Mi vida con ansiedad, en primera persona
Era febrero del año pasado, casi exactamente hace un año atrás. Sabía ya hacía un tiempo que algo no estaba bien, pero nunca se me ocurrió que fuese a terminar así. Un día, aparentemente de la nada -aunque después me iba a dar cuenta que era todo lo contrario, las razones sobraban- exploté: empecé a llorar, casi desesperadamente. Me costaba respirar, sentía un miedo y una angustia que nunca, pero nunca había experimentado, aunque no había una causa puntual que los generara.
Nunca he tenido un ataque de pánico, pero supongo que debe ser algo similar.
Cosas básicas y esenciales como comer, bañarme y levantarme del sillón parecían una hazaña inalcanzable, consumían cada mínima gota de la poca energía que tenía. Esta situación duró unas dos, tres semanas (no recuerdo exactamente porque fue todo tan caótico e inverosímil que los hechos se me mezclan). Después, con la ayuda del tratamiento, pude de a poco volver a mi vida (casi) normal.

Pero vayamos un poco más atrás: para los que no me conocen, tengo 23 años y estoy por recibirme de Licenciada en Comunicación Social. Tengo amigos a los que amo y que sé que me aman, una familia que ni en los mejores sueños podría haber pedido, tuve mi primer trabajo a los 19 y desde ahí no paré, lo que de ningún modo afectó mi paralelo desempeño académico, y desde hace dos años participo activamente en una ONG. Y también, desde hace un año, tengo oficialmente un desorden de ansiedad.
Mi idea no es refregarles mi currículum en la cara: simplemente quiero que entiendan que hasta las personas más aparentemente normales y funcionales pueden sufrir de ansiedad, y que detectarlo no es tan fácil.
Probablemente lo más difícil de vivir con un desorden de ansiedad es lograr que los demás entiendan. Y no sólo que lo entiendan, sino que aún así, quieran estar en tu vida. La ansiedad es una criatura curiosa: a veces no tiene un disparador puntual. En mi caso, no hay ninguna situación que pueda identificar que la genere. De hecho, las típicas situaciones ansiógenas -como mesas de exámenes o cuestiones laborales- no me suelen afectar. Son pequeños detalles -un mensaje sin contestar, un desacuerdo mínimo, un mal trato- los que, al menos a mí, me afectan. O a veces ni siquiera eso: a veces directamente me despierto con el corazón desbocado y sé que va a ser un mal día, sólo porque sí.
Y son esos malos días los que ponen a prueba a todos: al que los sufre, y a los que rodean al que los sufre. Levantarme de la cama requiere de un esfuerzo y una voluntad absoluta. Mi apetito es inexistente, mi energía es nula, y lo máximo que puedo concebir hacer durante el día es mirar televisión o series, porque son lo único que logra “apagar” mi mente y así poder pasar el día. He tenido que cancelar compromisos laborales y días de estudio. He faltado a juntadas sociales y familiares, y probablemente he decepcionado a mucha gente en el proceso. No es por egoísta, en lo más mínimo. Al contrario: no hay otra cosa que quisiera más que poder cumplir con todo lo que tengo y quiero hacer. Pero a veces mi cerebro tiene otros planes, y aceptar eso también es parte del juego. Imagen vía Gemma Correll
En mi caso, la combinación ganadora fue medicación + terapia.
Asumirlo no es fácil: por muy mente abierta que me considere, aún al día de hoy me parece muy fuerte hablar de psiquiatras, psicólogos y ansiolíticos.
A veces hasta siento culpa: ¿cómo puede ser que con la vida hermosa y llena de oportunidades que tengo no pueda salir y aprovechar cada día al máximo? ¿Por qué no puedo ser normal de una vez y disfrutar de todo lo que tengo? ¿Por qué a veces las acciones más mínimas me paralizan y me tiran abajo? Esta espiral de culpa (de autoculpa, para ser más precisa) puede ser interminable, y es una de las cosas contra las que más lucho todos los días. Pero lo bueno es que tengo herramientas y capacidad para llevar adelante esa lucha.
Sumado a la psicóloga y los medicamentos, encontré que hacer yoga -o cualquier actividad física que disfrutes- ayuda, y mucho. Leer, escribir, ver alguna serie de televisión cómica también me han servido para superar un mal momento. Explicar lo que me pasa y abrirme con mis seres cercanos probablemente fue lo más difícil pero lo mejor que me tocó hacer: en lugar del rechazo o falta de comprensión con que esperaba enfrentarme, encontré personas hermosas, dispuestas a escucharme, a darme un hombro sobre el que llorar (sin motivo aparente, obvio) y hasta venir a ver tele conmigo (en pijama y con el pelo sucio), sin juzgarme o hacerme sentir culpable o responsable.
Con algunos fue más difícil lograr que entendieran que esto no era voluntario, que no era un capricho o algo de lo que se puede salir simplemente con pura voluntad.
Pero cuando lo entendieron -o cuando lo aceptaron, al menos- el apoyo fue incondicional. Pero reitero: si no lo explicás, es difícil que te entiendan. Porque la ansiedad no es exactamente lógica o intuitiva, y si uno mismo a veces lucha para comprender lo que le pasa, no puede esperar que los demás lo adivinen. Imagen vía Gemma Correll
En fin, podría escribir un libro entero sobre cómo es la vida con problemas de ansiedad, pero creo que con estas pocas líneas logré cubrir al menos lo básico. No es fácil, no es lindo, pero es manejable y superable. Van a haber días difíciles, muy difíciles, y va a haber gente que no te va a poder acompañar, y está bien. También van a haber días fantásticos y perfectos en los que la palabra ansiedad ni siquiera va a cruzar tu mente. Son subidas y bajadas, pero si estás dispuesto a buscar ayuda, con suerte te van a llevar al final del camino.



