Opinión
Estado y políticas de turismo
El turismo como conquista social
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Sólo después de la segunda guerra mundial se dieron las condiciones para que el turismo pudiera ser accesible a importantes sectores sociales. Y esto fue posible entre otras razones, a las conquistas logradas por las clases trabajadoras europeas y americanas, que a través de sus luchas, lograron mejorar sus ingresos salariales, impusieron una reducción de la jornada laboral y la vieja aspiración de las vacaciones pagadas. En los “países centrales” esto continuó implementándose hasta la actualidad, no obstante las crisis sucesivas del capitalismo en aquellos países.
Por el contrario, en los “países periféricos” al capitalismo central, las situaciones de estancamiento económico y pobreza no permiten viajar, sino emigrar. Tampoco facilitan el ocio o tiempo libre, sino por el contrario, estimulan el desempleo, subempleo o la subocupación mas o menos generalizadas.
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“Conocer la patria es un deber”
Más allá de los antecedentes del siglo XIX, donde la oligarquía argentina viajaba a vestirse y a educarse a Europa, el turismo como práctica y rubro de desarrollo social, nace básicamente a partir de los procesos demográficos de emigración del campo a la ciudad. En la Argentina, el proceso de sustitución forzada de importaciones a principios de la década del 30, llevó a los sectores económicos a plantearse políticas de uso del tiempo libre, fomentando el desplazamiento de contingentes de una provincia otra, con el fin de recrear el descanso de la fuerza de trabajo. Pero será durante el primer peronismo que las políticas turísticas hacia los sectores populares se promoverán fuertemente, especialmente desde los sindicatos, quienes construirán hoteles y campings para que los trabajadores puedan durante 15 días al año, descansar y recuperar sus energías laborales. “Conocer la patria es un deber” rezaba la consigna de Perón por aquellos años.
Una ventaja comparativa
Luego de 30 años de una economía excluyente en la argentina, la idea común sobre el turismo en los ámbitos económicos y políticos, es concebir al mismo como un “negocio lucrativo”. Y como consecuencia, no contemplar al turista interno, ni al turismo, como enclaves de desarrollo social y cultural. La Mendoza pos De la Rua se vio relativamente favorecida por una situación más global de la economía nacional, aprovechando las ventajas comparativas que tiene la provincia respecto de otros sitios del país y del mundo. Pero la clave del éxito, no es más ni menos que una situación estructural: la devaluación del peso frente al dólar. De allí que desde el mismo enero de 2002 en adelante, en forma creciente, la provincia se viera inundada de extranjeros, en su mayoría chilenos, pero también del turista porteño, cordobés y rosarino entre otros. Esto ha significado un cambio en los hábitos de los mendocinos, no tan propenso a los cambios, respecto de las condiciones de la recepción para el visitante. Mendoza es la niña bonita a la que todos piropean, a la que todos quieten cortejar. Pero esta niña, caprichosa, está creciendo, y debe pensar en su madurez. Cuestiones como la infraestructura, la atención al cliente y sobre todo la actitud de servicio del mendocino, siguen pendientes en la Mendoza for export.
Turismo social
Los datos que arroja el ex ministerio de Turismo y Cultura nos dicen que dos millones de visitantes tuvo Mendoza durante el 2007, cifra récord para la provincia. El modelo receptivo de turismo que promociona a Mendoza durante todo el año, podríamos decir, ha sido exitoso, sin embargo, los propios mendocinos, la mayoría de ellos, no pueden acceder a los altísimos precios que ofrecen los complejos privados en la propia Mendoza. Se hace imposible conocer Mendoza para los mendocinos. A lo sumo, se proyectarán a la típica visita por el día, a lugares populares de recreación al aire libre (Potrerillos, Cacheuta, Villavicencio, El Carrizal, Río Mendoza). Lo que no existe con claridad es una política de turismo interno, social, como política de Estado para los sectores de bajos recursos, para la gente común. No se trata de asistencialismo. Se trata de inclusión social. Tampoco es paternalismo, sino inversión en desarrollo social y educativo.
El esparcimiento y la recreación es un derecho de todos, y aquí es el Estado el único que puede garantizarlo.