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Crisis política y un "presidente mito"

Cristina estará con Chávez en La Habana el 10, día previsto para su reasunción en el poder. El comandante pidió llamar a elecciones y ungió a Maduro como su candidato. No se cumple su pedido.
Foto: AP
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Los chavistas de Venezuela se encaminan a desobedecer al mismísimo Hugo Chávez.

El comandante, a quien el cáncer que se le había “curado” (según sus propias palabras durante la campaña) volvió a condicionar su estabilidad física, avisó explícitamente antes de partir por última vez hacia Cuba que debía respetarse la Constitución y que si él “por alguna razón” no pudiese estar en Caracas este 10 de Enero, nombraba a Nicolás Maduro, su canciller y vicepresidente, como sucesor, para ser votado en elecciones.

Chávez lo dijo sentado junto a las dos puntas de la disputa interna por el poder dentro de su movimiento: el ya mencionado Maduro (cuyo cargo de vicepresidente no lo habilita por sí a suceder al mandatario convaleciente) y a Diosdado Cabello, ratificado recientemente como presidente de la Asamblea Nacional y, por lo tanto, verdadero sucesor en el poder de Chávez.

Cabello debería ser quien este 10 de enero y por espacio de 90 días comande el país en ausencia de su presidente, que se encuentra aparentemente en una sala de terapia intensiva, fuera de su país y sin uso de consciencia, “estable” tras su última y delicada intervención quirúrgica.

Si bien ya nadie discute –para bien de la estabilidad política y en respeto a los resultados que le dieron un contundente triunfo- que Chávez es el mandatario legítimamente electo, se sigue discutiendo si una persona sin capacidad para tomar decisiones (aunque duela, es el caso) puede estar al frente del Poder Ejecutivo y a control remoto, desde otro país.

Esa situación ni siquiera ocurrió en la Cuba de Fidel Castro. El veteranísimo líder delegó el mando en su hermano, Raúl, cuando su estado de salud empeoró. También sufre –como Chávez, Roberto Gómez Bolaños y tantos otros- el escarnio vía Twitter en torno a su verdadero estado de salud- Fidel fue claro y concreto: es un mito viviente, pero a Cuba no la pude gobernar una entelequia. En ese caso, podría haberse, inclusive, nombrado mandatario místico al Che Guevara y buscar a algún interlocutor de sus ideas para comunicarle al pueblo sus “decisiones”.

Parece truculento, pero lo que vive Venezuela es una verdadera crisis política. El chavismo tiene toda la legitimidad del mundo y cuenta con la soberanía popular para gobernar. Pero si bien el propio Chávez se autocalificó (en serio, sin chiste) como “la reencarnación de Simón Bolívar”, lo cierto es que para gestionar el día a día de su revolución hace falta ponerle el cuerpo, no sólo el nombre y mucho menos el espíritu.

La oposición venezolana se ha proclamado respetuosa “en lo humano” de la situación del presidente. Este martes el propio Hugo Capriles se solidarizó con su familia y “su amigos y seguidores”. Pero reclamó “que alguien diga la verdad a dos días de la fecha prevista constitucionalmente para la reasunción”.

Lo que se puede suceder pasado mañana en Caracas es insólito: un país gobernado por un mito. Pero no será por culpa de Chávez sino que ya hay diferencias hacia adentro del chavismo.

Primero, porque entienden que el propio Chávez fue quien pidió que en su ausencia el 10 de enero, se convocase a elecciones nuevamente (como establece su Constitución) y se postulase a Nicolás Maduro desde su partido, el PSUV.

Segundo, porque el sábado si bien como estaba previsto Cabello quedó como presidente de la Asamblea (Congreso), instituyéndose como la máxima autoridad electa en Venezuela, su segundo en el cargo fue reclamado por Maduro, bloqueándole el ascenso al “cabellista” que estaba previsto de entrada, poniéndole límites a quien debería hacerse cargo del poder.

Hoy Venezuela tiene a un Chávez enfermo que todo indica que no volverá a Caracas, entre otras cosas, por el indicio dado por Cristina Fernández de Kirchner que lo visitará en La Habana. Y tiene también a dos puntas del poder partidario en disputa: Maduro, el candidato sin poder, aunque ungido por el propio líder y a Cabello, el sucesor constitucional dentro del esquema de gobierno del país, pero limitado por la determinación de sostener en un simbólico ejercicio de la presidencia al convaleciente comandante, de cuyo futuro poco se sabe y demasiado se especula.