Nueva York a cara y ceca: la pobreza, del otro lado de la moneda
Steven se llama Esteban, pero es una historia en sí misma. Pero usaremos sus datos emergentes para tratar de calcular qué es, en definitiva, Nueva York.
Está despeinado y harapiento y se esconde en la desembocadura junto al río de la Avenida 39 Este.
“Hay que meterse por aquí y hacer como si nada pasara. Todo es una gran simulación”, dice en perfecto español y dilucidar su historia.
Es que Steven, de treinta y pico años, apariencia más bien europea, aunque indigente, es una cifra negra dando vueltas por la ciudad. “Sobrevivo”, dice. Y reafirma. “También hay gente que se siente culpable y ayuda caritativamente”.
Escuchó decir alguna argentinaza y se puso en alerta. Cuando vio la indefensión del cronista, bajó la guardia. Y se animó a contar, pero no a quedar plasmado en una imagen.
Sus padres son argentinos, pero no sabe nada de ellos desde hace una década, al menos. Sus padres lo trajeron a él a triunfar. Sus tíos y abuelos, a quienes cree vivos en algún lugar de la Argentina, creen que él Steven, Esteban o cómo se llame, está “re bien” en Nueva York. No quiere que sepan la verdad. “Esta ciudad te atrae, te chupa y te larga así, seco, sin sangre, a la calle. Es un espejismo de Halloween…”, define, revelando su secreto y marchándose luego, revisando tarros y saludando gente atentamente. A gente que, mientras sea así, también hace lo propio.
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Nada es lo que parece o, al menos, lo que muestran.
Así como la Argentina no pude ser representada sólo con una imagen de Palermo, La Quiaca, Mendoza o Ushuaia, tampoco Nueva York puede serlo a través de la imagen que irradia desde la televisión, fundamentalmente.
Sin embargo, caminando por Manhattan, metiéndose en sus rincones y sin salir a los suburbios, puede apreciarse cómo la política logró aquí unificar dos visiones: la irreal, de la TV y la de la calle.
Impoluta, caminar en Manhattan es hacerlo más en Sex and the City que en CSI. ¿Dónde están los pobres con la pobreza que no muestran a cuestas? ¿Hay pobres aquí?
La ciudad aplasta con su opulencia sencilla y descarada: tiene todo, a un paso. Y, por estos días, además, buen clima. Nada que ver, siquiera, con las series y películas que la ponen como la capital del Apocalipsis. El día después de mañana, aquí, será igual que el anterior a ayer: gente que va y viene, bocinas, grandes autos, gente comprando de todo por todos lados, restaurantes, bares; lugares más y menos paquetes, pero vivos.
Pero, como reza el dicho, las apariencias engañan. Cuando se dice que aquí triunfó la Tolerancia Cero, es cierto: la ciudad no tolera que los pobres estén a la vista. No se la erradicó, sino que la ocultó.
“¿Es que no hay pobres en Nueva York?”, le pregunto a Dayana, empleada de una de esas farmacias que venden de todo, hasta comida. “Cómo que no señor, aquí tiene una”, responde graciosa la neoyorquina hija de dominicanos. Pero ella aclara: “El gran problema de mucha gente aquí es el de mi familia. ¿Qué le quiero decir con esto? Pues vea: nunca, pero nunca vamos a ser parte de la Manhattan beatiful people. Simplemente nos quieren así, como estamos, trabajando en los puestos que otra gente no acepta. ¡Pero que ni se le ocurra tener otras pretensiones!”.
- ¿Por qué?- le pregunto
- Porque no, no sé, no se puede.
- ¿Y dónde está la gente que vive en la calle?
- En las afueras o en la cárcel, pero ya no en las calles.
Tan solo una visión, la de Dayana. Pero hay tantas Manhattan como se quiera ver. Para ingresar, no más, pueden verse los fuertes contrastes. Desde las miles y miles de casitas prefabricadas que abundan más que los rascacielos, pero que están en el borde y no dentro de la Gran Manzana, hasta la gente que se “disfraza” de neoyorquino una vez que ingresa a esta impresionante vidriera que bien podría ser, como Shangai, París, Sao Paulo o tantas otras megaciudades, una capital mundial.
Unos dos millones de pobres dicen las estadísticas que hay en esta ciudad. Pero la indigencia no se ve: los homeless no deambulan como antes por las principales calles, aunque están. Y los niños no corren buscando comida, aunque los hay hambrientos.
Las cifras oficiales dan cuenta que antes de la crisis de Wall Street “una cuarta parte de los 1.9 millones de niños en Nueva York vivía en esa condición y 40 por ciento de las familias con menores de edad tenía dificultad para comprar alimentos”, según un informe realizado por el Food Bank for New York City, organización que distribuye comida cada año para programas caritativos en la ciudad.
Este “Banco de Alimentos” encuentra que aun hoy, 2010, en los alrededores de la Gran manzana hay “casi 1 millón 300 personas buscando comida a la vuelta de la esquina”. Es que, señala, la opción de vivir aquí está en pagar el alquiler y los impuestos, o darle de comer a la familia, para poder seguir subsistiendo. Un círculo difícil de cerrar.
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Podremos ver la luminosidad de los rascacielos y las maravillas que da una ciudad que, a simple vista, no deja dudas: es maravillosa. Aquí conviven el arte y el “gobierno mundial” de las Naciones Unidas. Aquí se cruzan en una calle personas oriundas de caso 200 nacionalidades diferentes y se saludan o, al menos, no se pelean.
Pero aquí también, la gente habla de cosas que a los argentinos nos parecen lejanas: el seguro de salud, porque si no lo pagan no tienen dónde ser atendidos. Y de la comida, ya que si bien cada diez metros uno puede tropezarse con una despensa de alimentos, es difícil –vaya ironía- encontrar cosas realmente nutritivas y que no afecten a la salud de los niños y los más viejos.

