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Hotline: policial de terror argentino, estética ochentosa con mirada femenina

El cine argentino de género crece con Hotline, thriller de terror psicológico que reinterpreta el slasher ochentoso desde una mirada femenina.

El terror vuelve al cine argentino con un intrigante policial ochentoso.

El terror vuelve al cine argentino con un intrigante policial ochentoso.

El cine argentino de género sigue ampliando sus fronteras y terror, de Lucas Nicotti, se suma a esa búsqueda con una propuesta que combina terror psicológico, thriller criminal y una marcada sensibilidad ochentosa; la película transforma una simple llamada telefónica en el disparador de una espiral de miedo.

Hay películas que encuentran su identidad en la historia que cuentan y otras en el clima que construyen. Hotline pertenece claramente al segundo grupo. Desde sus primeras escenas, Nicotti no parece interesado en resolver el enigma policial con originalidad sino en instalar una incomodidad persistente, una tensión que avanza de manera silenciosa y se pega al cuerpo de su protagonista. La trama sigue a Malena, quien supo disfrutar de la popularidad televisiva hasta que un enfrentamiento con un poderoso productor la deja fuera del sistema.

Alejada de los reflectores, intenta reconstruir su vida trabajando como bailarina en un cabaret y atendiendo una línea erótica telefónica. Cuando comienza a recibir llamadas de un hombre que afirma ser el asesino serial que aterroriza a la ciudad, su rutina se transforma en una experiencia cada vez más asfixiante. La amenaza llega a través de una voz, un recurso simple pero efectivo que la película explota con precisión. Lo más interesante de Hotline no está únicamente en la mecánica del suspenso, sino en lo que se filtra por debajo. A lo largo del relato, Malena se mueve en un universo atravesado por voces masculinas que intentan definirla: qué es, qué debería hacer, cuál es su lugar. La voz del asesino es la más extrema, pero no la única.

La mirada femenina en el cine de género argentino

En ese entramado aparece una lectura más profunda sobre el control, la exposición y la vulnerabilidad femenina, que le otorga al film una capa adicional de sentido más allá del policial. En cuanto a las actuaciones, Magui Bravi sostiene el centro emocional del relato con una interpretación física y emocionalmente exigente. Su Malena atraviesa el miedo, el desgaste y la resistencia sin perder consistencia. Pero su aporte excede lo actoral: como productora, guionista de algunas escenas clave y figura creativa del proyecto, Bravi imprime una mirada que atraviesa toda la película. Esa presencia se percibe en la construcción del personaje, que escapa al molde clásico de la víctima pasiva del género. Hay una intención clara de dotarla de agencia, deseo y contradicción, lo que vuelve su recorrido más complejo y contemporáneo. La cámara la sigue de cerca, y ella responde con una intensidad que sostiene incluso los pasajes más previsibles.

Visualmente, la película demuestra un trabajo muy cuidado. La fotografía de Facundo Nuble aprovecha los contrastes entre luces de neón y sombras profundas para construir una ciudad nocturna que parece existir fuera del tiempo. Hay una evidente fascinación por el cine de terror y suspenso de los años ochenta, visible tanto en la paleta cromática como en la puesta en escena y en el ritmo narrativo. Sin embargo, la referencia funciona más como inspiración que como copia directa, permitiéndole a la película encontrar momentos de personalidad propia.

El esfuerzo por recrear el clima de finales de los años ochenta no deja exenta a la película de algunas licencias visuales. La ciudad permanece deliberadamente indefinida, aunque las pistas remiten a Buenos Aires y ciertos elementos del paisaje urbano parecen pertenecer a épocas posteriores. Entre ellos sobresale la aparición del Puente de la Mujer en los títulos de apertura, una referencia temporal difícil de conciliar con el período en que transcurre la historia. No son errores capaces de afectar la experiencia general, pero sí pequeños desajustes que debilitan la ilusión histórica que la película busca construir. Donde la película encuentra sus límites es en el desarrollo narrativo del misterio. El relato avanza con eficacia, pero rara vez profundiza en la complejidad psicológica que su premisa sugiere

Algunas resoluciones priorizan la continuidad del suspenso por sobre la construcción dramática, lo que deja ciertos arcos a mitad de camino. Sin embargo, el film elige conscientemente apoyarse en la atmósfera antes que, en la sorpresa constante, y en ese terreno se siente más cómodo. También hay un mérito evidente en la manera en que Hotline recupera la lógica del universo analógico. En un contexto donde una llamada telefónica podía ser imposible de rastrear, el peligro adquiere otra densidad. Esa distancia tecnológica se vuelve clave para sostener la tensión y reforzar la sensación de vulnerabilidad.

Sin reinventar el género, Hotline encuentra su mayor valor en la forma en que resignifica sus influencias. Toma el lenguaje del giallo y del slasher ochentoso y lo atraviesa con una sensibilidad contemporánea donde la mirada femenina no es un detalle sino un eje estructural. La película funciona como thriller, sostiene momentos de verdadera tensión y construye una identidad visual sólida, pero su mayor hallazgo está en otro lugar: en convertir una voz en amenaza y, al mismo tiempo, en reflejo de un sistema de control más amplio. Más que un ejercicio de nostalgia, Hotline es una apropiación. Imperfecta, por momentos irregular, pero atravesada por una decisión clara de mirada. Y en ese gesto encuentra su rasgo más distintivo dentro del Cine de género argentino actual.

Para el que quiera verla la película se puede encontrar en las salas: Cine Gaumont, Cinepolis Avellaneda. Espacio INCAA Teatro Municipal San Martín (Puerto Rico), Espacio INCAA Nuevo Cine Italia (Formosa), Espacio INCAA Cine Municipal de la Cultura (Oran), Espacio INCAA Cine Municipal (Zapala), Espacio INCAA Sala José Fernández (Caleta Olivia).