Notas
Tiempos (post) modernos / Cosmopolis, de David Cronenberg
Después de ver Cosmópolis, muchos fanáticos de Cronenberg -enojados desde Un método Peligroso-, dirán que perdió el rumbo y que ya no sabe lo que hace. Otros, más tolerantes, opinarán que es un buen intento pero de resultado decepcionante, que es lenta, teatral y -el mayor pecado para una película- aburrida.
Pero sin dudas el actor de la película es Robert Pattinson. El ex vampiro hot de Crepúsculo, deviene ejecutivo mucho más hot e interpreta a la perfección a ese joven apático y antipático que es Eric Packer y, además, tiene la estampa -y la dicción- ideal para pronunciar las tajantes y complicadas líneas de diálogo del personaje.
Y Cronenberg quiere que lo escuchemos. Tiene tantas ganas de que lo escuchemos que adentro de la oficina/útero/habitación que es la limusina no hay ningún otro sonido que no sea el de las voces de Packer y sus eventuales acompañantes. Pero esto también sucede en el resto de las escenas, fuera del vehículo. Y es que el tratamiento sonoro de la película refuerza el extrañamiento que ya de por sí genera la robótica actuación de Pattinson; que hace que nos detengamos tanto en el significado como en el significante de cada palabra.
En este aspecto, la película puede ser vista como una larga sesión de terapia en la que Packer explica su relación con el dinero, con su familia, con su mujer y, a la vez, es explicado a través de los diferentes personajes que se cruzan con él. Y vista así, no es más que la otra cara (mucho más divertida y cinematográficamente más interesante) de Un método peligroso, en la que también iba al fondo de la cuestión del deseo y de las relaciones que se desprenden de su trayectoria.
Pero Cosmópolis es también un retrato de época. Retrato, mejor dicho, de un hombre producto de esta época, que no sabe ya qué hacer para sentirse vivo y llega a extremos muy oscuros para lograrlo. No en vano en la mejor escena de la película, en la que Parker se enfrenta a su ex empleado Benno Levin (Paul Giamatti) –un duelo de estilos actorales y de estilos de vida– éste le dice: “Aún cuando te autodestruyes quieres perder más, hundirte más, morir más, apestar más que los demás”.
Esto no es algo que desconozcamos. Gente así se encuentra simplemente al prender la televisión de aire en horario prime time. Gente que ya no sabe cómo vivir más, porque ya lo vivió todo, porque ya triunfó en todo. En Cosmópolis tratamos de acompañar –en la medida de lo posible– a un hombre inmerso en este frenetismo.
Y al final del viaje, encontramos la clave que obsesiona al personaje y también lo que nos hace saber -por si a alguien le quedaba alguna duda- que estamos ante una película de Cronenberg. Esto sucede cuando Levin le hace ver que su único problema es “no haberle prestado atención a lo desigual, a lo que es un poco disímil”.
En Cosmópolis esto toma la forma de una próstata asimétrica pero también se manifiesta de otros modos: la autoflagelación, el potente e inusual ataque al presidente del FMI en Corea del Norte, el tacto rectal durante una conversación laboral y el pastelazo en la cara del joven más rico, bello y talentoso del condado. Todo esto es aquello que se sale de la norma, eso que no entendemos ni podremos entender pero que hace que las cosas se mantengan en un extraño equilibrio. Eso fue, es y será el cine de David Cronenberg.
Cosmópolis/Cosmópolis.
A pesar de lo que se empeña en sostener cierta crítica, la película no es teatral (unidad de tiempo y de espacio no la convierten en teatro), ni literaria (diálogos muy similares o idénticos a la novela no la convierten en literatura).
La película es cinematográfica porque a través de la dirección de fotografía que tiene a su cargo el habitual colaborador de Cronenberg, Peter Suschitzky, y de su exquisito trabajo con el digital, cada elemento en la limusina adquiere texturas propias (desde las múltiples pantallas táctiles hasta los asientos de cuero), de igual manera que ocurre con todo lo que integra el mundo exterior. Es en este contraste entre el adentro y el afuera donde está lo puramente cinematográfico del film. Sucede en esos fondos proyectados de la difusa Cosmópolis que es Nueva York, vista desde adentro, pero también en la escena en la que Eric está en un restaurante con su novia y sucede algo inesperado, montada de un modo vertiginoso y acelerado.
Otro punto destacable es el diseño sonoro ya mencionado: más de 20 personas trabajaron en el departamento de sonido, muchas más que las que trabajaron en el de dirección de arte y en el equipo de fotografía. Cronenberg fue específico respecto al deseo de que dentro de la limusina el sonido resultara completamente aislado.
Dejando de lado estas cuestiones, podemos mencionar que la película, a través de su trabajo de transposición, lleva adelante el espíritu de un libro seco, difícil de digerir -identificarse con el robot Packer, o con alguno de sus analistas es una misión complicada- pero imposible de abandonar. Don DeLillo, uno de los grandes escritores norteamericanos de la actualidad, narra mejor que nadie la paranoia y la desazón del mundo en el que vivimos, pero no con la nostalgia de un pasado imposible de recrear sino de modo realista, tajante, duro. Muchos vieron en su novela de 2003 un retrato de lo sucedido luego del 11 de Septiembre de 2001 y tantos otros -Cronenberg incluido- vieron una suerte de profecía que adelantó la crisis financiera de Estados Unidos de 2008 y movimientos como Occupy Wall Street.
A nivel narrativo, hay en la novela de DeLillo más lugar para los monólogos interiores -“las confesiones”- de Benno Levin, que Cronenberg decidió condensar en ese duelo verbal que deja para la última escena. Hay, también, mayores toques futuristas y de ciencia ficción y un poco más –solo muy poco– de sexo y amor. Pero lo más interesante es la concepción temporal que maneja: DeLillo nos explica que, en la actualidad, transcurrimos nuestra vida pura y exclusivamente pensando en lo que vendrá (en el próximo segundo, en el próximo minuto, en los próximos 10 minutos) y es el dinero lo que da forma a nuestra percepción del tiempo: más que “tiempo es dinero” deberíamos decir “dinero es tiempo”. Con reflexiones como esta se ubica junto a Michel Houellebecq y Martin Amis (dos escritores de los cuales Pattinson se declaró fanático, dicho sea de paso) en el podio de los escritores y pensadores de la cultura postmoderna, con todo lo que ello implica.
Cronenberg toma esto y se encarga de hacer una película que también piensa. Que no repite, sino que utiliza sus métodos para reflexionar sobre todo aquello que DeLillo nos dijo con oraciones cortas y personajes que parecen ser de otro mundo, para inmortalizarlos en ese otro mundo cinematográfico que integran, siempre, sus películas.