Qué pasa en el cuerpo cuando comés yogur todos los días, según la ciencia
Estudios con miles de participantes relacionan su consumo habitual de yogur con mejores indicadores metabólicos. Los detalles del estudio.
Estudios asocian el consumo de yogur con menor riesgo de enfermedades crónicas. Foto: Canva
Para muchas personas, el yogur es apenas una opción rápida para el desayuno o la merienda. Sin embargo, la ciencia comenzó a observarlo desde otro lugar: no solo por sus proteínas, calcio y otros nutrientes, sino también por los microorganismos vivos que incorpora al organismo.
Durante décadas, la prevención de las enfermedades crónicas estuvo asociada principalmente con el control del tabaquismo, el sedentarismo, la hipertensión y el exceso de peso. En los últimos años se sumó a esa conversación un protagonista mucho menos visible: la microbiota intestinal.
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Los billones de microorganismos que habitan el intestino intervienen en procesos metabólicos, inmunológicos e inflamatorios. Por eso, una microbiota diversa y equilibrada se vincula con un mejor estado general de salud. Dentro de este campo de investigación, los alimentos fermentados comenzaron a despertar un interés particular.
El dato que puso al yogur bajo la lupa
Un metaanálisis que reunió información de estudios realizados en Estados Unidos, Reino Unido, Países Bajos, España, Australia y Japón encontró una asociación significativa entre el consumo de yogur y un menor riesgo de desarrollar diabetes tipo 2.
El resultado más llamativo fue que cada incremento de 50 gramos diarios en su consumo se relacionó con una reducción relativa del 7% en el riesgo de presentar la enfermedad. El dato no significa que comer esa cantidad garantice protección, sino que esa fue la relación observada al comparar los hábitos alimentarios de miles de participantes.
La investigación analizó estudios de cohortes, por lo que permite identificar asociaciones, pero no demostrar una relación directa de causa y efecto. En otras palabras, no prueba que el yogur, por sí solo, evite la diabetes.
Aun con esa limitación, los resultados coinciden con otras investigaciones que encontraron perfiles metabólicos más favorables entre quienes incorporan yogur con regularidad.
Microorganismos vivos y salud metabólica
El yogur se obtiene mediante la fermentación de leche con bacterias vivas, principalmente Lactobacillus delbrueckii subsp. bulgaricus y Streptococcus thermophilus. Algunos productos también incorporan cepas probióticas específicas, como Lactobacillus casei o Bifidobacterium lactis.
Además de modificar la textura y el sabor de la leche, estos microorganismos pueden interactuar con la microbiota intestinal. Una de las hipótesis es que esa relación favorece la producción de butirato, un ácido graso de cadena corta que contribuye a mantener la barrera intestinal y participa en la regulación de procesos inflamatorios e inmunológicos.
Otro análisis, realizado con datos de más de 27.000 adultos estadounidenses, relacionó una mayor ingesta de alimentos con microorganismos vivos con indicadores modestamente más favorables de presión arterial, glucemia, insulina, triglicéridos, colesterol HDL, índice de masa corporal y perímetro de cintura.
Los propios autores fueron prudentes: los resultados muestran asociaciones y mejoras pequeñas, pero no permiten afirmar que los microorganismos vivos sean los responsables directos.
¿Existe una cantidad diaria recomendada?
Uno de los conceptos que comienza a debatirse es el de una posible “dosis diaria de microorganismos vivos”. La idea plantea que, así como existen recomendaciones para determinados nutrientes, en el futuro podría sugerirse una ingesta regular de microorganismos beneficiosos a través de los alimentos.
Por ahora, se trata de una propuesta en investigación y no de una recomendación nutricional establecida. Tampoco debe interpretarse el incremento de 50 gramos analizado en el metaanálisis como una porción ideal o una indicación médica.
Los yogures, además, pueden presentar diferencias en su composición, en las bacterias utilizadas y en la incorporación de cepas probióticas adicionales. Por eso, los resultados generales de estos estudios no necesariamente pueden trasladarse de la misma manera a todos los productos disponibles.
¿Y qué sucede con el kéfir y la kombucha?
El kéfir y la kombucha también aportan microorganismos derivados de la fermentación, pero presentan una mayor variabilidad microbiológica según su elaboración. Ese proceso también puede generar pequeñas cantidades de alcohol.
Por esta razón, desde Profesionales Expertos en Nutrición Infantil (PROFENI) desaconsejan su consumo durante la infancia y señalan que el yogur constituye una alternativa más accesible, controlada y culturalmente incorporada para sumar alimentos fermentados.
La evidencia no convierte al yogur en un alimento milagroso ni permite asegurar que prevenga enfermedades crónicas. Sí muestra que su consumo habitual puede formar parte de un patrón alimentario relacionado con mejores indicadores de salud.
El dato más importante no está en buscar una solución aislada, sino en comprender que los alimentos también interactúan con el universo de microorganismos que habita el intestino. En ese vínculo, todavía en plena investigación, podría encontrarse una de las claves para cuidar la salud a largo plazo.