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Opinión
"La guerra tibia entre intelectuales críticos"
Una discusión subrepticia atraviesa al mundo del pensamiento político, cultural y social. Se trata de los intelectuales que se alinean en diferentes tradiciones de pensamiento y que miran los procesos políticos, sociales y culturales, desde distintas perspectivas. Progresistas democráticos y Nacionalistas populares, en lógicas opuestas.
Las luchas entre los intelectuales, hay que decirlo, tienen inevitables consecuencias políticas prácticas. Es que debemos considerar al mundo de las ideas, no como un espacio de terapia para el devaneo del espíritu, sino por el contrario, como clivajes terrenales, anclados en el mismo barro de la práctica y no exento de tomas de posición. En definitiva, no hay ideas que estén separadas de la práctica, porque todas ellas son expresiones prácticas, o mejor, materia prima para elaborar conceptos, tecnologías del conocimiento que devienen acciones, en última instancia, políticas.
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Dos tipos de intelectuales se encuentran en la palestra de la discusión: los que piensan y analizan la realidad nacional desde una perspectiva latinoamericana; y los que piensan y analizan la realidad latinoamericana comprometidos desde la realidad nacional. Agrupamos a los primeros en la matriz del progresismo de centroizquierda, surgido al calor de la crisis del 2001, seducidos por los cambios políticos en países como Uruguay, Chile y Brasil, entre otros. A los segundos, en la matriz del nacionalismo popular, quienes rescatan las tradiciones movimientistas del Yrigoyenismo y del Peronismo, propulsando, desde nuestra propia coyuntura política, la unidad latinoamericana. Estos últimos, referenciados en los procesos de Venezuela, Bolivia y Ecuador, fundamentalmente.
Los primeros, progresistas, en la práctica, siempre se asociaron al radicalismo, y a sus múltiples expresiones o alianzas que aquel hilvanó, con los sectores que se tomaban vacaciones del peronismo -casos "Chacho" Álvarez, "Pilo" Bordón, hasta el mismo Kirchner con su frustrada transversalidad-. El caso más paradigmático fue la Alianza De la Rúa-Álvarez, en 1999, donde confluyeron.
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Los segundos, los nacionalistas populares, siempre ligados a tradición del “movimiento peronista”, por fuera o por dentro del PJ, se asociaron en la práctica a distintos intentos, incluido el peronismo partidario, aunque también a “frentes” como el que armó Pino Solanas en el año 1995 para enfrentar la reelección de Menem, que incluyó al Polo Social del cura Farinello. Hoy, estos dos tipos de intelectuales, inmersos en el mundo académico o en el periodismo, en la militancia social o cultural, disputan, en el plano ideológico, el rumbo que debería tomar la Argentina ante el escenario político nacional y latinoamericano.
Los primeros, denuestan la impronta peronista, hegemónica por cierto, en el movimiento obrero. Cuestionan su burocratización e impulsan que aquél, se desintoxique de una vez de su adicción al opio que genera la mística del bombo y la marcha. Proponen una modernización –tal como lo imaginó Alfonsín en el 83- de la representación sindical.
Los segundos, por el contrario, ensalzan y sostienen la tradición y el folclor de los trabajadores, considerado reaseguro de la expresión de clase al interior del movimiento justicialista, siempre presto a los desvíos ideológicos hacia el populismo de mercado o al autoritarismo de derecha.
Los progresistas argentinos, versión criolla de la socialdemocracia europea, abogan por una transformación social profunda, pero no desde las posibilidades reales y materiales de “nuestra” coyuntura nacional, sino desde construcciones producidas en otros países. Para muestra basta un botón. Cuando Chávez irrumpió en el poder, la “progresía” Argentina, consideró golpista al ex militar, quien, según el coro democrático, puso en riesgo las formas de representación de la democracia venezolana. Sin embargo, toda vez que el líder bolivariano profundizó su modelo nacional, y obtuvo, luego de ocho elecciones, el apoyo de la mayoría, aquellos cambiaron su discurso y pasaron a considerarlo un modelo a tener en cuenta. A tal punto que hoy, el chavismo, es moda para cierto progresismo, especialmente universitario. En lo que no reparan, es que el propio Chávez admira y lee a Perón, y al fenómeno que lo produjo.
Los nacionalistas populares, siempre percibieron en Chávez, aún antes de su asonada contra el gobierno de Carlos Andrés Pérez en 1992, a un militar nacionalista que, por sus posiciones políticas, tenía futuro de líder latinoamericano, sin prejuzgar el origen militar del venezolano.
En Mendoza, los progresistas, apoyaron a Cobos y a Biffi, a Lilita y a Leiva o a Lilita y a Naman. Los nacionalistas, apoyaron a Cristina y a Jaque o a Solanas y a Jaque. Los primeros fueron hechizados por el gobierno de Kirchner por su política de derechos humanos, o por Carrió por su republicanismo ético; mientras que los segundos, apoyaron críticamente a Kirchner y suscribieron a una serie de políticas de reactivación de la industria nacional.
Dada la nueva estrategia de Kirchner de conducir el PJ, los progresistas, desconcertados, hoy se acercan más a las posiciones opositoras. Les caía mejor el Kirchner desperonizado de hace cuatro años. En tanto, los nacionalistas, más allá de considerar vetusto al aparato partidario, ven con buenos ojos los “gestos movimientistas” del ex presidente.
El progresismo intelectual se referencia en historiadores como Osvaldo Bayer o José Luis Romero, y porqué no, en la moda de supermercado marca Felipe Pigna, para interpretar la historia. Mientras, los otros, desde el pensamiento que supo identificarse con la izquierda nacional desde fines de los 50, se sitúan en la tradición revisionista de José María Rosa, Abelardo Ramos y Norberto Galasso.
No podemos afirmar que sean mundos en estado puro, claro que hay matices -y toda clasificación resulta siempre arbitraria- pero tal vez ayude a ordenar los bandos del mostrador de una guerra de posicionamientos ideológicos que no se filtra mediáticamente, pero que se libra en las trincheras del intelecto.
Los segundos, por el contrario, ensalzan y sostienen la tradición y el folclor de los trabajadores, considerado reaseguro de la expresión de clase al interior del movimiento justicialista, siempre presto a los desvíos ideológicos hacia el populismo de mercado o al autoritarismo de derecha.
Los progresistas argentinos, versión criolla de la socialdemocracia europea, abogan por una transformación social profunda, pero no desde las posibilidades reales y materiales de “nuestra” coyuntura nacional, sino desde construcciones producidas en otros países. Para muestra basta un botón. Cuando Chávez irrumpió en el poder, la “progresía” Argentina, consideró golpista al ex militar, quien, según el coro democrático, puso en riesgo las formas de representación de la democracia venezolana. Sin embargo, toda vez que el líder bolivariano profundizó su modelo nacional, y obtuvo, luego de ocho elecciones, el apoyo de la mayoría, aquellos cambiaron su discurso y pasaron a considerarlo un modelo a tener en cuenta. A tal punto que hoy, el chavismo, es moda para cierto progresismo, especialmente universitario. En lo que no reparan, es que el propio Chávez admira y lee a Perón, y al fenómeno que lo produjo.
Los nacionalistas populares, siempre percibieron en Chávez, aún antes de su asonada contra el gobierno de Carlos Andrés Pérez en 1992, a un militar nacionalista que, por sus posiciones políticas, tenía futuro de líder latinoamericano, sin prejuzgar el origen militar del venezolano.
En Mendoza, los progresistas, apoyaron a Cobos y a Biffi, a Lilita y a Leiva o a Lilita y a Naman. Los nacionalistas, apoyaron a Cristina y a Jaque o a Solanas y a Jaque. Los primeros fueron hechizados por el gobierno de Kirchner por su política de derechos humanos, o por Carrió por su republicanismo ético; mientras que los segundos, apoyaron críticamente a Kirchner y suscribieron a una serie de políticas de reactivación de la industria nacional.
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No podemos afirmar que sean mundos en estado puro, claro que hay matices -y toda clasificación resulta siempre arbitraria- pero tal vez ayude a ordenar los bandos del mostrador de una guerra de posicionamientos ideológicos que no se filtra mediáticamente, pero que se libra en las trincheras del intelecto.