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Opinión

Efecto Blues

El mundo hace foco en un hombre de color negro. Sin embargo, el verde dólar y el rojo sangre de la guerra expansiva del imperio, pintan el poder real en el país de la revolución multicultural.

¿Quién puede no sorprenderse con el triunfo de Barack Obama en los EEUU?. ¿Quién hubiera osado imaginar dos años atrás, que un negro llegaría a la Casa Blanca?. ¡Claro que se trata de una muestra de un gran cambio cultural en el país del norte!. Ahora, centrarse solo en el factor raza, es al menos parcial para explicar el cambio. ¿Estamos en presencia de una nueva sociedad norteamericana? ¿De golpe cambió el americano promedio respecto de sus prejuicios de raza y clase? ¿No nos estarán mostrando cómo el poder americano se refunda así mismo, a través del color del momento?. Preguntas para reflexionar desde la otra punta del globo, desconfianzas y sospechas, condimentadas de esperanza.

Según resultados del censo de 2006, EEUU tiene 300 millones de habitantes de los cuales 100 millones son afrodescendientes, hispanos, asiáticos y amerindios. Un verdadero mosaico cultural. ¿Llegó al poder el representante de los “ciudadanos de segunda” en el Imperio?.
El factor de la raza no explica en sí mismo el cambio. En primer lugar porque no se trata de un triunfo racial o de la negritud,  ya que Obama no centró su agenda de campaña en la raza, aunque es indudable que despertó la participación oculta de la comunidad negra americana a su favor. Simbólicamente, es un triunfo de los postergados americanos. Obama canalizó el cambio producto de la crisis, el descontento de la mayoría del pueblo pobre y precarizado. Y por supuesto que la lucha de clases, esta vez, se trasladó a las urnas. Convergieron los jóvenes apáticos con los negros e hispanos, la clase media hipotecada que, ante el pánico, optó por el cambio y no por la conservación.

El dato político sorprendente es el grado de participación popular en las elecciones de un país que se ha caracterizado por la baja asistencia en cada acto electoral. Después de cien años, la sociedad norteamericana se interesó realmente por la cosa pública, e irrumpieron, del subsuelo de su patria, muchos parias que entendieron que con su voto podían virar el rumbo  político. Fue a través del Partido Demócrata, el cual siempre albergó a los sectores más humildes y de clase media. Pero esta vez con un grado de protagonismo inédito. Obama significa cambio y esperanza para la comunidad multirracial, pero también para los norteamericanos nativos blancos que no pueden hoy pagar su hipoteca ni su auto y le quitaron su tarjeta de crédito, además de los millones que no tienen cobertura de salud. Todos ellos fueron a votar, como nunca antes lo hicieron. Sufragó gente que no conocía una urna, jóvenes por primera vez y viejos que jamás le dieron crédito al sistema democrático que los excluyó de por vida, por pobres y negros.

Ahora bien, Obama llega al gobierno pero no al “poder real”. Porque como bien señalan algunos analistas críticos –entre ellos Atilio Borón- los cambios económicos se produjeron antes de la elección y se anticiparon a la agenda de Obama. Ya se intervino el mercado bursátil desde el Estado, con medidas del mismísimo Bush, y por ello las corporaciones financieras celebran que las medidas tomadas por el tejano más odiado en el mundo, se cristalicen políticamente en el triunfo del afroamericano más querido hoy en el mundo. Tanto las entidades financieras como el complejo militar industrial estadounidense serán los dos grandes grupos de presión para el nuevo “soft power”, como siempre lo fueron. Por lo tanto, difícilmente Barack Obama pueda torcer tamaño poder de lobby para desmilitarizar el mundo.

En todo caso, la concesión, será Irak pero no otros escenarios. Son millones de dólares en juego los que se pierde el complejo armamentístico americano si no hay hipótesis de guerra en el mundo. Por ello Obama es símbolo de inclusión simbólica, esperanza de políticas publicas más activas hacia los americanos de menos recursos, pero no manipulará aquellos intereses tan fácilmente.

Se esperan señales de política internacional interesantes, que a la vez se veían venir con un gobierno demócrata. Mayor diálogo con Venezuela y Cuba. Acuerdos comerciales con países en conflicto. Tal vez una mejor relación con Corea del Norte, China y Rusia. Más dialogo y menos confrontación. Pero ello ¿implicará que EEUU no entre en guerra con países como Pakistán o Irán? Esto es una incógnita por estos días. Porque si Obama concederá políticas al interior de la sociedad, a esa mayoría golpeada por la crisis, también deberá hacerlo con los poderes reales que necesitan de guerras imperialistas para no frenar la industria armamentística. Con las corporaciones financieras ya lo hizo Bush aplicando recetas estatistas, y eso que Bush es un fundamentalista de mercado.

El triunfo de un negro en EEUU debe necesariamente conectarse con el triunfo de Evo Morales, un aborigen, en Bolivia, un Mestizo como Chávez en Venezuela, un Cura en Paraguay, entre otros. Tal vez estemos asistiendo a la era de las minorías negadas que gobiernan para las mayorías, salvando las distancias que existen entre el rol de países periféricos y centrales en el capitalismo. ¿Y en Argentina?. ¿Nos quedamos con el triunfo de Maradona en la selección nacional, el morocho de barrio que llegó al poder de nuestra patria futbolera?.