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Opinión
¿Es más ético un intelectual que un sindicalista?
Será siempre más ético un artista que un dirigente sindical, un intelectual que un concejal, y un periodista que el presidente de una Unión Vecinal. Se dudará muchos más de estos últimos, serán más sospechosos que un médico o un economista, aunque entre estas profesiones, los abogados, se hayan ganado históricamente y en buena ley, el mote de "cuervos".
De movida nomás quiero aclararles que no pienso escaparle al bulto. Me siento parte del mismo e integrante de la gran tribu sobre la cual los invito a reflexionar. No obstante, asumo el derecho de cuestionarla. Al menos desde este diario puedo hacerlo y los lectores disentir con sus comentarios. Es un tema que siempre dio vueltas en mi cabeza y creo, merece una discusión, al menos.
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Creo que desde del amplio abanico intelectual que integran los académicos, artistas y periodistas, constantemente, se pone en foco a los políticos y a los sindicalistas, y en menor medida a los empresarios y a profesionales liberales (médicos, abogados, economistas) y casi nunca sucede que aquellos realicen un autoanálisis de sus propias prácticas. Para el sentido común, pertenecer "al mundo de las ideas", pareciera que hiciese más nobles a las personas, honestas, y por sobre todo éticas. Es esta última, bastarda palabreja, la que tienen a flor de labios los intelectuales, artistas y periodistas. La emiten, por lo general, en nombre de la libertad y la pureza, la independencia y el "desinterés" por lo económico. Y justamente son los propios miembros del campo intelectual quienes manipulan los instrumentos de producción de legitimación en la sociedad. Son los que "hablan bien", "escriben bien", en fin, poseen altos capitales culturales y educativos frente a "los bárbaros".
Será siempre más ético un artista que un dirigente sindical, un intelectual que un concejal y un periodista que el presidente de una unión vecinal. Se dudará muchos más de estos últimos, serán más sospechosos que un médico o un economista, aunque entre estas profesiones, los abogados, se hayan ganado históricamente y en buena ley, el mote de "cuervos". Tanto intelectuales, artistas y periodistas, generalmente, son mejor vistos por la "sociedad", mas allá de la excepciones que hacen a toda regla. Los intelectuales son mejores si dudan de por vida, mientras acumulan títulos de nobleza en las academias o en el mercado editorial. Los artistas serán más respetados socialmente si se muestran en las secciones de sociales de los diarios, noble estrategia de supervivencia, brindando con empresarios vitivinícolas y presidentes de fundaciones que blanquean la imagen de un banquero. Los periodistas serán más "objetivos" si no toman posiciones sobre la realidad, se muestran "independientes", como si no fuera sostenida su profesión por el mercado de intereses que rodean a los dueños de los medios.
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Es en estos submundos donde se hace difícil cuestionar a sus miembros, mirarnos en espejos y revisar nuestras prácticas y nuestros discursos.
¿Quién pone en tela de juicio a un pintor o un actor? Casi nadie. Están legitimados por el aparente desinterés por las cosas mundanas y materiales.
Repito, "aparente". Los intelectuales, "los que piensan", difícilmente queden expuestos a hechos de corrupción, en los medios por lo menos. Y no es que no haya intelectuales, artistas y periodistas corruptos. El tema es que no se da a conocimiento público en la mayoría de los casos. Lo que no se escucha en la radio, lee en un diario o se ve en la tele, "no existe" diría más o menos Giovanni Sartori. Por eso los corruptos son "los otros", los que sí salen en los medios y los que por las dudas están bajo sospecha por el simple hecho de hacer política, dirigir un gremio o militar en un barrio para juntar votos para un candidato. El mundo del arte y las ideas no junta votos y en la mayoría de los casos se trata de grandes y ambiciosos proyectos individuales. Una guerra de egos entre proyectos individuales.
Músicos que se matan al interior de un grupo por los derechos de autor de una canción. Académicos y escritores que dan la vida porque les publiquen su libro frente a "otros" que compiten por lo mismo. Periodistas que aseguran su formula de éxito "pegando" donde los lectores de su target quieren que pegue. Los códigos en estos submundos se construyen como en cualquier actividad, de forma colectiva, pero no están escritos. El que los rompe.
Es el ámbito por excelencia de ruptura de los códigos. Propio de un espacio donde pesan más los intereses individuales que los grupales. Somos también parte y arte de la contradicción. Por ello, deberíamos hacernos al menos, cargo, de lo que nos sucede y no mirar, siempre, la paja en el ojo ajeno.
Repito, "aparente". Los intelectuales, "los que piensan", difícilmente queden expuestos a hechos de corrupción, en los medios por lo menos. Y no es que no haya intelectuales, artistas y periodistas corruptos. El tema es que no se da a conocimiento público en la mayoría de los casos. Lo que no se escucha en la radio, lee en un diario o se ve en la tele, "no existe" diría más o menos Giovanni Sartori. Por eso los corruptos son "los otros", los que sí salen en los medios y los que por las dudas están bajo sospecha por el simple hecho de hacer política, dirigir un gremio o militar en un barrio para juntar votos para un candidato. El mundo del arte y las ideas no junta votos y en la mayoría de los casos se trata de grandes y ambiciosos proyectos individuales. Una guerra de egos entre proyectos individuales.
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Es el ámbito por excelencia de ruptura de los códigos. Propio de un espacio donde pesan más los intereses individuales que los grupales. Somos también parte y arte de la contradicción. Por ello, deberíamos hacernos al menos, cargo, de lo que nos sucede y no mirar, siempre, la paja en el ojo ajeno.