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Las 5 elecciones que pueden redefinir el mapa político de América en 2026

Tras el regreso de la Doctrina Monroe versión 2.0, América entra en un ciclo decisivo en un año con comicios clave que definirán si la derecha se consolida.

Esta año habrá cinco procesos electorales clave en América.

Esta año habrá cinco procesos electorales clave en América.

EFE

Terminó un año de quiebre para América. El tablero geopolítico del continente cambió a una velocidad que no veíamos desde el 2 de febrero de 1999, cuando Hugo Chávez asumió la presidencia de Venezuela e inauguró la “marea rosa”, el giro a la izquierda que duraría casi dos décadas.

Esa ola fue hija de dos fenómenos: el boom de commodities disparado por la demanda proveniente de China, y la decisión de Estados Unidos de mirar para otro lado, convencido de que el comunismo estaba derrotado y de que la prioridad era Medio Oriente. Mientras China pasaba de actor marginal a socio comercial central de Brasil, Argentina, Chile o Perú, y usaba ese peso para ganar influencia política, Washington se retiraba de su propio patio trasero. El resultado fue gobiernos de izquierda que podían repartir mucho gracias a los precios internacionales y una presencia china cada vez más profunda en infraestructura, financiamiento y recursos estratégicos.

Ese ciclo terminó. La segunda presidencia de Trump vino con una impronta refundacional: la nueva Estrategia de Seguridad Nacional que reinstala explícitamente la Doctrina Monroe. El mensaje es simple: el Hemisferio Occidental vuelve a ser prioridad número uno, y el objetivo declarado es expulsar —o al menos contener— a China, cortar rutas de migración y golpear al narcotráfico usando sin pudor la herramienta militar.

Esa doctrina ya se tradujo en hechos. En 2025, el Pentágono lanzó la operación Lanza del Sur y montó el mayor despliegue militar en el Caribe desde la Guerra Fría: portaaviones, destructores, un comando específico para el Hemisferio, decenas de ataques a embarcaciones y un bloqueo naval sobre buques vinculados al régimen venezolano. Todo bajo la narrativa de la guerra contra el narcotráfico y contra el Cartel de los Soles, nombre de la estructura criminal montada en las altas esferas del poder político y militar de Venezuela por Nicolás Maduro y Diosdado Cabello.

Al mismo tiempo, el péndulo electoral regional empezó a moverse. Desde el triunfo de Javier Milei en Argentina a fines de 2023, la mayoría de las presidenciales se inclinó hacia candidatos de centro, derecha y hasta derecha dura: Bolivia, Chile y Honduras son los ejemplos más recientes. Sobre esa serie se monta la nueva política hemisférica de Washington. Trump no disimula su estrategia: premiar a los aliados ideológicos y asfixiar a los gobiernos que promuevan intereses antagónicos a los suyos, sobre todo los alineados con China.

En ese contexto, 2026 será un año bisagra. Habrá cinco elecciones de mucho peso, por la dimensión de los países y por el papel que pueden jugar en este ajedrez geopolítico. De su resultado depende si estamos frente a un cambio de época que puede durar décadas o ante un equilibrio todavía inestable.

1. Colombia: plebiscito sobre el experimento Petro

Colombia elige el nuevo Congreso el 8 de marzo y presidente el 31 de mayo, con un eventual balotaje el 21 de junio. Es la primera prueba grande desde que Gustavo Petro rompió el techo histórico de la izquierda y llegó a la Casa de Nariño en 2022. Llega al final de su mandato sin reelección posible, con una popularidad erosionada, conflictos institucionales y una agenda económica cada vez más radicalizada. Declaró una emergencia económica para intentar gobernar por decreto en medio de un agujero fiscal y de un choque frontal con un Congreso fragmentado.

Acaba de dar una muestra de populismo de manual: un aumento del salario mínimo del orden del 23%, casi 18 puntos por encima de la inflación registrada en 2025. La medida funciona como inyección de corto plazo en el bolsillo del 10% de los colombianos que trabajan en relación de dependencia registrada, pero tensiona aún más una economía que ya viene golpeada por la incertidumbre regulatoria y el frenazo de la inversión.

Petro se convirtió en el mayor defensor de Maduro ante la ofensiva de Washington. Esa agenda lo enfrentó a Trump, que le prohibió el ingreso al país y amenaza con atacar objetivos del narcotráfico en Colombia.

Este rumbo podría profundizarse si se impone Iván Cepeda, el candidato oficialista. El senador de izquierda, que se presenta como activista de derechos humanos, pero jugó siempre muy cerquita de las FARC, ganó la primaria interna con alrededor de dos tercios de los votos y hoy encabeza las encuestas con cerca del 32% de intención de voto. Bastante lejos están Abelardo de la Espriella, excéntrico abogado mediático de derecha, y Sergio Fajardo, el histórico candidato de centro que suele pincharse en las semanas previas a los comicios.

Cepeda representa, en muchos aspectos, una radicalización del proyecto Petro: más estatismo, más alianza con el chavismo, más enfrentamiento con Washington. Sería una gran noticia para Maduro y un problema para los planes de Trump. Del otro lado, la centroderecha todavía no logra ordenar una candidatura competitiva. Si lo consigue y los efectos económicos de las últimas medidas del gobierno se vuelven un búmeran, la Casa Blanca conseguiría una pieza clave para su tablero.

2. Perú y el desafío de salir del loop devorador de presidentes

Perú vuelve a elegir presidente el 2 de abril, con un eventual balotaje el 7 de junio. El próximo mandatario será el noveno en diez años. Desde que Pedro Pablo Kuczynski ganó en 2016, ninguno terminó su mandato. Hubo renuncias forzadas, destituciones en serie, interinatos que duraron semanas, y finalmente el experimento radical de Pedro Castillo, que terminó preso tras un intento de autogolpe. Dina Boluarte, su sucesora, también cayó bajo la presión de un Congreso que usa la vacancia como arma rutinaria.

La lista de ex presidentes investigados, condenados o prófugos por corrupción no registra excepciones: Fujimori, Toledo, Humala, Kuczynski, el propio Castillo. Alan García se suicidó antes de ser detenido. El sistema político peruano rompió el vínculo mínimo de confianza entre representantes y representados y la autoridad presidencial quedó pulverizada.

Si Perú vuelve a elegir un presidente débil, sin proyecto ni respaldo mayoritario, seguirá encerrado en su loop, con un Congreso fragmentado que bloquea todo. Habrá que ver cómo juega Trump, interesado en que el país se sume a la ola regional. Entre otras cosas porque Perú inauguró el año pasado el megapuerto de Chancay, construido y controlado íntegramente por China.

Las encuestas iniciales muestran arriba a dos viejos conocidos: Keiko Fujimori y Rafael López Aliaga, ambos con discursos duros en seguridad y cercanos a la retórica “mano dura” de Bukele o a la agenda de Milei. También aparece un outsider televisivo, Carlos Álvarez, capitalizando el hartazgo antipolítico.

3. Haití: elecciones en un Estado fallido

Haití tiene, en teoría, calendario: primera vuelta presidencial y legislativa el 30 de agosto, segunda vuelta el 6 de diciembre, y asunción del nuevo presidente en febrero de 2027. En la práctica, nadie sabe si el país va a estar en condiciones mínimas de organizar esos comicios. Hace una década que no hay elecciones presidenciales y desde el magnicidio del presidente Jovenel Moïse en 2021, Haití es básicamente un Estado fallido: más del 80% de Puerto Príncipe está bajo control de bandas armadas, el gobierno de transición cambió varias veces y la policía no controla ni siquiera los accesos a la capital. Los muertos por violencia desde 2022 se cuentan en decenas de miles, y los desplazados internos siguen en aumento.

La solución internacional fue prometer una fuerza multinacional auspiciada por la ONU, encabezada por Kenia, para apoyar a la policía haitiana. El despliegue se demoró por cuestiones legales en Nairobi, tardó meses en concretarse y sigue siendo insuficiente para doblegar a las pandillas que manejan el territorio, el puerto, la extorsión y buena parte del tráfico ilegal en el Caribe.

Si las elecciones se hacen, y no son un simulacro, serán la primera oportunidad en años para construir algo parecido a una autoridad legítima. Si fracasan, Haití seguirá siendo una bomba de tiempo: foco de migración masiva hacia Estados Unidos y República Dominicana y nodo de rutas criminales.

4. Brasil: Lula busca seguir siendo el contrapeso de Trump

Brasil vota presidente, Congreso y gobernadores el 4 de octubre, con balotaje el 25. Lula ya confirmó que buscará un cuarto mandato, a los 81 años, y llega a la elección como favorito, gracias a una economía que crece en torno al 3% anual, con inflación moderada y una combinación clásica de gasto social y pragmatismo macroeconómico.

Desde que volvió al poder, Lula se dedicó a reposicionar al país como líder del “Sur global”: protagonismo en los BRICS, acercamiento a China, discurso permanente contra sanciones y contra cualquier intervención estadounidense en Venezuela. Es una de las razones por las que Maduro evita un aislamiento total en la región. Todo esto hace de Brasil y de Lula en particular el mayor contrapeso a la ofensiva de Trump en América.

El presidente estadounidense trató de doblegarlo con aranceles del 50% a seis de cada diez importaciones brasileñas, pero no pudo. Entre otras cosas por lo diversificada que está la canasta exportadora de Brasil. Al final, los dos líderes se reunieron por primera vez para buscar una distensión que se plasmó en la reducción de una parte significativa de los aranceles que habían subido.

Los aliados brasileños de Trump están en problemas. Fuera de juego tras la inhabilitación y la posterior condena a 27 años de cárcel por presunto intento de golpe, Jair Bolsonaro bendijo a su hijo Flávio como candidato para 2026. Una apuesta que aún no levanta vuelo y que enfrenta la resistencia del mercado, que mira con mejores ojos a figuras como el gobernador paulista Tarcísio de Freitas.

Una victoria clara de Lula significaría mantener un polo de poder que le discute a Trump la agenda para Latinoamérica y empuja al continente hacia los BRICS y hacia Beijing. Un triunfo de la derecha, en cambio, sería la consumación del sueño de Washington: un eje casi completo de gobiernos amigos. Un área de influencia totalmente dominada.

5. Estados Unidos: las midterms que pueden definir el futuro del continente

La última escala es la más importante de todas: las elecciones de medio término en Estados Unidos, el 3 de noviembre. Se renueva toda la Cámara de Representantes y un tercio del Senado, como siempre. Pero por lo dramático del escenario interno y externo, son las midterms más decisivas en décadas.

Trump llega con una gran apuesta económica sobre la mesa. En 2025 aprobó recortes de impuestos inéditos, que benefician tanto a grandes empresarios como a trabajadores de estratos medios y bajos, y una desregulación agresiva con la que espera conseguir un shock de consumo e inversión en 2026. Además tratará de cosechar los logros de su gobierno en seguridad fronteriza y en la guerra contra el narcotráfico. Pero es difícil que sea suficiente.

Históricamente, las midterms son vehículo de voto castigo. Desde 2002, ningún presidente logró conservar el control simultáneo de ambas cámaras. La de George W. Bush fue una excepción marcada por el trauma del 11-S y el apoyo que logró en torno a su guerra contra el terrorismo. Para encontrar algo similar hay que irse a 1978.

Si los republicanos consiguen la hazaña y retienen la Cámara y el Senado, Trump tendrá dos años más para profundizar el giro histórico de la política exterior estadounidense, que seguramente terminará de cambiar por completo el orden hemisférico. Si, en cambio, pierde una de las cámaras —o las dos—, la Doctrina Monroe 2.0 va a ingresar a territorio desconocido. Una cosa era impulsar un cambio tan brusco siendo casi todopoderoso. Otra muy distinta si es un pato rengo, que deberá convivir dos años con un Congreso parcialmente en contra y sin posibilidad de reelección en 2028.

Todo el continente estará pendiente del resultado. A partir de ahí empezará a develarse si las transformaciones del año pasado son parte de un nuevo orden que recién comienza a construirse, o si fueron solo un espasmo, un sacudón violento de una política global en la que las eras son cada vez más efímeras.