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Colombia: cuánto vale la vida en un país de sobrevivientes

MDZ estuvo en Colombia. Recorrimos Bogotá, Medellín, Marinilla y Rionegro. Un reportaje que necesariamente debe referir a la vida y la muerte. Colombia, donde inventaron formas de matar, inventar ahora las nuevas maneras de convivencia. Un país paradojal y una esperanza que se construye desde abajo.
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“Hoy el miedo ha empezado a escapar…”

 

(Fragmento de la canción “Ahimsa”, interpretada por los jóvenes de Medellín que son parte del programa “Un arma menos son muchas vidas más”).

 

La lluvia cae

porque el sol está enfermo

quiere lavar la sangre

que el horror

nos ha puesto a presenciar.

 

Más la mujer en su afán de llegar

al refugio sin pan

rasga sus pies

con las rocas del camino.

 

Mientras los hombres

han quedado atrás

ya no preñan

ni por razón

son colchón de las balas

del terror

aquí no másaAllí no más

abre los ojos.

 

Los niños juegan al amor

en medio de esta guerra

y se les oye preguntar

y duele el escuchar

¿cuándo volvemos a casa?

¿cuándo volvemos má?

¿cuándo volvemos a casa?

¿cuándo volvemos má?

 

………

 

(Cuándo volvemos a casa (1997), tema musical de John Harold Dávila con Alejandro Gutiérrez).

 

 

 

La gente va y viene por las calles de Bogotá. Lo hace como en cualquier otra metrópoli. Algunos lo hacen con alegría y otros circunspectos, como en cualquier otra ciudad. El paisaje lo complementan hombres camuflados para la guerra con sombrero y sin él, con perros y –todos- armados hasta los dientes. Indiferentes, los unos saben que los otros están, pero no se miran, no se hablan, no se interrumpen. La sensación reinante es que sobran uniformes, de saturación, pero, sin dudas, la idea es acompañada por una ocurrencia loca: no faltó creatividad a la hora de diseñarlos, ya que los hay de todas las formas y colores y, dentro de ellos, hombres jóvenes, muy jóvenes que miran frío, que charlan con otros hombres muy jóvenes con uniforme.

 

Desde un escaparate que se cae por el peso de las publicaciones que exhibe, John Leguizamo, el actor bogotano que triunfó en Hollywood, sentencia desde la portada de la revista Cromos: “La historia del país donde uno nace es el 90 por ciento de la identidad”.

 

Marcados por una eterna guerra contra sí mismos, aunque nadie que se precie de colombiano lo acepte, todos y todas caminan por las calles portando dos intimidades y un deseo. 1) Un gran dolor por alguna pérdida violenta en su familia, ahora o hace 100 años; 2) su secreta opinión sobre los personeros de la muerte y, como anhelo, “que todo cambie”.

 

Como si se tratase de una cuestión que se recibe por herencia en una carrera de postas entre las diferentes generaciones, cargan desde los inicios de la historia nacional con dos secretos y una ambición.

 

Será por eso, nos preguntamos, que ante tanto horror, supieron decir basta cuando uno más quiso sumárseles: el de la exclusión y la pobreza que empujaba a muchos a la delincuencia urbana. Admirados por todos, en una isla de paz construida sobre los castillos de naipes de las disputas del conflicto armado que llena de sangre la crónica diaria del país, Bogotá y Medellín –aunque también otras ciudades- han sabido demostrar que van un paso delante de lo que aquí lamentamos como “la inseguridad”.

 

Hartos del imperio del fuego, conocedores de los efectos de echarle más armas a la historia, fue un alcalde (intendente) de apariencia extraña (su barba, sus ojos, su ímpetu, su origen académico, sus ocurrencias dislocadas) y de ideas sofisticadas como Antanas Mockus quien le puso desarrollo humano a la capital colombiana y con eso –y el apoyo de muchos sectores y su porfía por cambiar los indicadores y educar en ejercicio de la ciudadanía a los bogotanos- quien logró mostrar que se podía salir del pozo.

 

La “ciudad de la eterna primavera”, Medellín, en tanto, siguiendo sus pasos, se transformó en lo que puede llamarse como “la capital de la resiliencia”, entendida ésta como la capacidad que tenemos los seres humanos (y que no siempre aprovechamos) por salir adelante una y otra vez a pesar de las adversidades.

 

Medellín y Bogotá, ambas, lideran una bocanada de oxígeno en materia de violencia. Y han logrado sumar a sus “sobrevivientes” en la menuda tarea de que las próximas generaciones ya no reciban aquella herencia que los marca y condiciona, que los señala como herederos del dolor, sino como sus sucesores.

 

 

Desde hace unos días, unas 20 ciudades están recibiendo unos panfletos que anuncian la puesta en funcionamiento de grupos de “limpieza social”. “Ahora sí que no”, nos cuenta Jotajota, un intelectual “paisa” que vive en Medellín y que nos pasa a buscar por el aeropuerto, en la cercana Ríonegro.

 

¿Cómo es esto de los “Aguilas Negras”?, le preguntamos, repitiendo el nombre de uno de los grupos que amenazan con matar a los que determina como indeseables. “No lo permitiremos”, arremete, sin contestar a la pregunta, decidido, enojado. Caliente. ¿Pero de qué se trata?, insistimos. “Los grupos vinculados al narcotráfico no aceptan de ninguna manera el desplazamiento que le hemos asestado. Una fuerte alianza democrática les quitó lugar a las mafias en Medellín. Y ellos están buscando otras alianzas. Lamentablemente, muchos políticos lo asumen así de sueltos. Quieren llegar al poder de cualquier manera. Y desestabilizan. No se dan cuenta que estas mismas mafias después se desharán de ellos. Una mierda. Pero no pasarán”, extiende su respuesta y cierra el comentario con la confianza que tienen sólo los convencidos.

 

Los panfletos son amenazantes y han sido repartidos por toda la ciudad y por todo el país en una tarea de distribución perfectamente organizada. La reacción ha sido inmediata.

 

 

Estamos camino a Marinilla, un pueblo del Oriente de Antioquia que es un verdadero “laboratorio de paz”. Allí se ensayan experiencias que buscan construir una nueva forma de vida fuera de las armas y lo están logrando. Es el imperio de las paradojas. Donde se inventaron mil formas de matar ahora se inventan mil formas de vivir. Allí donde la sangre corrió al punto de que los habitantes son menos que antes, sesgados por los conflictos armados, ahora se generan las soluciones duraderas.

 

Paramos a comprar algún refresco. (Se hace difícil elegir en un país repleto de frutas sabrosas y exóticas. ¿Lulo, mango, guayaba, tomate de árbol, piña, papaya, guanábana, fresas, moras, maracuyá o curuba?) Estamos en medio de un camino sinuoso, que tan sólo hace unos meses estaba vedado al público: allí frenaban a los autos, bajan a sus pasajeros y les prendían fuego. Terror. “Aquí todos usan uniformes –nos dice Sergio, conductor del vehículo que nos traslada- pero no sabemos al final quien es bueno y quién, malo. Ni siquiera sabemos si en realidad es bueno o malo que tengan calzado un uniforme”, suelta, junto con una risa. Pero inmediatamente después pierde la vista en el horizonte y sella la frase estrujando el seño y liberando un tremendo silencio.

 

Las calles huelen a chocolate allí, cerca de la finca del presidente Uribe. Es imposible reconciliar los sentidos: la dulzura del chocolate impregnando el aire; la aspereza de la vida nutrida a muertes de tantos seres queridos; la incertidumbre del presente marcado por la porfía del conflicto; el pánico al resurgir de las violencias delictivas más comunes, que se creían erradicadas. Todo, en un mismo sitio.

 

“¿¡Qué hay, qué más!?”, dice Virginia, en el saludo típico colombiano equivalente a nuestro “qué tal”, dirigiéndose a Sergio, al encontrarse en el quiosco y reconocerse. “Pues, nada. Hablando de los mierdas estos de los Aguilas Negras”, completa el saludo. “Han llegado al pueblo diciendo –anuncia Virginia- que los muchachos que no se acuesten temprano, ellos los acostarán…para siempre”. Silencios.

 

 

La ruta se muestra abierta y dinámica. Las motos circulan en fila, como programadas. Los puestos militares se suceden, automáticamente instalados y sin causar la impresión de nadie.

 

Desde que se apeló a expulsar la violencia del narcotráfico, nadie puede viajar de a dos en una moto. “El de atrás era el que disparaba”, explica Sergio. Por eso prohibieron los “parrilleros”, lo que viajaban en la parrilla de la moto.

 

“Allí, allí…”, señala Matías, el joven dirigente social que nos sirve de guía. Participa de uno de los grupos que conforman las “comisiones constituyentes”, núcleos que buscan –según nos cuenta uno de sus impulsores, Luis Emil Sanabria Durán- “construir poder popular, lentamente, tranquilamente, buscando pasar de esta democracia a una enteramente participativa”. “Allí, por allí se entra a mi pueblo, Granada -interrumpe, entusiasmado, Matías-. Vivían unas 20 mil personas. Ahora hay como 14 mil. En esta zona los pueblos tienen la mitad de sus habitantes”, nos cuenta y se le enfrían los ojos. En tanto, el vendedor no duda en meter la cuchara. Se han reconocido cómplices de una misma causa y dice, pronunciando la más gentil de las versiones del castellano: “Si señor, aquí hay pueblos que han sido tomados y dejados tres veces por la guerra. Si señor”.

 

Luis Emil es un ex guerrillero que se desmovilizó en 1991. Se mueve con pasión por el país. Su arma ahora es la paz. Por eso moviliza desde la organización que dirige, Redepaz, cientos de miles de personas en una red de más de 200 organizaciones. “Esta es la única lucha que da satisfacciones”, nos dice.

 

Todos se sienten sobrevivientes, en definitiva. Y tal esta sea la razón de tanto empeño por salir adelante.

 

 

Bogotá luce esplendorosa. La lluvia ha limpiado el aire y se devisa perfectamente la cima del cerro Monserrate, que preside la ciudad.

 

Vamos por una de sus autopistas. El vehículo es blindado. Nos acompañan dos hombres fuertemente armaos. “¿Y estos monos?”, pregunto, en argentino, en voz baja, con muchas ganas de no despertar represalias. “Son celadores”, responde Lucho. Pero no lo aquí conocemos como tales: no limpian ninguna escuela. Cuidan vidas. Son policías secretos. Tienen licencia para proteger, a como de lugar, nuestras vidas. O sea. “¿Es necesario?”, indago, inquieto. “Es obligatorio”. Silencio. Motor en marcha. Rumbo a la reunión secreta con las madres de las víctimas.

 

 

Yonalber Stiven Villegas tomaba cerveza en a 200 metros de la Iglesia de la Asunción, en Marinilla, cuando un par de balazos congelaron su vida contra el muro de la Casa de la Cultura, en la entrada del Museo de los Cristos.

 

Detrás de esos muros, 2.700 imágenes de Cristo no pudieron hacer nada para salvarlo de lo que ya en el pueblo lamenta como “una gran desgracia”.

 

Es la tarde de la tarde del día en cuya madrugada Yonalber Stiven murió y ya lo están velando en la parroquia, a 200 metros, cruzando la plaza en cejo. El bar en donde compró su última cerveza está abierto. La cámara que vigila la esquina sigue apagada, sin haber visto ni ver aun ahora todo lo que debería haber vigilado, absurda inversión presupuestaria.

 

Los amigos, sus jóvenes padres y demás parientes lloran mientras el cura dice que el muchacho se encontrará con Dios en minutos, tratando de echarle un bálsamo a tanta herida abierta. Pero es difícil. El asesino (¿causalidad?, ¿cobro de viejas cuestiones?, ¿fatalidad?, se discuten como alternativas en los alrededores de la plaza) ya está en Medellín. Es menor de edad. Es tan víctima (él y su familia) como quien murió (y sus padres, hermanos y amigos que lo lloran).

 

Alguien masculla venganza, pero alguien más lo escucha y multiplica, en el atrio de la iglesia, sin respetar momento ni jerarquías. Junto al cartel que anuncia la nueva muerte, el aroma a venganza se reproduce segundo tras segundo.

 

Se llevan el cuerpo de quien había sido marcado para ser llamado Yonalber Stiven y una multitud lo acompaña. Han cortado las calles que rodean a la plaza y nadie teme en dejar la cerveza a medio terminar en cualquiera de los diez bares para dirigirse a la iglesia, con el sombrero en la mano. Un grupo de “paisas” que han bajado desde el monte se baja de sus caballos y acompañan silenciosos con la mirada. Las “chivas” y buses detienen su marcha y la gente baja a decir adiós.

 

A nadie les resulta indiferente la muerte.

 

“Que no nos acostumbremos, que no se nos haga normal”, reclama y promete Clemenciana desde la orilla, persignándose, hablándole al extranjero que ausculta el momento y se atreve a dejar el momento impreso en una foto.

 

 

Estamos en la sede de una congregación cristiana. No es factible detectar a ciencia cierta si son o no católicos. No hay, de todas formas, muchas indicaciones. Ni importa, a los fines del encuentro. Estamos en el centro de Bogotá, perdidos en la selva urbana. De incógnitos en el medio de millones de personas que van y vienen.

 

Adentro nos espera Magdalena. Sale, saluda. Está contenta, digamos. Es una de las “Madres por la Vida”, la agrupación –corporación le llaman en Colombia- que surgió de las primeras “Madres de la Candelaria” e hijas, como ellas se dicen, de las otras madres, las nuestras, las de Plaza de Mayo.

 

“¿¡Qué hay, qué más, Magdalena?!”, requiere antes de los dos besos Juan Pedro, nuestro nexo. “¿Estás al tanto?”, responde ella, llena de aliento, y responde sin esperar que transcurra un solo minuto más: “La fiscal. ¡La fiscal consiguió excavar en lo que sabíamos que eran una fosa común, aquella, ¿te acuerdas?, y ya han encontrado tres cuerpos!”. Ríe. Llora. Han encontrado a los que pueden llegar a ser los restos de su hijo, asesinado por los grupos armados. Y si no resulta ser, será el hijo de otra madre. Por eso está contenta. Por eso ríe y por eso llora y no se despega de Juan Pedro.

 

Vienen otras madres al encuentro. Miran con desconfianza al extraño que, además, habla en “argentino” aunque no en porteño, según detectan en el acto. “Es un amigo”, habilita Juan Pedro. Inmediatamente después, dando por sobreentendidos los saludos y evitando los prólogos, cada una cuenta sus cuitas. Una sorpresa: son actuales y no de hace 30 años. “Dije que venía a ver un pariente; si se enteran en Nariño (en el límite de Colombia con Ecuador) me matan”. Y no es un recurso lingüístico: “no menciones su nombre; la matan”, me advierte por lo bajo el guía.

 

María –convengamos en llamarla así- se expresa, en confianza. “Me han amenazado. Dicen que si seguimos reuniéndonos, nos borran. Pero yo no voy a parar hasta que encontremos a mis dos hijos (silencio; todas la miran atentamente; entra al salón Juana, con su bandeja de comida y la nueva presencia, altera por instantes la reunión, hasta que se producen las aclaraciones) yo…(se quiebra y llora; se traga la saliva, se limpia la nariz y nadie se atreve a interrumpirla. Empieza nuevamente ya sin lágrimas) yo quiero que sigamos reuniéndonos. Que nadie nos pare. Quiero y queremos todas terminar con esta pesadilla”.

 

Marcela, más joven, mira, desde la punta de la mesa. Está apoyando su rostro en las palmas de sus manos. “Que terminen las violaciones. Que no nos metan el cuento de la limpieza social ahora…”, amenaza con extender su plegaria humana y terrenal. Pero es interrumpida por Juana: “Nadie va a borrar de mi cabeza el día en que nos tomaron a todos, violaron a las mujeres y a mi hijo (pausa y nudo en la garganta) le cortaron la cabeza para jugar fútbol”.

 

El que se quiebra ahora soy yo.

 

Tanta dosis de verdad resulta insoportable. Debo salir a tomar aire.

 

Eran 20 madres allí. Ayer se juntaron 500 en Medellín. Ya son 6 mil repartidas por todo el país y organizadas como “Madres por la vida”.

 

 

José Ignacio Castaño Giraldo es el Asesor de Paz de la gobernación de Antioquia. Es un hombre menudo y concreto, que tiene a su cargo una tarea de grandes dimensiones: extraer gente de la guerra para sumarla a la vida en paz.

 

“No podemos entregarle nuestros conflictos a los grupos armados para que ellos nos los resuelvan”, dice, tratando de convencer una vez más a quien quiera oírlo, de que la guerra no es la salida sino la puerta de acceso a la pobreza, la marginalidad, el hambre y la muerte, las mismas cosas contra las que los grupos armados, guerrilleros o paramilitares, dicen luchar y para lo que siguen intentando reclutar jóvenes descontentos.

 

Castaño es claro y cuenta el caso de un pueblo en donde una mujer estaba enojada con su ex marido porque no le pasaba la “cuota alimentaria”. El pueblo estaba bajo dominio “irregular”, vale decir, de alguna fuerza terrorista. “La mujer fue al jefe y le dijo esto, pidiéndole que ´asusten´ a su ex marido. Bueno, pues ya no tiene ex marido, ni cuota alimentaria, ni comida, ni vida. Cuando le entregamos nuestros conflictos cotidianos –insiste- a los grupos armados, todo termina así. Es la historia de Colombia”.

 

 

Un joven con boina y anteojos espera que le den una mano para entrar al edificio emplazado exactamente frente a la Plaza de Bolívar. Andrés Ortiz  es actor. Está en silla de ruedas. Antes de moverse de esta manera no era actor: “Yo estaba metido en problemas de mi barrio”, contó, introduciendo el tema de la otra violencia armada, la que sin ser guerra lo parece, la que se da en las ciudades.

 

(Colombia tiene hoy 33 muertes cada 100 mil habitantes. Es el segundo país del mundo más violento, después de Jamaica. Muchos dicen que Venezuela podría estar allí si sus estadísticas fueran confiables. “Desde hace 28 años, el índice de muertes violentas en este país no baja de 30 cada 100 mil”, nos dice Jorge Restrepo, presidente de la organización CERAC, experta en llevar a los números y al impacto económico los datos de la violencia).

 

Andrés Ortiz está sentado en el estrado, de frente al pleno del Congreso de Colombia, dispuesto a dar su testimonio, pero le cuesta expresarse. “Pensar que soy actor, ¿no?”, bromea. Y dice –en palabras que son difundidas por todo el país por un canal de televisión y como sintetizando la historia de su vida-: “A los 15 años manipulaba armas de fuego. Ví morir a muchos amigos. El 26 de diciembre del año 2000, por conflictos que había entre los jóvenes de mi barrio, me dispararon. Quedé parapléjico. Fue tarde, pero decidí que mi camino no iba a terminar en un cementerio. Me desarmé y hoy sé que ese no es el camino. Soy actor, aunque me cueste hablar ante este público. Yo lo único que les digo es que quien tiene un arma, termina utilizándola en algún momento”.

 

(Ahora es un joven diputado, David Luna, quien escucha a Andrés y dice: “hay que implementar planes que les saquen las armas de las manos a la gente; ya con eso, se reduce lo que yo llamo como ´el clima de criminalidad´”).

 

 

Juan José Cañas, historiador, se da la vuelta, mira de fijo y lanza, con ganas, que “acá ya estamos cansaos y mamaos de la guerra”. Está a cargo de las tareas de impulso a la paz en los barrios de Medellín, una ciudad ejemplar en la materia. Lo observa un grupo de jóvenes que han formado una red de voluntarios. Es Fausto, veinteañero, quien lamenta que “son muchos los jóvenes que están en la guerra y no saben por qué” y, también, quien le pone el broche al encuentro: “Lo que pasa en Colombia es que muy poquitos son los que ganan la plata y muchos los que ponemos la sangre”.

 

Los “pelaos” –los jóvenes, los pibes, la muchachada- es la apuesta de Colombia por sobrevivir. Y hay indicios de que esta vez pueden lograrlo.

 

El futuro, la salida. Jóvenes con el apoyo de Redepaz y de la Alcaldía de Medellín, cantan un rap en contra de la violencia.