como muchos, en nombre de la política, hacen negocios personales y familiares, no representan a quienes dicen representar, ni se corresponden con aquellos que depositaron su voto-esperanza para que cambien algo? ¿Por qué insistir en defender la política?.
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En una sociedad que promueve la democracia real y participativa, la política cobra vida en el quehacer cotidiano de los pueblos, se hace política desde el barrio, la escuela, el sindicato, la empresa, el club y hasta en el periodismo. La palabra “política” ha sido bastardeada. Tan es así que con sólo nombrarla la mayoría se espanta y reacciona emocionalmente: ¡ todos los que hacen políticas son corruptos¡ o ¡el que hace política y es honesto no llega, y si llega, se hace corrupto!. Estas expresiones, difíciles de combatir con racionalidad, deben llamar la atención y a ocuparnos en desentrañar cómo es que hemos llegado a tamaño despropósito.
Y debemos decirlo, aquí no sólo hacen política los políticos. Empresarios y curas, gremialistas e intelectuales, todos, explícita o implícitamente, se mueven y conducen sus actos de modo político. Los empresarios hacen política a través de sus representantes (políticos) a quienes presionan y les diseñan medidas a su favor –esto es una práctica habitual en la democracia norteamericana que emulamos-. Lo mismo sucede con otros sectores de presión.
La política es un acto antropológico de toda sociedad moderna. Por tanto, no debiera espantar, sino por el contrario, involucrar más aun a quienes, descontentos con las formas de hacer política vigentes, intenten otras, recreen nuevos valores, profundicen otros modos. La continuación de la política, toda vez que esta haya fracasado, es la guerra, el autoritarismo, el estado de sitio. Antes, las “crisis”, presentan oportunidades para mayores aprendizajes, se sale por arriba del laberinto o no se sale.
Más Estado, más democracia y más política debería ser la consigna que guíe las broncas y desesperanzas cotidianas. El pragmatismo de corto plazo que caracteriza hoy a la política se combate con más estudio, más lecturas, argumentos sólidos y acciones coherentes. Estos valores, transformados en reglas, permitirían escuchar, eso que no hacemos entre nosotros.

