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Opinión

Duros contra los débiles

El conflicto desatado en la Capital por de la expulsión de los artesanos de la plaza España y de la esquina de Garibaldi y San Martín, debe llamar a la reflexión. Más allá de las justificaciones oficiales podemos sacar en limpio algunas ideas.
Foto: Gerardo Gómez/ MDZ
Foto: Gerardo Gómez/ MDZ
Es cierto que Mendoza ya no es la misma que hace 10 años. El turismo nacional y extranjero, la congestión del transporte, el crecimiento demográfico y la explosión de locales comerciales, han convertido a la ciudad en un hervidero. Ahora bien, las políticas sistemáticas desde el municipio capitalino contra los débiles ha sido una constante, como así también la sumisión del mismo con los grandes emprendimientos internacionales.

Una visión higienista de lo social pervive en el imaginario de la burocracia capitalina que no concibe que la ciudad sea un espacio que, si bien debe regularse en sus usos, no puede excluir del mismo a quienes trabajan honradamente y visten con sus puestos la ciudad. La ocupación de los espacios públicos por artesanos y artistas cumple una función más que importante para la vida citadina. La ciudad vive a través de estas ferias artesanales y paseos que atraen turistas y paseantes. Y los que trabajan allí, forman parte de una población económicamente activa que por cuenta propia, se autosustenta. Son señales de ostentación del poder de policía que despliega la comuna de capital, a modo de shock, que omiten negociaciones racionales y consensuadas para buscar soluciones compartidas. Los artesanos ya juntaron 13000 firmas de apoyo para quedarse en una plaza que hasta el año 2001 había sido “tomada” por banditas y patotas con fines non sanctos.

La alternativa del paseo que se ofrece en la calle Villalonga no es mala, pero por ahora no reúne las mínimas condiciones de seguridad e higiene para habilitarlas. El problema es el método. Y el mismo está indudablemente ligado al concepto de ciudad que explicita la comuna más importante de la provincia: ciudad limpia vs. ciudad sucia. La suciedad se excluye, se tira, se la reubica, se la oculta en contenedores, se la tapa, se la combate. Pero la noción de suciedad aparece asociada en el imaginario a limpiavidrios, artesanos, vendedores ambulantes, cafeteros en bicicletas, al loco Juan, a las manifestaciones y protestas en el centro, a los actores callejeros y a los puestos populares. Frente a los sucios, dureza y tolerancia cero sin negociaciones. Son limpios, el Hyatt, el Sheraton, Executive, Macdonals, los casinos, los bancos, los hipermercados, los wine bar, los restaurantes, y algunos museos. La ciudad no es para todos, es un gran escenario donde los únicos que pueden actuar son los limpios, los blancos, los sanos, los bien vestidos, los glamorosos, los emprendedores exitosos, los buenos, los claros, los rubios, los lindos.

La tendencia a la dualización la podemos constatar en algunas de las grandes actuaciones infraestructurales de comunicación y promoción económica, diseñadas en función de la competitividad internacional dejando “fuera de juego” a zonas enteras del territorio urbano. En todo caso, una parte de la población queda fuera de las comunicaciones globales y de las actividades competitivas. En unos casos han sido expulsados de la actividad económica y en otros, nunca han entrado en ella. Cuando estos sectores se concentran en ciertas áreas, se producen los círculos viciosos de la marginación y guetización. El espacio de flujos sustituye el territorio visible y el urbanismo pierde su función integradora. La nueva ciudad metropolitana tiende a la discontinuidad, a la especialización de unas zonas y a la marginación de otras y al debilitamiento de áreas tradicionales de centralidad y de fuerte carga simbólica. Incluso el poder político acepta esta discontinuidad. Se protege y promueve ciertas áreas y se abandona u oculta otra parte.