Opinión
Pesebres antidepresivos
Las fiestas como pacto social
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Encallamos en las fiestas de fin de año y todo se demora tras los rituales sociales del 24 y el 31. Un parate social que desplaza las preocupaciones cotidianas por unos días, le da tregua a la supervivencia diaria que baja en tensión y da paso a los balances personales. Como en toda fiesta, el tiempo que parece detenerse, “mistifica” las relaciones sociales. Lo sagrado y lo profano constituyen los condimentos esenciales del cierre del calendario que desata euforias y depresiones. “Todo lo que perdimos ya es nuestro” nos diría un Borges fantasma, en la soledad de las siestas de verano. Esa posesión del ayer, las cosas perdidas, son los nutrientes para los comensales que visten las mesas de color, en un intento por amortiguar las angustias y las nostalgias, inevitables. Toda fiesta confirma el lazo social y cultural que cohesiona a las comunidades, a las familias y a los amigos. Son días de nudos en la garganta que se aflojan con las copas, y tienden el puente hacia rituales de paganismo, donde jóvenes y viejos se sueltan en anécdotas esperando el amanecer caliente del verano.
Imágenes paganas
El pesebre se arma con lo animalitos que tienen los pibes en la pieza, con los juguetes que se parecen a un burro y a una vaca. Y no faltará el niño travieso que meterá un power ranger remplazando a José, el carpintero. Ovejas y soldaditos, pasto, piedritas y una jirafa desubicada de plástico, decorarán el pesebre que finalmente armaron los niños de la casa. La navidad, más que celebración religiosa, se ha convertido en la actualidad en un “ritual de consumo”, un espacio temporal ansiolítico para enfrentar el nuevo año. En las fiestas, se condensa el stress y nos inventamos la alegría. Lechón con mucho vino y cerveza en la previa. Helado en balde para rematar en la sobremesa y descorches de sidra y champagne como para reventarse la cabeza y caer duro e inconciente en cualquier cama, a veces, acompañado de insospechadas personas. Niños pasados de vuelta que revolotean como moscas y sudando, alrededor del pino desvencijado por los manotazos. Y a la mañana siguiente, las moscas reales sobre los restos de la parrilla, los platos y las ensaladas, olvidadas en las mesas, con aureolas tintas. Los panes duros, con magullones, servirán de refuerzo para los perros, mientras los gatos, lamiendo el piso, colaboran con la limpieza.
El porvenir es largo
El año se va, y cobran vida las cosas que han pasado, porque nada más que el pasado existe, construido como relato, hecho con retazos de recuerdos. Estamos solos en este mundo, entramados en una urdimbre complejísima que nos constituye de antemano a través del lenguaje y la cultura, pero al fin de cuentas solos para el porvenir que, como diría Althusser, siempre es largo, inalcanzable, lejano y ficcional. Vivimos en la más profunda soledad de la sociedad, que obliga a reunirnos y nos impone las reglas de la cultura, neutralizando al “salvaje”, hecho de pura ira y emoción, de adrenalina y deseo. La sociedad normativizada y vigilada nos interpela con su proceso de individuación, para que seamos más individuos y más solos, menos colectivos, menos solidarios. Estamos “atados” y “sujetados”, reproduciendo papeles teatrales en la familia, el trabajo, en la educación y en el barrio.
El infierno
Sin fútbol y con la música al palo se pasa la siesta para los jóvenes en alguna pileta, tomando ananá fizz tibio. Los mayores, doblegados por el sol, dormirán para reponer energías. En los barrios, unos porros con porrón helado harán flotar a los atorrantes de la esquina. Y las mujeres seguirán cortando papas en dados para la ensalada rusa, picando fruta en pedacitos, para estirar el clericó, o amasando unas empanaditas para la entrada en la noche. Algunos lavarán el auto y sonará a full “calle , retumbando en la ventanas de los viejos que se tiraron un rato. Uno que otro desubicado empezará a tirar una bombitas contra las chicas que pasan con falda corta a comprar al kiosco. Y la locura de las bombas que simulan una invasión, tocarán las música más sacada, “las 24 horas del día y de la noche también” como rezaba el insuperable Herminio.