Notas
El balcón de los 40
Todo hombre sabe, asomado al balcón de los 40, que no es inmortal. Un porcentaje triste -sin el bálsamo de la estadística oficial- le demuestra que sus fantasías son ahora pesadillas y sueños de baja resolución.
Esta revelación funesta no viene de la mano de lecturas profundas o las clases de Reiki; generalmente descubre todo sentado en el baño: mientras prepara sus armas para una modesta batalla en el tálamo. Ahí se entera de que el uso y abuso en otras épocas (de sus armas) no garantizan una digna prestación en el presente, que más bien auguran una negociada retirada hacia los cuarteles de la almohada cómplice.
El hombre que pende en los 40, entonces, acude a expresiones retóricas ingeniosas, más viles que viriles. Dirá por ejemplo: “cada día me gustan más las mujeres, pero me interesan menos”, “culos eran los de antes”, “gracias a Dios que existe el fútbol”. Cuando son más o menos leídos, el tipo esgrimirá el trabajo intelectual como la navaja que ha cercenado su parte animal.
Pero las desgracias no vienen solas, son casi siempre huestes de obstinadas hormigas subiendo la enredadera de nuestras vidas apenas sostenida a la pared del mundo. Al hombre que se columpia en el balcón de los 40 le aterrorizan los fines de semana. Sabe que de no tener un cumpleaños familiar de compromiso; si sus pocos amigos también están detrás de las paredes sin ventana de la ciudad -si se ha quedado sin Internet- tendrá que estar con ella. Ella, que se siente moralmente acreedora, clara víctima de la espera (diría Benedetto), aguarda la embestida taurina con la que conquistaron el rodeo de su corazón en los días de la foto en la montaña, mate sobre las piedras, carpa junto al río.
Nada. Todo hombre sabe -asomado, pendiendo en los 40- que al balcón de su vida se le están aflojando los clavos enhiestos que un día lo llevaron a la falacia de sentirse dueño de la piel del mundo. Que la prioridad la tienen los hijos, ajenos y propios, el estúpido laberinto luminoso de los supermercados, el recuerdo en penumbra que le ladra desde el patio a la hora del cigarrillo sin café.
El texto pertenece a "Cuestiones del otro Yo" de Dionisio Salas Astorga (2008/2009, inédito).