Presenta:

Opinión

"Déjà vu 1982: fuckland"

Nuestro columnista nos deja su visión: "Combatientes de Malvinas, bataclanas, cirujas. Parte del enjambre de los olvidados de siempre. Un poema de Bukowsky y algunas postales de la soledad del flaneur".
Foto: Gerardo Gómez/ MDZ
Foto: Gerardo Gómez/ MDZ
El viento sopla fuerte esta noche/ Y es viento frío/ Y pienso en los chicos/ De la calle/Espero que algunos tengan/ Una botella de tinto/Cuando estás en la calle/Es cuando te das cuenta de que todo / Tiene dueño/ Y de que hay cerrojos/ en Todo.
Así es como funciona la democracia: Coges lo que puedes/ Intentas conservarlo/ Y añadir algo, si es posible. Así es también como funciona/ La dictadura/ Sólo que una esclaviza/ Y la otra destruye a sus Desheredados/ Nosotros simplemente nos olvidamos/ De los nuestros. En cualquier caso/ Es un viento/ Fuerte / Y frío. 

“Vivir en cubos de basura”, Charles Bukowsky.




La guerra de Malvinas todavía resuena en el imaginario social. Aquella última y beoda jugada del régimen militar, terminó con la vida de miles de jóvenes argentinos que fueron los únicos que creyeron en la triste guerra.

Carnes de cañón frente al profesionalismo inglés, pobres en sus provincias y abandonados en el fin del mundo, los pibes de la guerra fueron para no volver. Fue el último genocidio de la dictadura que mandó a matar, luego de los 30000 desaparecidos, a unos 700 chicos argentinos. Muertos de hambre y frío, con escasos pertrechos, dispararon de bronca sin blanco fijo, pero ofrecieron, aguerridos, resistencia. Muchos fueron torturados por los propios jefes militares, una guerra dentro de la guerra.

Mientras, el régimen se deslegitimaba, la CGT movilizaba a cientos de miles de trabajadores, las juventudes políticas entraban en la historia pujando por democracia. Malvinas significó una bisagra en la historia del régimen militar, un antes y un después que costó mucho dinero, miles de víctimas y un reforzamiento del poderío inglés sobre la zona antártica para la explotación pesquera. A la fecha ya son 450 los suicidios de veteranos de guerra. Más allá de algunas pensiones recibidas, todavía no son reconocidos en la dimensión que merecen.

La sociedad mendocina parece atragantada. Es que no le resulta fácil digerir los cambios a los que está sometida desde hace poco más de una década. No hace mucho uno caminaba por las calles de la conservadora provincia y visaba todo como predecible. La vuelta del tonto por la calle San Martín, de noche, las galerías de siempre que nunca cambiaban, la calle de los cines y los típicos cafecitos donde uno se desparramaba  para arreglar el mundo entre el humo denso y pocillos de café.

La Tonsa de los “arbolitos”, túnel del tiempo vacío que invitaba, como canto de sirenas, a la aventura de pispear esas casas de compra de oro y plata, de camperas de cuero, en el sórdido primer piso. La calle de las santerías, por San Juan, vade retro, sigue allí. Silbando bajo, entre la oscuridad de la cuarta sección, podía uno respirar cierto arrabal.

Y allí las chicas, de fumata corrida con tacones, símil extras almodovarianas, pegadas al tachito de kerosén, calentándose a la espera del cliente. Esos pendejos de “autos preparados” o viejos en valiant, de bigotes apretaditos, prestos al goce por media hora de una “francesa”. Hoy las pibas tienen su sindicato de meretrices alineado a la CTA, a través del cual reclaman por sus derechos, para evitar al menos, ser patoteadas en comisarías o estafadas por cafishos o matones de ocasión.

Mientras, por la vieja alameda, uno mermaba el paso y chequeaba que los cirujas que allí dormían estuvieran vivos, siempre desparramados y duros en el piso, tal vez hoy, debajo de alguna alfombra, porque volvió la limpieza.