Israel vs. Líbano: ¿guerra mundial en ciernes?
A esta altura, se podría decir con todas las letras que el conflicto bélico entre Israel y Líbano es una guerra abierta entre ambas naciones, con todo lo que ello implica. El interrogante que se abre, en todo caso, es cuál es el alcance que puede tener esta guerra. ¿Solo involucra a dos países? ¿Se podría tornar regional? ¿Es una exageración pensar que podría desembocar en un conflicto global?
El último en encender la luz de alarma fue el alto representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores, Josep Borrell. "El peor escenario se está materializando. Las peores expectativas se están haciendo realidad", reconoció el lunes ante los periodistas el jefe de la diplomacia de Bruselas.
"La escalada en el Líbano es extremadamente peligrosa y preocupante… Puedo decir que estamos prácticamente en una guerra en toda regla", apuntó Borrell advirtiendo que “la escalada en curso es un peligro para toda la región”.
Como bien alertó el dirigente de origen español, este conflicto está lejos de quedar en un cruce entre Hezbolá e Israel, que ciertamente se está recrudeciendo, con bombardeos mutuos, sin piedad sobre los civiles (sólo la última ofensiva de Tel Aviv contra el grupo terrorista ha matado a 569 personas en las 72 horas que van desde el lunes hasta el miércoles, según informó el ministro de Salud del Líbano).
Pero además, una guerra de estas características en Medio Oriente, sin dudas, tiene fuertes implicancias para el resto del mundo.
En efecto, el conflicto adquiere proporciones “bíblicas” por los actores que están jugando o podrían entrar al juego.
El ataque más mortífero que está sufriendo el Líbano en casi dos décadas se produce tras casi un año de guerra entre Israel y el grupo terrorista palestino Hamás en Gaza, que se ha cobrado la vida de más de 41 mil palestinos (además de las víctimas fatales del lado israelí).
La organización terrorista Hezbolá, que es la que mantiene el enfrentamiento armado con Tel Aviv, está financiada por -nada más ni nada menos- que Irán, quien ha sido su aliado desde la creación del grupo armado en 1982.
Como es sabido, los ayatolás también tienen en la mira al Estado de Israel. Cabe resaltar que Teherán ha avanzado en su programa nuclear hasta un nivel que si bien es desconocido hay consenso en que ya es peligroso.

Desde Teherán, a su vez, culpan a Washington por la escalada en Líbano, ya que los bombardeos de Israel -y la posterior respuesta de Hezbolá- siguen a los ataques de la semana pasada que hicieron estallar buscapersonas y radios portátiles distribuidos por la organización terrorista y que, según los iraníes, el gobierno estadounidense avaló con anticipación.
Asimismo, detrás del país comandado por el flamante presidente Masoud Pezeshkian aparece la mayor potencia nuclear del planeta: Rusia. El Kremlin se ha acercado significativa y bélicamente al país persa sobre todo luego de las sanciones impuestas por Occidente a Moscú tras la invasión a Ucrania en 2022. Desde entonces, el flujo de armamento ha ido in crescendo. De hecho, desde Occidente están convencidos que en las últimas semanas el ejército ruso ha recibido nuevas armas, en particular misiles, de Irán.
En este bando también aparecen los hutíes. Según ha revelado el miércoles Reuters, Irán ha intermediado en conversaciones secretas para que Rusia le transfiera misiles antinavío a los rebeldes de Yemen.
Se trata de misiles Yakhont -también conocidos como P-800 Oniks- que permitirían al grupo terrorista golpear con mayor precisión a los buques comerciales y de guerra occidentales en el Mar Rojo. El Yakhont es considerado uno de los misiles antibuque más avanzados del mundo, diseñado para rozar la superficie del mar y así evitar la detección a más del doble de la velocidad del sonido, lo que dificulta su intercepción.
Nota aparte: el Kremlin ya había suministrado previamente el misil Yakhont a Hezbolá.
¡Para llenar el equipo ahora se acaba de sumar Irak! Resistencia Islámica, una organización miliciana chiita que se agrupa principalmente en el país de Oriente Próximo, realizó un ataque con drones el martes en Los Altos de Golán.
Israel, a su vez, si bien es la nación más “occidental” (y la única democracia liberal) de la región, está perdiendo, poco a poco, el apoyo de sus clásicos socios: Estados Unidos y Europa.
Esta disociación paulatina entre Occidente e Israel tiene dos lados. Por una parte, el giro izquierdista que ha tomado la diplomacia de este hemisferio. Tanto desde Washington, con un gobierno demócrata cada vez más radicalizado, como desde Bruselas, con un jefe diplomático socialdemócrata, le han ido “soltando la mano” de a poco al primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, al tiempo que le han dado más preponderancia a la denominada “causa palestina”.
Sin embargo, el dirigente derechista hebreo, lejos de “achicarse”, y fiel al poco apego que ha demostrado la política exterior de su país a las reglas internacionales, hizo caso omiso a las distintas advertencias que sus otroras socios confiables le hicieron sobre los ataques a la Franja de Gaza, a Irán y, ahora, a Líbano.
Mirá las imágenes de los bombardeos en Líbano
Para el nacionalista Netanyahu, primero está Israel, y después todo lo demás, inclusive si ello implica ponerse a buena parte de la comunidad internacional en contra, incluyendo las Naciones Unidas.
En todo este lío queda la incógnita de cómo podrían actuar otros actores claves en la región como por ejemplo Turquía. La nación liderada por el veterano Recep Tayyip Erdogan es miembro de la OTAN al tiempo que es una estrecha amiga de los palestinos y de Hamás, grupo que no lo califica como terrorista sino como uno “de resistencia" que "defiende su patria". De hecho, el gobierno de Turquía declaró luto nacional ante la muerte del líder de Hamás, Ismail Haniye, tras un ataque israelí a Irán a finales de julio.
A este mundo convulsionado e impredecible, se suma un último (y no por eso menor) elemento de la geopolítica: la reñida contienda electoral en Estados Unidos, el país más poderoso del mundo, entre Donald Trump y Kamala Harris.
Trump es un amigo de Israel, aunque también de los palestinos (ha dicho que merecen tener su propio Estado) y durante su primera administración (2017-2021) ha firmado varios acuerdos de paz -históricos- en Medio Oriente. Por supuesto, toda esa previsibilidad e incipiente estabilidad se hizo añicos con la llegada de la Administración Biden-Harris y la política exterior neoconservadora a cargo del Departamento de Estado.

La incertidumbre sobre quién se impondrá en las elecciones del 5 de noviembre provoca que Irán -quien según informes ha querido asesinar a Trump en las últimas semanas- pueda estar dispuesto a ir hasta el final con tal de hundir a su enemigo acérrimo: el Estado de Israel.
A su vez, la nación hebrea, consciente de que cuenta con cada vez menos apoyo internacional, está dispuesta a dar su propia pelea de forma independiente contra la alianza árabe que amenaza su propia existencia.
En síntesis, encontramos terroristas por doquier -aliados a un Estado patrocinador del terrorismo como Irán- amenazando a un Estado de Israel dispuesto a confrontar con todas sus armas para poder sobrevivir. En la espera y viendo cómo intervenir, se encuentran los grandes jugadores globales como Rusia, Estados Unidos y Europa.
Parece que ya se ha encendido la mecha de esa bomba -siempre a punto de estallar- llamada “Medio Oriente”. Las consecuencias de su expansión son tan impredecibles como preocupantes.

