Puntos y estrellas: la intolerancia a la crítica
La crítica especializada agoniza ante la dictadura del aplauso. Reflexión sobre la libertad de opinión, la calidad y el sesgo en el mundo del vino y la gastronomía.
La crítica de vinos, un deporte de riesgo.
Hay un fenómeno curioso y cada vez más agudo en los universos de la gastronomía y el vino: la defensa a ultranza de la susceptibilidad. Hoy, emitir un juicio técnico, calificar con noventa y pico de puntos una etiqueta o retacear estrellas en una reseña gastronómica se ha vuelto un deporte de riesgo.
La crítica especializada, esa que históricamente funcionó como brújula, curaduría y estímulo para la mejora continua, parece incomodar en una época donde el aplauso unánime es el único estándar aceptado.
Es imperativo aclarar mi postura: soy un ferviente defensor de la libertad de expresión. Sin embargo, una cosa es el derecho a hablar y otra, muy distinta, es pretender que toda expresión sea respetable o posea el mismo valor.
La libertad no nos obliga a validar cualquier despropósito. Si alguien se me acerca a sostener con vehemencia que la tierra es plana, jamás se me ocurriría intentar darle una cátedra de geografía; simplemente, no hay base sobre la cual construir un debate. Lo mismo ocurre en nuestro sector: la opinión informada y la crítica fundamentada no pueden equipararse con el capricho o la ignorancia, por más fuerte que sea el tono de quien las enuncia.
El malestar no es casual. Vivimos tiempos de intolerancia a la discrepancia, exacerbados por un ecosistema digital que transformó el escenario público. Como advirtió Umberto Eco, el gran semiologo italiano, las redes sociales otorgan el mismo derecho a hablar a un premio Nobel como a una "legiones de idiotas" que antes solo opinaban en los bares sin afectar a la comunidad.
Para el célebre semiólogo, internet elevó al "tonto del pueblo" a la categoría de portador de la verdad. En este ecosistema, la descalificación instantánea a un crítico de vinos o a un periodista gastronómico se disfraza de "democratización", cuando en realidad muchas veces es solo la incapacidad de procesar un criterio que desafíe el gusto propio o el interés comercial.
El mito del poder omnipotente de las redes
Sin embargo, frente al griterío algorítmico y la falsa alarma sobre el poder absoluto de las redes, vale la pena recordar las lecciones de la sociología de la comunicación. La teoría de los efectos limitados, propuesta en la década de 1940 por Paul Lazarsfeld, demostró que los medios masivos —y por extensión hoy las plataformas digitales— no tienen un poder inagotable para cambiar de manera directa la mente o la conducta de la gente. Lazarsfeld comprobó que el público no es una masa pasiva e indefensa, sino que filtra los mensajes a través de sus propios valores, su pertenencia a grupos sociales y la mediación de sus líderes de opinión.
¿Qué significa esto para el debate actual? Que ni el peor agravio en X (ex Twitter) destruye la trayectoria de un gran enólogo, ni un puntaje perfecto garantiza por sí solo una verdad absoluta. La audiencia sigue filtrando, discutiendo y apoyándose en referentes de confianza. El problema no es que la gente opine —bienvenida sea la pluralidad—, sino la exigencia de que el periodismo especializado se subordine al humor del algoritmo y al dogma del elogio perpetuo.
Cuando la crítica se repliega por miedo a la cancelación o al boicot comercial, pierde la industria y pierde el consumidor. Los puntos y las estrellas no son medallas de participación; son herramientas de análisis. Reivindicar el disenso, la fundamentación técnica y la independencia de criterio es, hoy más que nunca, un acto de supervivencia para el periodismo que respeta a su lector.


