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Entrevistas MDZ

Mariano Rinaldi: la historia detrás del periodista que aprendió a reconstruirse tras perder al amor de su vida

El periodista habla por primera vez en profundidad sobre la muerte de su esposa Andrea, el desafío de criar solo a su hija Nina y cómo el periodismo se convirtió en una herramienta para reconstruir su vida.


Hay entrevistas que hablan de una profesión y otras que hablan de la vida. La historia de Mariano Rinaldi atraviesa ambos mundos. Reconocido por su extensa trayectoria como cronista de radio y televisión, acostumbrado a narrar tragedias ajenas, hace casi dos años tuvo que enfrentar la más dolorosa de todas: la muerte inesperada de Andrea, su compañera de toda la vida.

En Entrevistas MDZ, Rinaldi recuerda el momento en que todo cambió, cuenta cómo su hija Nina se convirtió en el motivo para seguir adelante y reflexiona sobre el duelo, la viudez temprana y el papel que jugaron el periodismo, las redes sociales y el afecto de quienes lo rodean para comenzar una reconstrucción que, según admite, todavía continúa.

Entrevista completa a Mariano Rinaldi

-¿Cómo se sigue viviendo después de perder al amor de tu vida?

-La primera reacción es querer desaparecer. Cuando perdés a una persona que fue todo para vos, no solamente tu pareja sino también tu amiga, tu compañera de proyectos, la mamá de tu hija, sentís que el mundo se terminó. Yo hubiera querido hacer exactamente eso: poner la cabeza debajo de la almohada y no salir nunca más. Llorar, encerrarme y dejar que el tiempo pasara. Pero no podía hacerlo. Dios nos había bendecido con Nina, que en ese momento tenía siete años, y ella necesitaba un papá que estuviera de pie. Nunca voy a olvidar el instante en que me dieron la noticia. Me senté en el piso del sanatorio porque sentí que el cielo se me venía abajo. Sin embargo, lo primero que pensé no fue en mí. Lo primero que pensé fue: "¿Cómo se lo digo a Nina?". Esa pregunta me acompañó desde el primer minuto. Obviamente estaba destruido. Empezó un proceso de terapia para los dos: yo con mi duelo y ella con acompañamiento psicológico. Mucha gente me decía que también tenía que seguir adelante por mí. Y seguramente tenían razón. Pero en ese momento mi única fuerza salía de mi hija. Ella fue la razón por la que cada mañana encontraba una excusa para levantarme de la cama.

"Lo primero que pensé fue: ¿cómo se lo digo a Nina?"

-La muerte de Andrea fue absolutamente inesperada. ¿Cómo viviste ese golpe?

-Fue un impacto imposible de procesar porque no había ninguna señal. Andrea era una persona sana, entrenaba, se cuidaba muchísimo. Los dos habíamos esperado muchos años para ser padres. Nos había costado muchísimo tener a Nina; hicimos tratamientos y recién pudimos cumplir ese sueño cuando ambos teníamos 46 años. Justamente por eso ella era muy insistente con los controles médicos. Siempre decía que, como éramos padres grandes, teníamos que cuidarnos más que el resto. Hacíamos chequeos, llevábamos una vida saludable y nunca imaginamos que podía pasar algo así. Recuerdo perfectamente que un fin de semana fuimos a comer con amigos. Reímos, compartimos una noche como tantas otras. A la semana siguiente la estábamos velando. Un virus le provocó una miocarditis y en apenas tres días se la llevó. Cuando pasan cosas así entendés que la vida puede cambiar de un momento a otro. No importa cuánto planifiques ni cuánto te cuides. Hay situaciones que simplemente suceden y te dejan sin respuestas. Lo único que podés hacer es aprender, muy lentamente, a convivir con esa ausencia.

"Contar nuestra historia de amor es una forma de sanar"

-Elegiste atravesar el duelo de una manera muy pública. Compartiste recuerdos, fotos y mensajes en tus redes sociales. ¿Por qué tomaste esa decisión?

-Creo que tiene que ver con mi forma de ser y también con mi profesión. Toda la vida trabajé comunicando y, frente a una situación tan extrema, comunicar también fue una necesidad personal. Lo primero que hice fue publicar un pedido de oraciones por Andrea mientras todavía peleaba por su vida. Después, cuando ya no estuvo, sentí que necesitaba seguir escribiendo. Mucha gente me preguntaba si no era demasiado exponer el dolor, pero para mí fue exactamente lo contrario: era una forma de no guardarme todo adentro. Empecé a recordar nuestra historia de amor, a contar anécdotas, a compartir fotos y momentos felices. Cada publicación era una manera de reconstruir algo que sentía completamente roto. Hay quienes escriben un diario íntimo; yo escribía en mis redes. Además había algo que me repetía constantemente. Andrea era una persona extraordinariamente luminosa. Siempre estaba sonriendo, siempre tenía una palabra para ayudar a los demás. Las amigas la buscaban porque transmitía paz. Entonces pensé: no puede ser que una persona que hizo tanto bien mientras vivía termine destruyéndome con su ausencia. Ese pensamiento me ayudó a empezar un camino de reconstrucción. No significa dejar de extrañarla. Significa intentar que el recuerdo vuelva a parecerse a lo que realmente fue: una historia de amor.

Un virus, una miocarditis que en 3 dias se la llevo a Andrea

-¿Qué aprendiste sobre el duelo después de atravesar una experiencia tan dura?

-Aprendí que no existe una forma correcta de vivirlo. Al principio uno se pregunta por qué le pasó. Yo también me pregunté: "¿Por qué a nosotros?". Pero con el tiempo apareció otra pregunta mucho más incómoda: "¿Y por qué no a mí?". La realidad es que nadie tiene la vida comprada. También descubrí algo de lo que nunca había escuchado hablar: la viudez temprana. Uno imagina que estas cosas les pasan a personas mayores, después de toda una vida compartida. Nunca pensás que podés quedar viudo siendo relativamente joven, con una hija chica y una familia en plena construcción. Es una experiencia que cambia completamente la escala de prioridades. De repente te encontrás preocupado porque olvidaste pagar una factura o porque tenés un problema laboral, y después entendés que nada de eso tiene el peso que creías. El duelo también me enseñó que no hay tragedias más fáciles que otras. Tengo un amigo cuya esposa tiene ELA y atraviesa otro tipo de sufrimiento. Son caminos distintos, pero todos implican dolor. No hay una manera ideal de despedirse de alguien que amás profundamente. Lo único que cambia es la forma en que cada uno aprende, con el tiempo, a seguir viviendo.

"Costo lograr que Nina vuelva a hablar de su mamá"

-¿Cómo fue acompañar el duelo de tu hija mientras vos también atravesabas el tuyo?

-Fue uno de los desafíos más grandes de mi vida. Yo estaba haciendo mi propio duelo, completamente devastado, pero al mismo tiempo tenía que estar atento a cómo lo vivía Nina. Ella es una nena muy fuerte, con un carácter que siempre nos sorprendió a Andrea y a mí. Sin embargo, perder a una mamá a los siete años es algo que ningún chico debería atravesar. Durante varios meses prácticamente no habló de ella. Era como si necesitara guardar todo ese dolor en algún lugar. Yo respeté esos tiempos porque entendía que cada uno procesa las pérdidas de manera diferente. Ella hacía terapia y yo también, porque sentía que necesitábamos herramientas para atravesar algo para lo que nadie está preparado. Recuerdo momentos que fueron muy movilizadores. Un día, mientras miraba por la ventana en una mañana fría, me preguntó: "Papá, ¿en el cielo hace frío?". Otra vez pasamos por una florería y me dijo: "¿Te acordás cómo le gustaban las flores a mami?". Esas pequeñas frases, que para cualquiera pueden parecer simples, para mí fueron enormes. Significaban que estaba pudiendo volver a nombrarla, volver a recordarla sin esconder ese sentimiento. Aprendí que lo peor que puede pasar en un duelo es que las emociones queden atrapadas. Hablar, preguntar, llorar o recordar no empeora el dolor; al contrario, ayuda a ponerle palabras. Mi objetivo siempre fue que Nina sintiera que podía extrañar a su mamá con libertad, sin sentir que debía protegerme a mí o esconder lo que le pasaba.

"El periodismo me ayudó a sacar la cabeza del dolor"

-¿Qué lugar ocupó el periodismo en todo este proceso?

-Fundamental. Siempre digo que cuando uno trabaja en algo que realmente ama, deja de ser simplemente un trabajo. El periodismo fue mi vocación desde muy chico y, en un momento tan oscuro, se convirtió también en una herramienta para sostenerme. Obviamente el dolor no desaparecía cuando salía a trabajar. No existe eso. Pero durante unas horas mi cabeza estaba concentrada en otra cosa. Había una cobertura, una noticia, una entrevista, una responsabilidad. Eso me permitía salir, aunque fuera por un rato, del lugar en el que inevitablemente volvía cada vez que llegaba a casa. Además, el periodismo tiene algo muy particular. Los que elegimos esta profesión sabemos que cuando ocurre una noticia importante queremos estar ahí. No importa si terminó el horario o si ya hiciste doce horas de trabajo. Si pasa algo grande, el periodista siente la necesidad de contarlo. Esa pasión sigue intacta. Creo que también me ayudó porque me recordó que todavía había una parte de mí que seguía viva, que seguía disfrutando de hacer lo que había elegido para toda la vida.

-Después de la muerte de Andrea también cambió por completo tu vida cotidiana. ¿Cómo fue asumir la crianza solo?

-Fue un aprendizaje enorme. Yo siempre admiré a las madres que crían solas, pero creo que recién cuando uno lo vive entiende realmente lo que significa. De un día para otro pasé a ser un padre monoparental. Y eso implica reorganizar absolutamente todo. Antes las vacaciones eran sinónimo de descanso o de proyectos familiares. Hoy, cuando se acerca el receso escolar, lo primero que pienso es cómo voy a hacer para trabajar, quién puede cuidar a Nina, qué familiar me puede dar una mano. Empiezo a hacer un verdadero rompecabezas de horarios. Ahí entendés la cantidad de tareas invisibles que antes compartíamos entre dos. Las reuniones del colegio, los médicos, las actividades, las comidas, los horarios. Todo recae sobre una sola persona. Por eso digo que esta experiencia me hizo valorar todavía más a tantas mujeres que durante años hicieron ese esfuerzo en una sociedad que muchas veces las juzgó en lugar de acompañarlas. Yo tuve la enorme suerte de que en mi trabajo comprendieran mi situación y acomodaran mis horarios para que pudiera trabajar mientras Nina está en la escuela. Ese gesto fue una ayuda inmensa.

Casi provoco una macana por novato

-Después de tantos años como cronista, ¿qué lugar ocupa hoy esa pasión por la calle?

-Sigue siendo la misma. Creo que el movilero tiene algo muy especial. Nunca sabe cómo va a terminar el día. Salís vestido para cubrir una conferencia de prensa y terminás en un operativo policial. O pensás que va a ser una jornada tranquila y de repente ocurre un hecho histórico. Me tocó vivir coberturas inolvidables. El rescate de los 33 mineros en Chile fue una experiencia extraordinaria. También la crisis del 19 y 20 de diciembre de 2001, cuando uno salía a trabajar sin saber a qué hora iba a volver. Son momentos que marcan para siempre a cualquier periodista. Y después están las anécdotas de la calle, esas que mezclan tensión con aprendizaje. Me acuerdo que recién empezaba en la profesión y fui a cubrir el asesinato de un policía. Me acerqué a un efectivo con el micrófono en la mano para preguntarle qué había pasado. Cuando metí la mano dentro del sobretodo para sacar el teléfono, él creyó que iba a sacar un arma. Alcanzó a desenfundar el revólver antes de que pudiera explicarle que solo buscaba el celular. Por suerte quedó en un susto, pero entendí que la experiencia también se construye aprendiendo de esos errores. Otra vez llegué primero a un choque de madrugada. Vi a cuatro personas mirando el auto destruido y pensé que eran testigos. Me acerqué a preguntarles qué había pasado y resultó que eran los ocupantes del vehículo, completamente alcoholizados y todavía ensangrentados. Terminaron persiguiéndome hasta que apareció la Policía. Esas historias muestran lo que tiene esta profesión: nunca sabés con qué te vas a encontrar. Y, aun después de tantos años, esa incertidumbre sigue siendo una de las cosas que más disfruto del periodismo.