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¿Por qué nos admiramos del pueblo ucraniano?

Tendemos a empatizar más con quien más lo necesita, con el débil frente al fuerte. Pero en el caso del pueblo ucraniano esa debilidad es paradójicamente heroica y los héroes siempre son atractivos porque rescatan a una sociedad de sus miedos, de su decadencia y del suicidio de la falta de vínculos.
Foto: EFE
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No voy a redundar en los análisis políticos, jurídicos y económicos que se hacen estos días a cuenta de la invasión de Ucrania por parte de Rusia. Ya se han hecho y muy bien. Me llama más la atención ese extendido sentimiento de admiración por el pueblo agredido, por su coraje en la resistencia a un enemigo que vuelve a ser oso. ¿Cuál es el origen de ese maravillarnos? De eso apenas he leído o escuchado algo. Caben algunas razones, unas obvias y otras quizá no tanto.

Vayamos primero con lo evidente. Tendemos a empatizar más con quien más lo necesita, con el débil frente al fuerte. Ocurre así en las competiciones deportivas. Hay clubes que incluso hacen de esa supuesta carencia una seña de identidad. Y de la misma forma que nos desagrada una goleada injustificada del club poderoso, nos espanta la saña del matón contra civiles encarados y soldaditos de plomo.

Hay ejemplos claros de cómo germina hoy esa empatía: una mujer se enfrenta a un soldado invasor ruso y le dice que se meta semillas de girasol en los bolsillos para que cuando muera florezcan en tierra ucraniana. Otro compatriota empuja un tanque con determinación para evitar su paseo por las calles de Kiev.

Sentimos también que en Ucrania se está cometiendo una gran injusticia. En un plano moral, por la desproporción entre las disputas que pudieran sostener los dos países y la apabullante ofensiva rusa. En un sentido jurídico porque se invade un estado soberano y se pisotea su derecho a la integridad territorial. Eso rezuma el episodio de los 13 soldados ucranianos que guardaban la frontera de la Isla de la Serpiente y que fueron bombardeados por un buque ruso. «Buque de guerra ruso, vete a la mierda», fue la contestación ardorosa.

Hay mucho asombro también porque sabemos que estamos haciendo inventario de héroes, personas dispuestas a entregarse por otras, embarcadas en una aventura que supera con mucho sus capacidades, que no admite ningún cálculo razonable de probabilidades de salir airoso. Los héroes siempre son atractivos porque rescatan a una sociedad de sus miedos, de su decadencia. Su ejemplaridad nos reconcilia con la imagen de lo que podríamos llegar a ser. Su conducta, su entrega, son de una elocuencia radical, un milagro moral más allá del físico. Nos hacen recuperar incluso el verdadero sentido de los derechos humanos que son, básicamente, los derechos del otro (alter ego), y no el ego legislativo que se impone.

Pero hay un aspecto novedoso en estas heroicidades que nos remite a una expresión muy pateada por la corrección social: el amor a la patria. Muchos ucranianos están dando su vida por algo superior a todos ellos, por un legado jurídico, histórico y afectivo que designamos con una expresión perfecta desde una perspectiva igualitaria: madre patria (forma femenina del adjetivo patrius, que es padre, pero también antepasados).

Resulta que en tiempos de globalización y de ciudadanías del mundo gaseosas, unos europeos nos recuerdan que tienen un patrimonio común, que son compatriotas y que se niegan a ser expatriados por Putin. Si los héroes nos dan arraigo es porque ellos tienen también raíces. Si los ucranianos nos asombran es porque rompen la atonía suicida de una sociedad sin vínculos.

Y vemos un ejemplo perfecto de esa entrega que es personal y colectiva, del amor por el otro y por todos los otros: ese padre que suplica a un militar que le deje ocupar el sitio de su hijo adolescente, recién reclutado.

Nos recuerda Dos Passos que “podéis arrancar al hombre de su país, pero no podéis arrancar el país del corazón del hombre.”

El pueblo ucraniano debería ser reconocido como patrimonio de la humanidad, no en un sentido artístico sino radicalmente ético.

*Jesús Fontenla. Doctor en Comunicación, Universidad de Vigo, España