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Opinión

La psicóloga es una perra hermosa

Si tu cabeza está llena de ratas y estás pasando un mal momento en el campeonato de la vida, mejor es que te asesores bien antes de caer en las garras de un profesional. Suele ocurrir que por buscar la solución a tus problemas, terminés por aumentarlos.
Foto: Gerardo Gómez/ MDZ
Foto: Gerardo Gómez/ MDZ
Cuando estás desquiciado y los amigos ya no pueden contigo, es probable que terminés por recurrir a un profesional. La decisión nunca es fácil ni mecánica, al menos, la negación se apodera de la reacción inmediata. Siempre se necesita un golpe de efecto, un shock o un suceso que llame la atención sobre tu conducta, el clic que te transporte a levantar el teléfono para iniciar la búsqueda. Claro, siempre que descartemos un cuadro de máxima tensión y algún corajudo te  traslade al Pereyra.

El cuerpo habla con síntomas, y a veces, grita. Te salen huevos inexplicables en la frente, la cara  es una alergia florecida, te tirita el cuerpo, sentís mareos y fobias, los resfríos se hacen crónicos, la espalda se pone como piedra. La ansiedad carcome y la noche conspira contra el descanso. Te despertás dos o tres veces de madrugada, mirás tele, tomás leche o agua, y por fin, dormís un par de horas. El día, no podrá ser peor para afrontarlo. Y el humor ya no será tu fuerte en las relaciones públicas. Otro de los síntomas es la cosecha de enemigos.

Ese es el lenguaje del cuerpo. Así expresa su semiótica primitiva. Llamados de atención, alertas, jeroglíficos en la carne. En esos casos, somos inescrutables como especie.

Si el camino lo empezás por el clínico, como corresponde, éste te solicitará unos estudios de rutina. Respirás hondo y aliviado porque no tenés nada grave –cáncer, sida, hepatitis B- y creés que zafaste. Sin embargo, el mismo tipo que te dice que estás perfecto, te recomienda hacer terapia. Sí, un psicólogo o psiquiatra que te medique y analice. Justo contra lo que puteaste toda la vida y a lo que nunca apelarías, porque con tus amigos, creías, era suficiente para reponerse de las heridas del corazón, de la angustia o de la ira.

El problema es encontrar al profesional adecuado, “el ideal” que, de entrada nomás, te entienda, comprenda y además cobre barato. Fracasás en varios intentos. Y seguís probando. Te tocan tipos que no hablan por semanas y solo te escuchan, y pensás “pero este hombre debe estar divagando sobre qué va a morfar esta noche” o, “seguro le parezco un pedazo de boludo con lo que le cuento”. Intima con su mirada fría, aunque uno crea que lo que le pasa es lo peor del mundo, y percibe que al psicólogo le chupa todo un huevo. Pero de eso se trata pues. No podés pretender que el tipo se tire encima tuyo y llore desconsoladamente con tu drama, aunque para uno debería hacerlo.

Bueno, hay situaciones peores. Como la de encontrarse en la sesión con una verdadera perra hermosa. Perfumada y muy bien vestida, pisando los cuarenta, en su mejor momento femenino. El obstáculo mayor a superar es el inevitable enamoramiento. Es la mujer ideal. Y por supuesto, te la querrás coger ahí mismo, en el sofá, y que se pudra todo. Diga lo que diga, te parecerá perfecto su análisis, asentirás como un idiota y te mostrarás atento, como un caballero, para impresionarla.

Si le tirás alguna indirecta, encima, no te sacará cagando, al contrario, con las armas de su arte, evadirá la misma con otra pregunta, y vos te creerás envuelto en un juego erótico que imaginás seguro termina en el sofá, con dos copas de champagne, fumando abrazados después del coito, mientras la señora demacrada que sigue en la lista de espera de la próxima sesión, transpira la gota gorda y leyó la colección completa de Caras y Rumbos, que amontona el revistero del consultorio.

Esa fantasía salaz te lleva a garpar dos sesiones semanales durante dos años o más. Le dijiste de todo, le contaste tu vida y tus deseos, lloraste, reíste y te enojaste.

Ella siempre estará hermosa y perfumada, te demorará en la salita de espera y atenderá con una sonrisa fresca, encantadora. No es tu madre ni tu hermana, ni la esposa de tu amigo, es otra mujer. Te confunde la situación y hasta le hablás bien de ella a tu esposa. De mirarte de afuera, no dudarías en cavilar que sos un perfecto papanata, un gil de décima. En fin, pagás y te enamorás, no cogés, se te arma quilombo en tu casa por los celos de tu mujer y no resolvés tus problemas. Por el contrario, los aumentás. Ahora, ¡qué lindo es enamorarse de la persona equivocada!. Sin deseo… no hay vida.