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El Cónclave de la guerra: cómo fue la histórica elección de Benedicto XV

Europa se sumía en la violencia de la guerra mientras los cardenales elegían al nuevo Papa.

El 28 de junio de 1914, durante una visita oficial del archiduque austrohúngaro Francisco Fernando a Sarajevo, un rebelde Bosnio asesinó al heredero al trono imperial y desató lo que terminaría siendo la Gran Guerra, con los ataques de Austria-Hungría sobre Serbia el 28 de julio del mismo año. A partir de ese momento, una sucesión de declaraciones de guerra de Rusia a Austria-Hungría, de Alemania a Rusia y de Francia a Alemania transformó a Europa en un baño de sangre.

Pío X había sido elegido en 1903 por el Colegio Cardenalicio por los 62 electores participantes tras siete votaciones, y falleció el 20 de agosto de 1914, menos de un mes después del inicio de la guerra. Eran tiempos difíciles para Europa y Pío X había enfrentado la difícil tarea de suceder a León XIII, uno de los pontífices más valorados de la historia, pero nada de lo que él pudiera hacer iba a poder contrarrestar la violenta actualidad que vivía el continente durante la llamada "paz armada".

Las constantes revoluciones en todo el mundo y el crecimiento de grupos de extrema izquierda tanto marxistas como anarquistas ponían en jaque al estilo de vida occidental, como así también arremetía contra la evangelización el llamado "capitalismo salvaje". Además, las democracias liberales y el sistema monárquico se disputaban la supremacía en Europa, por lo que preocupaba profundamente la estabilidad tanto de la política como de las sociedades.

En ese contexto político, la Iglesia debía enfrentar el duro desafío de elegir un nuevo Papa, entendiendo de que se trataba este cambio de siglo y las transformaciones que traía consigo. Pío X, durante todo este tiempo, puso su foco en la situación que atravesaba la Iglesia en los nuevos estados liberales, como también la situación del clero y atender la necesidad de ordenar el Colegio Cardenalicio para hacerlo más independiente.

Tras su muerte el 20 de agosto de 1914, se convocó al Cónclave para el 31 de agosto y contó con la participación de 57 cardenales electores de los 65 habilitados para integrarlo. Pío X, en su constitución apostólica Commissum nobis estableció que los gobiernos  no podrían participar ni presionar a los electores, obteniendo así una mayor independencia de la Iglesia Católica en medio de un contexto extremadamente polarizado.

Además hizo que el Cónclave fuera realmente cónclave, estableciendo el absoluto aislamiento para evitar aún más la intromisión de agentes externos al Colegio Cardenalicio, por lo que el de 1903 fue el último del cual se conocieron los resultados de cada votación. Ahora, una vez sellada la Capilla Sixtina, solo queda mirar la chimenea y esperar las novedades.

El contexto en el que se daría la elección no era fácil, ya que la Iglesia debía sentar una postura frente a lo que ocurría en el mundo, pensando en cómo atravesaban los fieles estas trágicas horas. Las católicas Bélgica y Francia se encontraban bajo ataque alemán, donde gobernaba la corona protestante de Prusia, pero que era aliada de la católica Austria-Hungría, enfrentada con los ortodoxos rusos que estaban aliados a los anglicanos del Reino Unido que a su vez defendían a Bélgica y Francia, como así también a Italia, país que invadió los Estados Pontificios y con quien la Iglesia estaba en guerra.

El 3 de septiembre, en medio de ese desorden que había traído el horror europeo de la Gran Guerra, se anunció que el genovés Giacomo della Chiesa, nombrado cardenal en mayo de 1914, sería el nuevo Papa. Asumió su papado como Benedicto XV, un nombre que pasó a la historia por su legado escrito, aunque también tuvo una personalidad austera y en extremo generosa con los fieles que pasaban penurias.

En su legado escrito no hay textos que aborden el catecismo o la devoción, sino que entendió la necesidad del pragmatismo que le demandaba su época. Entendió la modernidad y remarcó que no había que aferrarse al pasado, aunque tampoco calló en la trampa del modernismo, siendo altamente crítico del relativismo como criterio para razonar y sacar conclusiones provechosas.

El 22 de enero de 1922, Benedicto XV falleció en la Ciudad del Vaticano, con una Europa en plena reconstrucción, pero también en un romanticismo que poco se acercaba a lo que buscaba la Iglesia, pero esa tarea ya sería parte de la agenda del próximo papado para la nueva Europa. Su lucha contra el relativismo y la defensa de la moral cristiana fue en parte lo que motivó a Joseph Ratzinger a elegir el nombre de Benedicto XVI para su papado.