Todas las posibilidades, una oportunidad: Venezuela rumbo al fin del chavismo
Este domingo 28 de julio, los venezolanos están convocados para elegir al próximo presidente de la República para el periodo 2025-2031. La contienda electoral de este domingo representa un desafío monumental para la raída 'Revolución Bolivariana'. Tras dos décadas y media en el poder, las fuerzas democráticas han creado una oportunidad de cambio que ha comenzado a socavar las bases sociales y políticas que sostienen al régimen de Nicolás Maduro. Ante esta situación es inevitable interrogarse, ¿cómo se logró construir un escenario tal en un régimen famoso por su audacia para realizar fraudes electorales?
Es ampliamente conocido que, desde la muerte de Hugo Chávez, su 'revolución' ha sido incapaz de ganar elecciones de manera legítima. Con un líder impopular al frente, una crisis económica, política y humanitaria sin precedentes en la región, y el mayor éxodo en la historia latinoamericana, el chavismo ha logrado mantenerse en el poder, extinguiendo cualquier flama que abriera la posibilidad de un cambio hacia la democracia.
En 2014, el primer año tras la muerte de Hugo Chávez, la hiperinflación, el aumento de la inseguridad y la censura llevaron a millones de venezolanos a las calles a exigir el cese del gobierno. Las protestas resultaron en más de 40 muertes, con uno de cada tres manifestantes siendo atacados por paramilitares, y en la creación de los primeros centros de tortura masivos en el país. El arresto de Leopoldo López, en ese momento el líder opositor más popular, selló el futuro democrático de Venezuela, que se encaminaba hacia un recrudecimiento de la dictadura.
Foto: EFE.
A López se sumaron el arresto del alcalde Metropolitano de Caracas, Antonio Ledezma, y la inhabilitación de decenas de dirigentes, como María Corina Machado. A pesar de esto, el cansancio popular permitió a la oposición ganar ampliamente las elecciones de 2015. Los resultados le otorgaron a la oposición, por la mínima, los dos tercios de la Asamblea Nacional, lo que les permitía realizar modificaciones constitucionales e incluso un juicio político contra Maduro. En respuesta, el régimen actuó rápidamente, suspendiendo a los dos diputados del estado Amazonas, eliminando así la mayoría de dos tercios y dejando sin representación a todo un estado del país. Este fue el inicio de un largo período de ataques por parte del chavismo contra la Asamblea Nacional.
Sin embargo, la persecución y represión seguirían creciendo a medida que las crisis seguían aumentando. En 2017, el régimen chavista se afrontaría a un estallido social sin precedentes en la historia de Venezuela, consecuencia de las penurias generadas por la hiperinflación desenfrenada, siendo dicho estallido generado por una pieza clave: en abril de 2017, la fiscal general de la República, Luisa Ortega Díaz, desde un avión denunciaba que había sido forzada a inculpar al líder opositor preso, Leopoldo López, y que este último en verdad era inocente.
Se comenzaba a dibujar el divorcio entre los chavistas y los maduristas. Las protestas del 2017 quedarán en el imaginario venezolano para siempre, meses donde centenares de personas fueron asesinadas, arrestadas, desaparecidas, a manos de las fuerzas de seguridad del estado. Imágenes y cifras que solo podían recordar a las dictaduras del cono sur en los años 70 y 80. Cualquier indicio de democracia en Venezuela fue apagado en 2017. La política de los chavistas sería simple: el terror sistemático. Detenciones arbitrarias, bajo el método de la puerta giratoria, es decir, encerrar y liberar civiles compulsivamente, a modo de sembrar el terror en la mayor parte de la población. La Venezuela democrática y próspera quedaba de esta manera enterrada en las entrañas del mar Caribe. La política económica orquestada por el chavismo, sumado al terror de estado, forzó, como lo sigue haciendo hoy en día, a cerca de 8.000.000 de venezolanos a irse de su país, un 26% de la población del país petrolero caribeño.
En 2018, con un país traumatizado por la represión policial, deprimido por las familias separadas por la incertidumbre del no saber cuándo volverán a verse madre e hijo, y devastadas por la muerte, desaparición o arresto de sus seres queridos, el régimen venezolano decide convocar a elecciones presidenciales en mayo del 2018. Con un país desahuciado, la realización del evento no tuvo mayores complejidades para el gobierno. No obstante, dos factores claves se deben retener de este suceso: las elecciones no respetaron los protocolos estipulados por la ley, lo cual produjo que la comunidad internacional desconociera los resultados de las ominosas elecciones presidenciales del 2018.
La oposición venezolana, en 2019, agarrándose del último filamento que podía conducir al país de nuevo al hilo constitucional, proclama a Juan Guaidó como presidente interino de Venezuela, tal y como establece la constitución venezolana que se debe hacer cuando hay un vacío de poder en el ejecutivo. Dicha situación fue considerada debido a que las elecciones presidenciales no habían sido legítimas, y al concluirse el periodo presidencial el 5 de enero del 2019, legalmente Nicolás Maduro dejaba de ser presidente de Venezuela. Sin navegar en las profundidades de lo sucedido y del rotundo fracaso opositor en la gestión de Guaidó, se debe retener que si hay algo positivo que rescatar: el régimen perdió toda su fuerza diplomática, la comunidad internacional democrática reconoció a Juan Guaidó como el presidente de Venezuela, haciendo que de este modo el poder diplomático cayera en manos de la oposición.
La gestión de Juan Guaidó dejó aislado al régimen chavista, porque el pretexto legal de que su gobierno es anticonstitucional era perfecto para hacerle un cerco internacional a la dictadura. Tras la disolución del gobierno interino, el chavismo empezó a buscar reconocimiento internacional. Estos últimos dos años, el gobierno ha buscado refugiarse en sus aliados ideológicos de la región, a saber, Lula Da Silva y Gustavo Petro, quienes en el pasado reciente se han mostrado solidarios con la dictadura. Véase cuando el presidente Lula Da Silva, durante una visita de Nicolás Maduro a Brasil en mayo de 2023, el jefe de estado brasilero, pese a los informes de violaciones de derechos humanos, aseguró que lo que se dice de Venezuela es “una narrativa construida”, obviando de este modo las violaciones de derechos humanos cometidas por el gobierno. No conforme con ello, Lula Da Silva calificó de histórica dicha visita del dictador venezolano. Y qué decir de Gustavo Petro, quien ha intentado en reiteradas ocasiones auxiliar al régimen, realizando visitas a Caracas e incentivando al diálogo.

Sin embargo, este grupo de amigos entrañables se ha visto resquebrajado. Gustavo Petro y Lula Da Silva han criticado con vehemencia las últimas acciones del régimen. Dicha tendencia empezó tras la inhabilitación de María Corina Machado. Posteriormente, en una visita a Brasil del jefe de estado francés, Emmanuel Macron, y su homólogo, Lula Da Silva, criticaron el bloqueo impuesto a la candidata Corina Yoris, para poderse inscribir como candidata presidencial en el Consejo Nacional Electoral.
A medida que el régimen aumenta su desesperación, los atropellos se vuelven cada vez más abruptos: decenas de detenciones arbitrarias, cierre de todo establecimiento que preste servicio al equipo de María Corina Machado, o retención de artículos que le ayuden en la campaña, como tarimas y equipos de sonido, entre otros. Dichas acciones, lejos de generar miedo, han tenido el efecto contrario. La valentía y voluntad de cambio del pueblo venezolano es abrumadora. No importa a dónde vaya María Corina Machado o el candidato Edmundo González, a donde lleguen son recibidos por avalanchas alegres de ciudadanos de todo tipo. Este movimiento social va más allá de lo ideológico. María Corina Machado ha logrado unir a todos los sectores del país, incluso los más adeptos a la dictadura. La lucha es por el cambio, sin tintes políticos; lo único que se busca es la democracia.
A medida que el 28 de julio se acerca, los delirios de la dictadura ante la incertidumbre aumentan. Aunque en la misma proposición aparece el oxímoron en el discurso chavista: Nicolás Maduro amenaza que si él no gana las elecciones “habrá un baño de sangre”. Esta frase aniquiló esta semana la ya moribunda relación entre Lula Da Silva, Gustavo Petro y el régimen chavista. Sin embargo, la primera contradicción que vemos de esta afirmación proviene del hijo del dictador, “Nicolasito”, quien afirmó recientemente que en el dado caso donde ellos perdieran las elecciones, ellos “entregarían el poder y pasarían a ser oposición”. No obstante, a quien no le agradó dicha declaración fue a Diosdado Cabello, figura emblemática de la dictadura venezolana, quien en su programa televisivo hebdomadario afirmó que el hijo del dictador era un “tibio y cobarde” tras sus declaraciones en favor de ceder el poder en caso de perder las elecciones.
La situación en Venezuela se ha convertido en un tema de gran preocupación internacional. Diversas organizaciones de derechos humanos, incluyendo Human Rights Watch y Amnistía Internacional, han documentado extensamente las violaciones de derechos humanos cometidas por el régimen de Maduro. Según un informe de Human Rights Watch, las fuerzas de seguridad venezolanas han sido responsables de detenciones arbitrarias, torturas y ejecuciones extrajudiciales. Estos abusos han sido parte de una estrategia para aplastar la disidencia y mantener el control político.

La crisis económica ha sido igualmente devastadora. La hiperinflación ha destruido el poder adquisitivo de los venezolanos, y los bienes básicos como alimentos y medicinas son extremadamente escasos. Según datos del Fondo Monetario Internacional, la economía de Venezuela se ha contraído en más del 60% desde 2013, una caída más severa que la sufrida por países en guerra. El colapso económico ha llevado a millones de personas a huir del país, creando una crisis migratoria sin precedentes en América Latina. La Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) estima que más de 5 millones de venezolanos han salido del país, buscando refugio en países vecinos como Colombia, Brasil y Perú.
La comunidad internacional ha respondido con una combinación de sanciones y ayuda humanitaria. Estados Unidos, la Unión Europea y varios países latinoamericanos han impuesto sanciones económicas y personales contra altos funcionarios del régimen de Maduro. Estas sanciones tienen como objetivo presionar al gobierno para que respete los derechos humanos y permita elecciones libres y justas. Sin embargo, en estas elecciones cuentan con una particularidad en el espectro internacional. El abandono de la izquierda Latinoamérica hacia el chavismo tiene un trasfondo: la migración masiva. El éxodo de venezolanos favorece políticamente a la derecha en las encuestas, sea por el rechazo que hay hacia los migrantes, o también porque estos son reflejo del fracaso de la “mise en œuvre" de los planteamientos de la izquierda latina.
Si el chavismo lograra perpetuarse en el poder, Latinoamérica sería testigo de una segunda ola migratoria masiva, una crisis humanitaria que tendría repercusiones profundas y duraderas en toda la región. La primera ola migratoria venezolana, que comenzó alrededor de 2015, ya ha ejercido una enorme presión sobre los países vecinos, con millones de venezolanos huyendo de la crisis económica, política y social en su país. Una segunda ola, probablemente desencadenada por la persistencia de las condiciones adversas y la intensificación de la represión, representaría un desafío aún mayor para los países de acogida.
Los vecinos de Venezuela, como Colombia, Brasil, Perú y Ecuador, han mostrado una gran solidaridad con los migrantes venezolanos, pero también han enfrentado limitaciones significativas en términos de recursos y capacidades para absorber tal afluencia de personas. Estos países, a diferencia de Argentina y Venezuela en el siglo XX, no tienen las economías robustas que les permitan manejar grandes flujos migratorios sin consecuencias severas para sus propios ciudadanos. En el siglo pasado, Argentina y Venezuela eran potencias económicas regionales capaces de ofrecer empleo y oportunidades a los inmigrantes. En cambio, los actuales vecinos de Venezuela están lidiando con sus propias dificultades económicas, incluidos altos niveles de desempleo, inflación y problemas fiscales.

La llegada masiva de migrantes en una segunda ola podría exacerbar las tensiones sociales y económicas en estos países. Las infraestructuras, ya sobrecargadas, podrían colapsar bajo el peso de una nueva ola migratoria. Los servicios de salud y educación, la vivienda y el empleo enfrentarían una demanda sin precedentes, lo que podría aumentar la competencia por los recursos escasos y provocar resentimiento entre las poblaciones locales y los recién llegados. La falta de oportunidades y la precariedad económica podrían, además, alimentar el crecimiento de economías informales y actividades ilegales, incrementando la inseguridad y la violencia en las regiones de acogida.
Más allá de los impactos económicos y sociales, la perpetuación del chavismo en el poder también significaría la consolidación de Venezuela como una plataforma del crimen organizado. Bajo la protección del régimen, diversos grupos terroristas y narcotraficantes han encontrado un refugio seguro en el país. La dictadura venezolana, en su intento por mantenerse en el poder, ha formado alianzas con actores ilícitos que operan dentro y fuera de sus fronteras. Esto incluye a organizaciones como el ELN (Ejército de Liberación Nacional) y las disidencias de las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia) que han encontrado en Venezuela un territorio libre de persecución donde pueden planificar y ejecutar sus actividades.
El narcotráfico es uno de los principales negocios ilícitos que prosperan en Venezuela. La posición geográfica del país, con una extensa costa caribeña y su proximidad a las rutas de tráfico de drogas hacia Norteamérica y Europa, lo convierte en un punto estratégico para los carteles de la droga. El régimen de Maduro ha sido acusado de facilitar estas operaciones, permitiendo que el tráfico de drogas florezca a cambio de beneficios económicos y apoyo militar de estos grupos. Esta situación no solo desestabiliza a Venezuela, sino que tiene un impacto significativo en la seguridad regional, ya que las rutas de narcotráfico se extienden a través de las fronteras, afectando a varios países latinoamericanos.
Además del narcotráfico, Venezuela se ha convertido en un refugio para otros tipos de actividades criminales, como el contrabando, la minería ilegal y el tráfico de personas. La falta de control y la corrupción generalizada en el gobierno venezolano permiten que estos negocios ilícitos prosperen sin impedimentos. Las regiones mineras del sur del país, por ejemplo, están controladas por grupos armados y mafias que explotan a los trabajadores en condiciones inhumanas y destruyen el medio ambiente. El oro extraído ilegalmente de estas zonas a menudo se utiliza para financiar actividades criminales y mantener el poder del régimen.
La presencia de grupos terroristas en Venezuela también es una preocupación creciente. Existen informes que sugieren que organizaciones como Hezbollah han establecido una base en el país, utilizando la falta de control estatal para realizar actividades de financiamiento y reclutamiento. La presencia de estos grupos representa una amenaza no solo para Venezuela, sino para la seguridad global, ya que pueden utilizar el país como un trampolín para planificar y ejecutar ataques en otras regiones.
La perpetuación del chavismo en el poder, por lo tanto, no solo continuaría afectando negativamente a la población venezolana, sino que también tendría consecuencias graves y duraderas para toda la región. La crisis humanitaria y la inestabilidad económica y política en Venezuela se propagarían a los países vecinos, exacerbando los problemas existentes y creando nuevos desafíos. Lo anteriormente dicho sería el considerando donde la dictadura logre perpetuarse. Más debemos considerar lo que, para mí, será el resultado: ¿qué pasa si ganamos?
Ante todo, debemos analizar el miedo a las elecciones en dictadura. Es bien sabido que estos eventos, bajo dichas características, carecen de veracidad y confianza. Sin embargo, sí se puede ganar elecciones en dictadura, más aún cuando el régimen está en una posición de debilidad. Para ilustrar esto, me atendré a tres ejemplos históricos: Uruguay 1980, Filipinas 1986 y Chile 1988. Siendo este último el escenario de transición que podría parecerse al que encontrarán María Corina Machado y Edmundo González Urrutia.

En 1980, Uruguay vivía bajo una dictadura militar que buscaba perpetuarse en el poder a través de una reforma constitucional. El plebiscito del 30 de noviembre de 1980 fue un momento crucial. Contra todo pronóstico y bajo un régimen represivo, la ciudadanía uruguaya rechazó la propuesta constitucional. Este evento demostró que incluso en condiciones adversas, la voluntad popular puede prevalecer. La derrota del proyecto constitucional debilitó significativamente al régimen militar y marcó el comienzo del proceso de retorno a la democracia, que culminó con las elecciones generales de 1984.
El éxito de este plebiscito radicó en la movilización y organización de las fuerzas opositoras, que lograron sortear la censura y la represión para llevar su mensaje a la ciudadanía. Este ejemplo es un testimonio del poder de la participación ciudadana y de cómo, incluso en contextos de dictadura, es posible revertir situaciones aparentemente insuperables. Otro ejemplo inspirador es el de Filipinas en 1986. Ferdinand Marcos, quien había gobernado el país con mano de hierro desde 1965, convocó elecciones anticipadas para legitimar su régimen. Sin embargo, el fraude electoral fue tan descarado que provocó una ola de protestas masivas. La "Revolución del Poder Popular" se desató, con millones de filipinos saliendo a las calles en apoyo a la candidata opositora, Corazón Aquino.
La presión popular fue tan intensa que Marcos se vio obligado a huir del país, poniendo fin a su dictadura. Este episodio demuestra que la movilización masiva y el apoyo internacional pueden ser determinantes para desmantelar un régimen autoritario. La resistencia pacífica y la solidaridad global jugaron un papel crucial en la caída de Marcos, subrayando la importancia de la comunidad internacional en la lucha contra la tiranía. El caso de Chile en 1988 es quizás el más emblemático. Augusto Pinochet, quien había tomado el poder mediante un golpe de estado en 1973, convocó un plebiscito para legitimar su gobierno. El plebiscito preguntaba a los chilenos si querían extender el mandato de Pinochet por otros ocho años. Contra todas las expectativas y bajo un clima de miedo y represión, la opción del "No" ganó con el 56% de los votos.
La campaña del "No" se caracterizó por su creatividad y capacidad de movilización. A pesar de las amenazas y el control estatal de los medios de comunicación, la oposición logró transmitir un mensaje de esperanza y cambio. Pinochet, aunque debilitado, no abandonó inmediatamente el poder, pero se vio obligado a convocar elecciones democráticas en 1989, que marcaron el inicio de la transición hacia la democracia. Un escenario de transición en Venezuela podría parecerse al encontrado en estos ejemplos históricos. Si la oposición, liderada por María Corina Machado y Edmundo González Urrutia, logra ganar las elecciones, se enfrentarán a numerosos desafíos. El régimen chavista, incluso en la derrota, podría intentar mantener el control sobre ciertas áreas del gobierno y las fuerzas armadas, similar a lo que sucedió en Chile con Pinochet.

La transición en Venezuela requeriría una combinación de movilización ciudadana, presión internacional y negociaciones estratégicas. La experiencia de Uruguay, Filipinas y Chile sugiere que es posible derrotar a una dictadura en las urnas, pero el camino hacia la democracia estará lleno de obstáculos. La oposición venezolana deberá estar preparada para enfrentar la resistencia del régimen y trabajar incansablemente para consolidar el cambio democrático.
La posibilidad de un cambio democrático en Venezuela no es solo una cuestión teórica basada en ejemplos históricos lejanos, sino una realidad palpable que los venezolanos ya han experimentado en tiempos recientes. Más allá de los casos inspiradores de Uruguay, Filipinas y Chile, la historia contemporánea de Venezuela nos ofrece un ejemplo claro de que, incluso bajo un régimen autoritario, es posible lograr victorias significativas en las urnas. Este ejemplo es el de las elecciones parlamentarias de 2015.
En diciembre de 2015, Venezuela vivió un momento histórico cuando la Mesa de la Unidad Democrática (MUD), una coalición de partidos opositores ganó de manera contundente las elecciones parlamentarias. Por primera vez en 17 años, la oposición obtuvo la mayoría en la Asamblea Nacional, logrando 112 de los 167 escaños, lo que les daba una mayoría calificada de dos tercios. Este resultado fue un golpe significativo para el régimen de Nicolás Maduro y demostró que, a pesar de la represión y los intentos de manipulación, la voluntad del pueblo venezolano podía expresarse y prevalecer.
La victoria de la oposición en 2015 se debió a varios factores que podrían ser relevantes en el contexto actual: primero tenemos la unidad opositora, la MUD logró aglutinar a diversos partidos y movimientos políticos bajo una plataforma común. Esta unidad fue crucial para presentar una alternativa coherente y viable al chavismo. La lección es clara: la unidad es una herramienta poderosa contra los regímenes autoritarios. De igual manera tenemos la importancia de la movilización ciudadana, la cual, a pesar del miedo y las amenazas, los venezolanos acudieron masivamente a las urnas. La participación electoral fue del 74%, una cifra notablemente alta que reflejó el deseo de cambio de la población. Por otro lado, encontramos otro factor clave: fiscalización y defensa del voto: La oposición desplegó una amplia red de fiscales y observadores para vigilar el proceso electoral y denunciar irregularidades. Aunque el contexto era adverso, estos esfuerzos ayudaron a proteger el voto ciudadano.
Más allá del ámbito interno, incluso los aliados cercanos al régimen de Nicolás Maduro reconocen la necesidad urgente de un cambio en Venezuela. Un ejemplo destacado es China, un país que ha sido un aliado estratégico y financiero clave para el régimen chavista. Sin embargo, la relación entre China y Venezuela se ha vuelto cada vez más compleja debido a la enorme deuda que Venezuela ha acumulado con el gigante asiático.
China ha invertido miles de millones de dólares en Venezuela a través de préstamos y acuerdos comerciales, esperando beneficiarse de las vastas reservas de petróleo del país. Sin embargo, la mala gestión económica y la corrupción han llevado a una situación en la que Venezuela no ha podido cumplir con sus obligaciones financieras. La deuda de Venezuela con China se ha vuelto astronómica, y el régimen de Maduro ha demostrado ser incapaz de reembolsar estos préstamos.
En los últimos meses, el gobierno de Maduro ha intentado implementar diversas medidas para corregir su desastrosa política económica. Estas medidas incluyen reformas en el sector petrolero, intentos de atraer inversión extranjera y esfuerzos por estabilizar la moneda. Sin embargo, estos intentos han sido en gran medida infructuosos debido a la profunda crisis estructural que enfrenta el país. La corrupción endémica, la falta de transparencia y la ausencia de un entorno empresarial confiable han hecho que cualquier intento de reforma sea insuficiente para abordar los problemas fundamentales de la economía venezolana.
Desde la perspectiva de China, la situación actual en Venezuela es insostenible. Beijing comprende que el régimen chavista, en su estado actual, no tiene la capacidad de reembolsar la deuda ni de generar un entorno económico estable que permita una recuperación a largo plazo. China, como una potencia económica global, tiene un interés estratégico en asegurar que sus inversiones sean rentables y que los países a los que presta dinero puedan cumplir con sus obligaciones financieras.
Para China, un cambio de régimen en Venezuela podría representar una oportunidad para renegociar la deuda y establecer una relación económica más sostenible y mutuamente beneficiosa. Un gobierno democrático y reformista tendría más credibilidad a nivel internacional y sería más capaz de implementar políticas económicas eficaces. Esto no solo beneficiaría a Venezuela, sino que también aseguraría que China pueda recuperar sus inversiones y establecer una base más sólida para futuras relaciones comerciales. Además de China, otros actores internacionales también ven la necesidad urgente de un cambio en Venezuela. La comunidad internacional, incluyendo países de América Latina, Estados Unidos y la Unión Europea, ha expresado su apoyo a un proceso electoral justo y transparente en Venezuela. Estos actores comprenden que la estabilidad de la región depende en gran medida de la situación en Venezuela y que un cambio de régimen podría abrir la puerta a una recuperación económica y social en el país.
Sin embargo, el interés económico no es exclusivo de China, las naciones occidentales tienen gran interés en la recuperación de la estabilidad en Venezuela. Por ello la recuperación económica no solo se centra en China, sino también en la reconfiguración de las relaciones geopolíticas. En el contexto actual, donde las reservas de petróleo en Irán y Rusia son consideradas de alto riesgo debido a sanciones y tensiones políticas, Venezuela tiene la oportunidad de posicionarse como un proveedor alternativo y fiable de energía para Occidente.

La estrategia busca reducir la dependencia de Occidente del petróleo proveniente de regiones inestables. Al convertirse en un proveedor fiable, Venezuela puede ofrecer una fuente segura de energía que contribuye a la estabilidad energética global. Esto no solo beneficiaría a los países occidentales, sino que también proporcionaría a Venezuela ingresos consistentes y la posibilidad de reinvertir en su propia economía. El restablecimiento de Venezuela como un surtidor fiable de petróleo fortalecería sus relaciones internacionales, especialmente con países de América del Norte y Europa. Estas relaciones no solo se basarían en el comercio de petróleo, sino que también abrirían la puerta a acuerdos de cooperación en áreas como tecnología, educación y desarrollo sostenible.
Además de ello, María Corina Machado cuenta con ambicioso plan de gobierno, que va de la mano de los mejores expertos de cada área. De consolidarse una transición, Venezuela podría empezar a encontrar la estabilidad, y con el tiempo la prosperidad que siempre le había caracterizado. Ello seria un alivio para la región, tanto económico, como geopolítico. Una Venezuela en reconstrucción atraerá de vuelta casa cientos de venezolanos, bajando la presión de la cuota migratoria en la región. Además, permitiría impulsar a la región, la cual con la caída de Venezuela perdió la nación más rica de la región hasta 2010.
Podría extenderme en análisis, ver todas las posibilidades, al final esta lucha lleva en si el sueno de todos los venezolanos de volver a ver a nuestro país en libertad. Una verdad es cruel, solo el tiempo nos dirá lo que sucederá la noche del 28 de julio. Indiscutiblemente será una noche de chavismo de antaño, con las cámaras apuntando hasta altas horas la madrugada la famosa “barandita” del Consejo Nacional Electoral.
La oscuridad azotó a Venezuela desde aquel 4 de febrero de 1992, cuando Chávez pronuncio su famoso “Por ahora”. Treinta anos mas tarde, seguimos mirando el reloj con desespero esperando que esa noche se acabe. Y ciertamente, podemos darnos el gusto de tener fe. Tenemos una gran líder, hemos crecido como país, hemos madurado políticamente. Por fin hemos logrado organizarnos en un gran proyecto, y en una lucha heroica por la libertad. Somos hijos de libertadores, fuimos cuna de la democracia, hemos sido luz para millones.
La esperanza es lo único que nos queda, y esa fuerza que nos da el amor por Venezuela nadie nos la podrá arrebatar. Una cosa es segura, la incertidumbre la tenemos todos. Sé que vamos a ganar, porque todo esta a nuestro favor. Sé que esa noche del 4 de febrero todavía sigue, pero el sol se esta levantando por el esequibo, por ahora los chavistas pueden pensar que no va a amanecer, pero Venezuela esta despierta, lista para amanecer en libertad el 28 de julio.

* Enrique Lozada García, enlace de Comunicación del Comando Con Venezuela en Argentina

