#PrayForParis: detrás del enojo siempre hay miedo
La primera emoción que me generó París fue tristeza; desde mi punto de vista la destrucción jamás está justificada. Cuando vemos que alguien atraviesa un limite, que todos suponemos intocable, y desde algún lugar entiende que puede poner fin a la vida de otros, vemos violencia. La violencia nos da miedo, nos hace sentir vulnerables, la confianza se torna imposible, nos encerramos cada quien en sí mismo, subimos barreras y defensas; huimos o nos paralizamos. En definitiva nos vamos desconectando; lo que esta ahí afuera se torna "altamente peligroso" para nuestra subsistencia y nuestro instinto nos impulsa a vivir, vamos a hacer todo lo posible para lograr eso.
Sentimos inseguridad y empezamos buscar explicaciones o justificaciones para construir un pilar en el cual apoyarnos; entonces argumentamos, generamos posturas, empezamos a diseñar etiquetas de opuestos "buenos / malos", "víctimas / victimarios", "ganadores /perdedores", "ataque/ defensa"; se generan los bandos y las discusiones acerca de cómo encasillamos, quienes van con qué etiqueta.
Aparece el enojo, y detrás del enojo siempre hay miedo. Así construimos el "Nosotros vs. los otros" y fortalecemos la atomización, la segmentación y la exclusión.
Luego el ataque hacía "el otro" resulta justificado para defendernos y protegernos. Respondemos a la violencia con más violencia, y lejos de resolverla la aumentamos. Y su impulso siempre es destructivo.
Llevamos siglos envueltos en este paradigma competitivo, que nos sumerge en el juego de las polaridades y utilizamos el poder en un marco binario: sometemos o somos sometidos.
Personalmente me moviliza mucho vernos cómo, y seguramente mas allá de nuestras intenciones, nos dañamos en pos de conseguir objetivos, para protegernos y subsistir. Me pasa cuando veo que en el mundo hay hambre, exclusión, guerras, atentados. Cuando veo la política contaminada con corrupción y totalmente disociada de su principal objetivo: "el bien común". Cuando veo que destruimos la riqueza de la naturaleza en nombre de otras riquezas. Cuando dañamos las instituciones. Cuando en las relaciones aparecen: el miedo al amor, la confrontación, las deslealtades, mentiras y especulaciones. También con nosotros mismos, cuando no cuidamos nuestro cuerpo, cuando desoímos a nuestro espíritu y así andamos a cuestas con nuestras propias incoherencias.
Es una faceta que, desde nuestro interior, nos atraviesa y pasa por nuestras relaciones cercanas, lejanas y llega a lo colectivo. Es decir, podemos verlo en todos los vínculos humanos y a toda escala. Como dicen por ahí, "como es en lo chiquito es en lo grande".
Sin embargo, es solo una faceta de lo posible. La realidad nos presenta miles de potenciales y nosotros somos quienes elegimos cual de todos ellos vamos a crear.
Para que nuestra elección sea consciente tenemos que poder ver cuáles son las opciones que existen. Y para eso tenemos que cuestionarnos un poco y dejar de funcionar en piloto automático ¿Cómo? Cambiando el paradigma, adoptando otras creencias, desarrollando otras perspectivas.
Hemos construido, a lo largo de la historia, una cultura inmensamente rica y diversa; que nos brinda la oportunidad de conocer otras miradas, observar otros espejos y experimentar otros reflejos. Ahí encontramos otras facetas posibles para construir.
La diversidad me parece una palabra clave.
Me gusta la metáfora que refiere que las personas somos como las gotas del mar, todas diferentes, ninguna igual a la otra; sin embargo partes del mismo océano considerado como un todo; y es un todo que no puede ser tal como es, si falta alguna de esa gota que, en su particularidad, participa en su conformación.
Ser diferentes es algo que nos viene costando. Pareciera que hemos puesto en la homogeneización, en ser todos iguales, una suerte de garantía: si el otro es igual que yo me siento más seguro, pues puedo prever lo que piensa, siente, hace y va a hacer porque es "igual" a mi. Desde esta perspectiva es lógico pensar que "lo diferente" implica una amenaza que intentaremos que desaparezca. En ese caso, las opciones se reducen a dos: transformamos lo diferente en igual o lo excluimos y lo reducimos a nada.
Tolerancia es otra palabra clave.
El desafío va más allá. La tolerancia encierra en si misma, como concepto, un juicio de valor hacia lo que tengo que tolerar; digo: "aunque entiendo que eso no es lo correcto, lo verdadero, lo mejor; debo permitir que exista". Creo que le falta una vuelta de rosca más, debemos comprender la riqueza que tiene para mi propia vida la diversidad.
Lo otro, lo diferente, es el mejor espejo en el que me puedo mirar. Reconocerme como diferente me permite ver el reflejo de quien soy, encontrar mi límite; puedo tomar mayor dimensión de mí mismo y reafirmare. Y también la diferencia me sigue aportando cuando me lleva a cuestionar, cambiar y modificarme. ¿Te imaginas cómo sería posible el desarrollo y la evolución si no surge ese elemento que marca la diferencia? ¿Cómo podríamos hacerlo?
Más que tolerar, se trata de respetar la diversidad como un elemento esencial a la vida.
José Samargo, dice "He aprendido a no intentar convencer a nadie, el trabajo de convencer es una falta de respeto, es un intento de colonización del otro".
¡De esto se trata! Grandes hombres y mujeres, pertenecientes a diferentes credos y religiones, nos han enseñado al respecto. Mandela, Ghandi, Luther King, la madre Teresa de Calcuta; por mencionar algunos, nos mostraron otro camino que podemos tomar para sostener la libertad.
El camino que nos enseñan es el amor; nos demostraron que el amor y la vedad son herramientas nobles y potentes.
Defensores a ultranza del principio de la no violencia. La Ahimsa, principio común a todas las religiones, significa no violencia hacia la vida. Implica una abstinencia absoluta de causar cualquier dolor físico o emocional a cualquier ser vivo, bien sea por pensamiento, palabra u obra.
La no violencia, decía Gandhi, requiere una mente, una boca, y unas manos pacíficas.
Pienso que, cuando logramos atravesar diferencias y nos encontramos con algo más puro, llegamos a un punto donde podemos conectarnos con esa semejanza que nos une y así reconocernos como parte de un todo, que es tan inmensamente rico, que tiene la capacidad de reflejarse en la superficie a través de lo diverso.
Para experimentar la paz hay que generar las condiciones necesarias para darle lugar. Tenemos que insistir en construir desde el amor, la compasión, el respeto, la coherencia, la integración, la libertad y fundamentalmente asumir una conciencia de cuidado hacía uno mismo y los demás (cercanos y lejanos) respetando la naturaleza, que es básicamente la matriz que contiene y posibilita la vida.
París resultó un escenario que reflejó las tensiones que nos atraviesan interna y colectivamente: el miedo, la desesperación, la tristeza, la confrontación, la destrucción, así como también el amor, la solidaridad, la empatía, la esperanza, la compasión.
¿Y qué podemos hacer ademas de movilizarnos y conmovernos?, creo que la mejor manera de honrar este hecho es recordando que cada uno de nosotros somos esa gota que conforma el mar y que lo único que podemos controlar son nuestras propias elecciones, quién soy y en quién pretendo convertirme; así podemos decidir convertirnos en la mejor gota que podamos ser y procurar brindarnos y brindarles a los demás, nuestra mejor versión.
Entonces " Sé el cambio que quieres ver en el mundo" (By Mahatma Gandhi).