Estado de situación: ¿un Tea Party criollo?
América Latina abandona rápidamente los eufemismos: a la izquierda se le llama izquierda y a la derecha, derecha. Nunca antes estuvieron tan asumidas las posiciones ideológicas. Pero no es lo único que deja en superficie la política en este tiempo: izquierdas y derechas plantean hoy en día sus disidencias a cara descubierta y en regímenes votados por los pueblos. No es poco, ya que hasta no hace muchos años, unas y otras eran identificables por el “tono” de su ejercicio dictatorial.
Sin embargo, las acusaciones de prácticas autoritarias entre los defensores de ambas posturas políticas, hoy en día, no han cesado dentro de sistemas teóricamente democráticos. Es por ello que es en ese marco en que se libran batallas interminables: se vive en gran parte de Latinoamérica una situación de “campaña electoral permanente” y detrás de esa agitación constante, mientras unos y otros intentan gestionar el Estado, puede identificarse el intento de zancadillas de uno hacia el otro, lo que se comienza a denominar como “golpes blandos”.
Claro que todo depende del color del cristal con el que se lo mire. Por ejemplo, la derecha jamás aceptará el concepto de “golpe” a los relevos del poder del ex presidente de Honduras, Manuel Zelaya ni de Paraguay, Fernando Lugo. La izquierda hará lo propio con De la Rúa, quien, a pesar de sus errores, la hoy presidenta argentina Cristina Fernández le exigió la renuncia un día antes, bajo amenaza de culparlo de las siete plagas del Apocalipsis. Y cayó.
De todos modos, la situación de las izquierdas en Latinoamérica no es homogénea. De hecho, uno de sus ideólogos, Atilio Borón, sostuvo hace un tiempo en diálogo con MDZ que al gobierno argentino que se auto incluye en el bloque “bolivariano”, le falta rendir casi todas las materias para recibirse de tal. La oposición argentina, en tanto, suma dándolo por chavista.
El factor Venezuela
Lo que ha conseguido Venezuela es unir a las derechas dispersas, pero no consigue hacerlo con una izquierda a la que debería considerar como “propia”. Una vez que Hugo Chávez adhirió al comunismo cubano, tras sus inicios con sus amistades “carapintadas” argentinos y la simpatía por nacionalistas como Mohamed Alí Seineldín, la izquierda orgánica se alineó con él. Pero tras su desaparición, está en debate qué fue de aquel “Socialismod el Siglo XXI” con un Nicolás Maduro que es prácticamente el único civil visible en una estructura de poder militarizada fáctica e ideológicamente, como ni siquiera lo hizo el propio Comandante Chávez.
Espantados por una izquierda militarizada en el poder, que exige uniformidad y que pisotea con sus botas los derechos humanos como antes lo hacía la derecha, este último sector se reagrupa y radicaliza.
Hay un primer intento de sectores vinculados al centroizquierda, al socialcristianismo (al que antes adhería el peronismo argentino) que intenta liderar un espacio vacante. A pesar de que no se plantean abiertamente como “la derecha”, quedan ubicados enfrente del chavismo y caen en esa categoría automáticamente, ya sea como detractados o como aglutinante.
Están nucleados en el Club de Madrid y sus cabezas visibles son los ex presidentes Oscar Arias (Costa Rica), Henrique Cardoso (Brasil), Ricardo Lagos (Chile) y Alejandro Toledo (Perú). Agrupa a 96 ex mandatarios del mundo y no solo de Latinoamérica. Podría decirse que allí abrevaría sin diferencias visibles el ex candidato presidencial venezolano Henrique Capriles.
El otro polo, el más ruidoso y visible, es el que pasó al frente en la protesta en las calles de Venezuela, bajo el liderazgo local de Leopoldo López (hoy en prisión) y la destituida diputada María Corina Machado.
Vinculados a una serie de grupos políticos y think tanks conservadores y liberales de EEUU, se los identifica fácilmente como la versión más radicalizada de la oposición al chavismo: la que pasa a la acción directa, reclama la renuncia de Maduro, toma las calles, acude a los foros internacionales y busca aliados en los nacionalistas de derecha de todo el mundo. Sus voceros y contactos en EEUU son parte de la Heritage Foundation y miembros del Tea Party, la derecha republicana.
Tienen un líder en las sombras que cada vez da más la cara y que ahora lo hará de frente en la mismísima Caracas, desde mediados de abril: el escritor, ex candidato presidencial peruano y Premio Nobel de la Paz, Mario Vargas Llosa. Este último está en contacto permanente con la opositora Machado. De hecho, en su última y sorpresiva visita a Mendoza, el día de las elecciones en Venezuela que ganó Maduro por estrecho margen, su contacto permanente fue ella y no Capriles.
En su grupo hay de todo: nacionalistas, liberales y conservadores y es el germen de un proyecto que busca consolidar una fuerza visible de derecha en toda Latinoamérica, posiblemente en convergencia con los sectores que provienen de la socialdemocracia o el socialcristianismo.
En Lima, Perú, Vargas Llosa tuvo a sus pies a un leal que considera haber cambiado a su favor él mismo: el presidente Ollanta Humala. Además, el escritor quiere que su esposa, Nadine Heredia, lo suceda en la presidencia, sospecha que ya le ha hecho bajar unos 20 puntos en las encuestas al mandatario de origen guerrillero y nacionalista, pero que le permite a este sector de las ideas políticas conservar el poder en un país estratégico que exhibe, además, cifras de crecimiento inéditas.
Allí coincidió el germen de “la nueva derecha” latinoamericana, más radicalizada: además de los anfitriones, el colombiano Álvaro Uribe, el chileno Sebastián Piñera, el argentino Mauricio Macri, el uruguayo Luis Alberto Lacalle, el boliviano Jorge Quiroga, el peruano que fluctúa entre ambas “derechas”, Alejandro Toledo y el soporte mediático cultural del entente: Mariano Grondona, Erique Krauze, Marcos Aguinis, Carlos Alberto Montaner, Mauricio Rojas.
El futuro
Mientras en EEUU, cinco años después de creada como reacción a un Barack Obama al que veían como un “comunista”, el Tea Party comienza a perder furia para reacomodarse dentro del Partido Republicano, en el resto del continente una versión criolla comienza a cobrar fuerza más por demérito ajeno que por mérito propio: Venezuela los une y les da impulso.
Tal vez el freno a la radicalización de unos y otros lo otorgue la respuesta del electorado de Costa Rica. Allí, el oficialismo, que era parte de un sistema históricamente bipartidista, se vio jaqueado por el Frente Amplio, chavista, al que muchos daban por ganador. Pero el miedo generado desde el propio poder a la “venezuelización” de Costa Rica hizo que el electorado desbancara a los que acusaban y a los acusados. Por el medio pasó un izquierdista localista, equidistante, como Luis Guillermo Solís, de un partido nuevo, escindido del oficialismo de Oscar Arias y Laura Chinchilla y que ve bien algunas cosas de la América “bolivariana” y mal otras; que quiere una coexistencia de la OEA y Celac; que no adhiere a la Alianza del Pacífico y que, en definitiva, cortó la racha de tensiones entre izquierda y derecha y es más una promesa desconocida para los “ticos” que una solución a sus problemas.