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El relato conmovedor de una joven que fue a Calcuta

Viajó a la ciudad india para vivir una profunda experiencia de vida, fundada en la solidaridad y el amor a los más indefensos. Testimonio único y conmovedor.

Sofía Stavrou es un jovena que fue a conocer la ciudad india de Calcuta, donde viven más de 4,5 millones de personas. También conocida por los testimonios de solidaridad ante de la beata católica Teresa de Calcuta, la joven que vivió la experiencia en esa ciudad de la India lo llevó a un conmovedor relato difundido por la revista porteña Ciudad Nueva. Así comienza:

Mi cabeza vuela nostálgica. Nunca imaginé que alguna vez iba a extrañar Calcuta. Llegar allí fue un choque cultural muy intenso y una invasión a todos los sentidos sin respiro. 

La vida pasa en la calle, donde reside la mayoría de los habitantes, conviviendo junto con las ratas, moscas, cucarachas y cuervos que sorprenden por todos los rincones, por los árboles y los techos. Las personas duermen y se bañan en la calle, buscan comida entre los restos de basura, hacen sus necesidades, tienen hijos, rezan y mueren en la calle...

Cruzar esas calles es una aventura de vida o muerte: no existen los semáforos, o si existen es como si no estuvieran. Se permite ir a contramano y se maneja con una mano en la bocina haciéndola sonar sin parar. Tampoco existen los tachos de basura: las veredas son un basural impregnado de olores y formas de todo tipo.

El primer día quería pegar la vuelta. No entendía qué estaba haciendo (sola) en la ciudad más pobre de India. Hasta que ese mediodía conocí a Anie, una voluntaria china que con una sonrisa oriental radiante hizo que empezara a sentirme un poco más contenida. 

Me di cuenta de que no era la única loca. Éramos un grupo de más de 40 voluntarios de todas partes del mundo y de todas las edades. Un número chico en comparación a los grupos que hay durante el resto del año. Es que mayo es cuando hay menos voluntarios por las temperaturas extremas del verano (la sensación térmica llegó a 51 grados). Fue muy interesante ir conociéndolos y saber qué los motivó a emprender esta aventura. Creo que cada uno que llega a Calcuta a hacer esta experiencia está en una búsqueda personal intensa, y eso hizo que conociera personas tan especiales que nunca imaginé que podían enseñarme tanto en tan poco tiempo.



El voluntariado empieza muy temprano en Mother House, que es el Hogar principal donde vivió la Madre Teresa y hoy es donde se encuentra su tumba adornada por frases hechas de flores, de las que cada mañana se ocupan de decorar las más de 200 monjas o “Sisters of Charity” que ahí conviven. Después de una misa opcional y un desayuno de bananas, pan lactal y “chai” (un típico té indio) salimos en distintos grupos a los respectivos hogares que cada uno eligió para ayudar.

A la hora de elegir el lugar donde ofrecer mi ayuda, opté por el Hogar de niños con discapacidad mental y motriz y el de personas con enfermedades terminales. En qué me metí, pensé, dudando de poder afrontar esa realidad.


Sin embargo, enseguida estaba haciéndole upa a Ali, una nena de 7 años, pero con cuerpo de beba, con piernitas y brazos esqueléticos que se arrastraba acostada sobre una alfombra y se impulsaba con todas sus fuerzas, sin poder contener la saliva de la boca. Me agarro del pantalón con su mano, mirándome desde abajo con sus ojos llenos de vida. Cuando la tuve en brazos supe que esto era a corazón abierto, que no había lugar para impresionarse o tener miedo porque el amor en juego vencía todos esos límites humanos.

La realidad es muy fuerte: todos los chicos que viven ahí fueron encontrados en la calle, abandonados como si fueran parte de la basura y cuando son rescatados a muchos se los están comiendo las ratas o los cuervos. Algunos son ciegos, otros afectados por la poliomielitis que los dejó sin poder caminar, otros con retraso mental, con síndrome de down, autistas. Sin embargo cada tarde nos esperaban con una alegría que transformaba.


El Hogar de las mañanas, el de enfermos terminales, es otro mundo distinto. La Madre Teresa lo inauguró con el nombre de “Nirmal Hriday”, que quiere decir “puros de corazón”, y fue el primero de los hogares que construyeron en Calcuta. Hoy cuenta con 87 residentes, aunque es un número que puede aumentar o disminuir diariamente.. Las primeras horas de la mañana hacíamos todo el trabajo de limpieza y luego preparábamos el almuerzo. Están divididos por sector de mujeres y hombres, que son encontrados en la calle, generalmente en las estaciones de tren, cuando están en las últimas condiciones de vida.

Después de todo el trabajo de cleanup pasábamos unas horas con las mujeres, charlando, entendiéndonos con gestos y sonrisas (sólo unas pocas saben algo de inglés), haciéndoles masajes en las piernas y los pies, acompañándolas, abrazándolas. Y después de darles el almuerzo las acostábamos para la siesta. 


Las ancianas de ese hogar me hicieron sentir una felicidad que nunca antes experimenté en un clima de tanto dolor. El día de la despedida no podía parar de llorar. Una parte de mí quedó ahí con ellas, en esas miradas llenas de emoción, en sus sonrisas a pesar de tanto sufrimiento, en sus manos que tomaban con fuerza las mías, en sus abrazos y alegría de cada mañana.

Un día me tocó darle de comer a una de las residentes que apenas podía moverse, siempre sentada en una silla y que ni abría los ojos. Cada vez que le acercaba la cuchara a la boca, que apenas podía abrir, se aferraba a cada bocado de arroz con una fuerza impresionante, luchando por vivir hasta el último minuto.

Nunca pensé que iba a poder enfrentar algo así, pero el amor y las ganas de ayudar hacen que la fuerza interior y la entereza mental surjan naturalmente.

Los domingos en Calcuta eran los más alegres: opcionalmente los voluntarios pueden anotarse para “Nabon Jibon”, un hogar que abre las puertas para los chicos de la calle, que tienen familia pero viven en los slums. Chicos que no tienen nada y sin embargo te sonríen como si lo tuvieran todo. Los bañamos, jugamos hasta terminar agotados y les damos de comer. Piden “gotis” todo el tiempo, que quiere decir “abrazos” en indio.


Calcuta me enseñó más de lo que esperaba e hizo posible que pudiera superar un desafío personal enorme que, sin planearlo, significó sin dudas la mejor experiencia de mi vida.

No imaginaba que no iba a querer dejar Calcuta. Una parte de mí quedó en esa ciudad tan pobre y marginada pero capaz de darme tanto amor y alegría al mismo tiempo.

“Todo lo que no se da, se pierde”.