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Operación Midnight Hammer: cómo sobreviven los pilotos de los B-2 a misiones tan prolongadas

La operación sobre de Estados Unidos contra Irán expuso los desafíos extremos que enfrentan los tripulantes de los bombarderos B-2.


El reciente ataque de Estados Unidos contra instalaciones nucleares en Irán puso en escena a uno de los aviones más avanzados y enigmáticos de la aviación militar: el bombardero furtivo B-2. La operación, bautizada como Midnight Hammer, requirió que siete de estos aviones volaran desde Misuri hasta el Medio Oriente y regresaran.

La misión duró 37 horas sin escalas y desafió los límites físicos y mentales de sus tripulantes.

A lo largo del fin de semana, los B-2 cruzaron medio mundo con dos personas a bordo en cada nave, convirtiéndose en protagonistas de una de las incursiones aéreas más prolongadas de la historia reciente. Más de 125 aeronaves participaron en la operación, que incluyó cazas, aviones de reconocimiento, tanqueros de reabastecimiento y, como parte de una maniobra de distracción, otros B-2 que volaron en dirección opuesta.

Entre quienes conocen de primera mano la exigencia de estos vuelos está Melvin G. Deaile, coronel retirado de la Fuerza Aérea de EE.UU. Deaile formó parte de la misión sobre Afganistán en 2001, que duró 44 horas y mantiene el récord como el vuelo de combate más largo realizado en un B-2. Aunque no participó en la reciente operación sobre Irán, Deaile compartió con CNN detalles sobre la rutina y los desafíos a bordo de estos aviones, aclarando que sus relatos corresponden solo a su experiencia personal.

El despliegue de Estados Unidos y los secretos detrás de los vuelos más largos

Durante las misiones de larga duración, la preparación comienza días antes, cuando los médicos de vuelo proveen pastillas para dormir y ayudar a los tripulantes a descansar lo máximo posible antes del despegue. El día de la operación, los pilotos se presentan varias horas antes para asistir a reuniones de planificación y revisar cada detalle de la ruta y la carga del avión.

Ya en vuelo, las reglas obligan a que ambos miembros permanezcan en sus puestos durante las maniobras críticas: despegue, reabastecimiento, bombardeo y aterrizaje. En los momentos de menor actividad, uno puede acostarse en una litera improvisada detrás de los asientos para dormir entre tres y cuatro horas, alternando el descanso con su compañero. El sueño, sin embargo, no siempre llega fácilmente debido a la tensión y la adrenalina propias de una misión de combate.

Avión estados unidos, B2

Los B-2 de Estados Unidos participaron en una misión histórica de ida y vuelta al Medio Oriente, operando durante 37 horas sin escalas.

Para combatir el cansancio extremo, los pilotos disponen de “go pills”, anfetaminas autorizadas por los médicos de la Fuerza Aérea. Estos estimulantes se utilizan con precaución y solo cuando el agotamiento amenaza la capacidad de concentración de la tripulación. El propio Deaile relató: “El flight doc sí tenía lo que llamamos ‘go pills’ autorizadas para uso —anfetaminas”.

La vida a bordo de un B-2 es todo menos cómoda. El baño consiste en un inodoro químico sin separador, por lo que la privacidad es mínima. Para necesidades menores, la opción más práctica son bolsas selladas con material absorbente, conocidas como “piddle packs”. La hidratación es fundamental: Deaile calcula que él y su compañero consumían una botella de agua por hora de vuelo.

La alimentación se basa en raciones diseñadas para ser consumidas en la cabina, aunque la falta de movimiento hace que los pilotos no tengan demasiado apetito. Además, el espacio en el cockpit es limitado: hay lugar para estirarse y dar algunos pasos, pero no lo suficiente como para realizar ejercicios o caminar.

B2, avión, estados unidos

La resistencia física y mental de los pilotos fue clave para completar la operación Midnight Hammer, según revelaron veteranos de la Fuerza Aérea.

Las misiones de este tipo requieren múltiples reabastecimientos en vuelo, una maniobra de alta precisión, especialmente desafiante cuando el cansancio se acumula tras decenas de horas en el aire. Tras cumplir el objetivo y soltar las bombas —en esta ocasión, los B-2 transportaban por primera vez el proyectil GBU-57, capaz de penetrar estructuras subterráneas—, los pilotos afrontan el tramo final de regreso a la base. Según el general retirado Steven Basham, otro veterano piloto de B-2, el momento de volver a escuchar la voz de un controlador aéreo estadounidense al ingresar nuevamente al espacio aéreo nacional es uno de los más reconfortantes de toda la operación.

Pese a las incomodidades, la tecnología y los protocolos permiten que los tripulantes de los B-2 completen con éxito vuelos de hasta 44 horas, llevando al límite la resistencia humana en una cabina donde la rutina se convierte en parte clave de la supervivencia y el éxito de la misión.