El mensaje geopolítico de la elección del papa León XIV: la Iglesia abandona Europa
Los 133 cardenales reunidos en la Capilla Sixtina para elegir a León XIV como el 267º Papa debían responder una pregunta crucial: ¿Francisco, el primer papa latinoamericano, el primero no europeo en más de 1.200 años, había sido un accidente histórico, una solución inesperada ante una crisis profunda, o un punto de inflexión irreversible en la historia de la Iglesia Católica? De la respuesta a esa pregunta se iban a derivar todas las demás: si el sucesor debía ser progresista o conservador, tradicionalista o heterodoxo, y finalmente, cuál de los 133 era el indicado.
Un grupo de cardenales y muchos de sus lobistas en Roma querían convencer al mundo de la primera alternativa: Francisco no había sido más que un paréntesis. Concluido su reinado, el Vaticano podía volver a las fuentes. Los que creían eso eran los que planteaban que la pelota debía volver a Europa, preferentemente, a Italia, que durante siglos había puesto al obispo de Roma.
La rapidez y la contundencia con la que se resolvió el cónclave demuestra que eran muy pocos los que pensaban así. El consenso más importante no fue el que le permitió a Robert Francis Prevost superar el umbral de 89 apoyos en la cuarta votación, a menos de 24 horas de que el maestro de las Celebraciones Litúrgicas Pontificias dijera “Extra Omnes” y cerrara las puertas de la capilla. Lo trascendental es la decisión de la Iglesia Católica de abandonar Europa como un barco que se hunde. No es casual que la transición haya sido liderada por un argentino y que el elegido para institucionalizarla sea un misionero estadounidense nacionalizado peruano, que pasó allí la mayor parte de su vida sacerdotal.
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Lo que hicieron los cardenales es absolutamente racional: hoy en Europa vive apenas el 20% de los 1.400 millones de católicos. Es un continente que atraviesa una profunda crisis identitaria, con un islam que crece a enorme velocidad y un gran número de cristianos que se inclinan por el agnosticismo. Viena, capital de Austria, es un caso testigo. Una encuesta reveló el mes pasado que el 41,2% de los niños en edad escolar (desde primaria hasta secundaria) son musulmanes. El 34,5% son cristianos (17,5% católicos y 14,5% ortodoxos) y el 23% dice no tener religión.
¿Dónde están los feligreses? En el resto del mundo. Principalmente, en lo que se conoce como “sur global” y que durante la Guerra Fría se identificaba como tercer mundo: América Latina, África y Sudeste Asiático. Para ponerlo en cifras: 48% está en el continente americano (15% en Estados Unidos y 85% al sur del Río Bravo), 20% está en África y 11% en Asia. Con un agregado: el número de africanos católicos se quintuplicó en los últimos 40 años y el de asiáticos se duplicó.
Con estos datos sobre la mesa, la decisión lógica en términos geopolíticos es que Europa deje de ser la prioridad y la estrategia de evangelización se concentre en las sociedades donde hay más perspectivas de crecimiento. Seguir centrada en Roma como cuando los europeos constituían el 60% de los fieles a nivel global, sería muy peligroso.
El problema es que el giro de una Iglesia europea a una tercermundista tiene un costo alto. Las creencias y valores europeos son muy diferentes a los de las otras civilizaciones, así que para tener éxito, los sacerdotes tienen que llegar con un mensaje diferente. Francisco lo entendió antes que el resto. Una Iglesia mucho menos jerárquica, menos académica y más accesible para todos, que condena a la riqueza y que no sólo defiende sino que pondera a los pobres, es congruente con una institución que busca llegar a un público que desconoce las comodidades del mundo desarrollado y que vive acechado por la pobreza y la violencia estructurales.
¿Por qué sería una preocupación para esta Iglesia la defensa de la democracia si en los países donde está creciendo es una excepción? ¿Por qué condenaría a líderes autoritarios y populistas que son la norma en esas naciones? Vistos con esta lente, se entienden mucho mejor algunos de los posicionamientos más controvertidos de Francisco en los grandes conflictos globales.
Se comprende también el por qué del apoyo tan irrestricto a la migración masiva que no sólo él adoptó, sino que estuvo presente en el mensaje final de una de las últimas congregaciones generales de los cardenales antes del cónclave, en el que hablaban de “tratar al migrante como un regalo”, respetando su religión y su cultura. La inmigración descontrolada es sólo una amenaza para Europa y Estados Unidos. Para quienes ven que los que llegan de otros países cambian radicalmente las normas de comportamiento colectivo en sus barrios y ciudades. Pero esa apertura indiscriminada es una válvula de escape para millones de personas que viven en países asediados por las guerras y la miseria. Entre defender los intereses y derechos de los europeos y los de los africanos, asiáticos y latinoamericanos que huyen, el Vaticano optó por defender los del bando que le ofrece mejores perspectivas de crecimiento.
De nuevo, es una decisión estratégica. Pero que sacrifica en el altar a los fieles europeos, sobre todo a los más pobres, que tienen menos herramientas para valerse en ciudades que se vuelven más peligrosas, con sistemas sanitarios y educativos que se ven desbordados. Muchos de los católicos críticos con el rumbo de Francisco no son ultraconservadores, sino personas conscientes de que la Iglesia es una de las partes constitutivas de la civilización occidental. Por eso, temen que esta nueva Iglesia se termine convirtiendo en una de sus sepultureras.
Habrá que esperar un poco para ver los pasos que da León XIV frente a esta crisis. Pero todo lleva a pensar que, con su propia impronta, profundizará el rumbo de Francisco. Difícil esperar otra cosa de un misionero, alguien que dejó la comodidad de Chicago para ir a evangelizar a algunas de las regiones más postergadas de Perú. El recorrido de Prevost hasta convertirse en Papa es casi una parábola del que está dando toda la Iglesia. Con una curiosidad adicional: es un conservador en términos políticos y morales afiliado al Partido Republicano, pero del que sólo se conocen en redes sociales algunos mensajes críticos de Trump y del vicepresidente JD Vance. Todos, por su política migratoria. La más valorada por los votantes estadounidenses.