Tíos y abuelos: el rol clave en la crianza y el bienestar infantil
Un estudio revela que 7 de cada 10 familias confían en tíos y abuelos para el cuidado de los niños pequeños.
Un estudio reciente pone sobre la mesa el rol de los abuelos, tíos, vecinos o amigos de la familia y los múltiples beneficios que aportan al desarrollo de los niños.
CanvaEl desarrollo del cerebro en los primeros años de vida es un delicado entramado entre factores genéticos y ambientales. En esa ecuación, el entorno juega un papel decisivo, y no se limita únicamente a madres y padres. En la vida diaria, otras personas -abuelos, tíos, vecinos, docentes o amigos cercanos- pueden convertirse en piezas fundamentales de la crianza.
Un relevamiento realizado por la consultora Kantar en Buenos Aires reveló que 7 de cada 10 parejas dejan habitualmente a sus hijos al cuidado de un familiar, al menos dos o tres veces por semana. La principal razón: responsabilidades laborales. El estudio, que encuestó a 300 padres, madres y cuidadores de niños de 0 a 6 años, muestra que solo el 21% recurre a cuidadores pagos, un hábito más frecuente en sectores socioeconómicos altos y en parejas jóvenes.
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Cuidar es un trabajo en equipo
María Roca, doctora en Psicología e investigadora del CONICET, explica que las redes de cuidado son cada vez más relevantes: “No solo permiten que el niño interactúe con distintos modelos de referencia, sino que también reducen el estrés de los adultos responsables. Cuidar no es una tarea solitaria; compartir la crianza fortalece a todos”.
La investigación confirma que estas experiencias, lejos de generar un vacío, dejan huellas positivas: sensaciones de seguridad, afecto, calma y un mayor aprecio por el tiempo compartido con los padres. Según estudios internacionales, contar con vínculos significativos fuera del núcleo familiar puede mejorar la autoestima, la resiliencia y las habilidades sociales a lo largo de la vida.
Un impacto que trasciende la infancia
Quienes crecieron con el acompañamiento de otros adultos -ya fueran familiares, vecinos o docentes- suelen mostrar, incluso en la adultez, mayor bienestar emocional. Estas figuras actúan como modelos alternativos que amplían el repertorio de recursos para enfrentar desafíos, resolver conflictos y reconocer emociones.
El beneficio no es solo para los niños. Las redes de apoyo también tienen un efecto protector sobre la salud mental de quienes crían. Disminuyen la sensación de aislamiento, reducen la ansiedad y facilitan respuestas más sensibles a las necesidades infantiles.
En el relevamiento de Kantar, 7 de cada 10 encuestados afirmaron que contar con apoyo les permite trabajar, y 4 de cada 10 valoraron especialmente el alivio emocional que supone compartir la crianza. También destacaron que estos vínculos fortalecen la relación entre el niño y la persona que lo cuida.
Complementar, no reemplazar
La clave, según Roca, es entender que las redes de cuidado suman, pero no sustituyen, el papel de madres, padres o cuidadores principales: “Ofrecen experiencias variadas y aprendizajes que enriquecen el desarrollo infantil, siempre como complemento del rol principal en la crianza”.
En este sentido, padres y cuidadores coincidieron en que lo más importante en el cuidado de un niño es ofrecer atención, afecto, tiempo de calidad, juego y valores. Elementos que no siempre dependen de una sola persona, sino de la comunidad que rodea a la infancia.
Reconstruir la idea de comunidad
Volver a pensar la crianza como una tarea colectiva es un desafío cultural. Implica recuperar la noción de que todos -desde el lugar que ocupamos- podemos ser parte de una red que nutra, proteja y acompañe a los más pequeños. Pequeños gestos cotidianos como una canción compartida, una sonrisa o una mirada atenta son tan importantes como la alimentación, la seguridad o la estimulación temprana.
Como cierre, Roca resume: “Desde el principio, el aprendizaje ocurre en el marco de las relaciones. Cada interacción es una oportunidad para que el niño descubra el mundo y desarrolle su potencial”.


