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Opinión

La televisión es un gran canal rural

Es inevitable quedar horas pegados a la pantalla que reproduce imágenes de agricultores en distintos puntos del país y de "ciudadanos dignos" escapando de la barbarie "piquetera" en Plaza de Mayo.

Los noteros que cubrían los cortes describían con emoción cómo se cantaba el himno y se rezaba en esas puebladas de tierra adentro. Faltaba Moneta declarando la revolución gaucha, revoleando el poncho desde su caballo y estaban todos. No obstante, el eco mayor en pantalla caliente se produce la noche del martes 25 de marzo cuando se levanta la sociedad ¿más patriótica? de Barrio Norte y Recoleta, y sale a las calles con cacerolas brillantes en clara actitud de clase. Los pibes y pibas “bien”, dejaron por un rato el shopping, y cambiaron sudor de gimnasio por el del batir alguna olla de las que sus empleadas usan para hacerles de comer. Luego vino el contagio en la reaccionaria clase media porteña que, cuando vio que sus ídolos sociales de los barrios más “cool” de Capital Federal, salieron a las calles, se volcó crispada y en masa a pedir de todo: ¡que se vaya el gobierno, estamos con el campo! Faltó el remanido ¡que vuelvan los milicos!. Tal vez no se especificó bien con qué campo estaban, pero debería agregarse que, el campo que conocen más de cerca, se encarna en aquellas empleadas domésticas del interior del país que trabajan en sus casas, mal pagas y muchísimas en negro.

Para la sospechosa televisión argentina, eran solo ciudadanos que decían ¡basta!, y solidariamente apoyaban el paro agrario más antisocial de la historia, el piquete que impide la provisión de alimentos y produce la suba del precio del escaso stock en góndolas que, por su puesto, no podrán comprar los pobres, es decir, sus empleadas domésticas que fueron del campo a la ciudad en busca de un horizonte, ni la mayoría de los argentinos al límite de la pobreza. Es decir, este paro, produce más pobres.

El paro más largo y más virulento que se haya conocido en los últimos 30 años y más celebrado por el establishment. El paro clasista más explícito y antipopular, a pesar de haber involucrado a miles de pequeños productores rurales que, con sus razonables reclamos, quedaron atrapados en la iniciativa de la oligarquía sojera y ganadera quienes, en pleno corte de ruta, siguen exportando y ganando dinero. “Ruralistas y ciudadanos” eran los términos de la civilización, frente a “patoteros y piqueteros” para nominar a la barbarie. D´Elía es Sadam Husein, Bin Laden y Stalin juntos, y representa hoy el mal de la Argentina, sinónimo de violencia. Tomas de posición de la prensa alineada siempre en el bloque antinacional. Para el coro periodístico, parece ser menos violento desabastecer al país a través de un paro indefinido, que lleva más de dos semanas, dificultando la provisión de medicamentos y alimentos básicos. Mas allá de la posible torpeza del gobierno nacional para con los productores pequeños y medianos que sufren la desigualdad en la competencia con los que concentran la tierra en las zonas más productivas del país, los discursos encendidos contra el gobierno, dan la sensación de vivir una hecatombe nacional, cuando justamente la recuperación de la argentina desde el 2002 en adelante permitió el crecimiento de sectores concentrados, oligopolios y pooles de siembra, en primer término, y una recuperación lenta del salario real de los trabajadores en segundo término. No faltó la apocalíptica y mediática Elisa Carrió afirmando que esto ella ya lo había anunciado, utilizando su vacuo rosario de palabras bíblicas que nunca dicen nada muy claro.

El gobierno quedó preso de su propia medicina al no prever un verdadero plan agropecuario para el pequeño y mediano productor, y permitir estos años, en connivencia con los potentados sojeros, un modelo de retención que no redistribuyó la riqueza al interior del propio sector agropecuario. Es decir, reforma agraria, y política de créditos blandos para los más chicos. Dos tercios de los productores agrarios del país tienen menos de 200 hectáreas; entre todos juntan sólo el 3% del total de las tierras. Se los podría haber exceptuado de la suba, y evitar una confrontación incendiaria. Pero aquí estamos, en el infierno que ofrece la televisión, sin poder digerir el conflicto, con voces uniformes que repiten hasta el cansancio la prédica del falso dilema “gobierno vs. campo”.