Yo sostengo que un vino simplemente no se bebe y te explico por qué

Yo sostengo que un vino simplemente no se bebe y te explico por qué

La experiencia con la bebida emblema de nuestro país no es igual para todos. Es más que una simple bebida. En la columna de opinión, una semblanza de por qué el vino es más que cualquier bebida.

Federico Lancia

Federico Lancia

Tomar vinos puede ser simplemente eso. Puede ser parte de nuestra vida como una alternativa más al mar enorme de bebidas vinculadas al placer que hay en el mercado. Quedarse en esa superficie no está mal, ni es cuestionable. Pero sucede que justamente el vino tiene algunas otras cosas que esas tantas otras bebidas no pueden ofrecer.

La relación que tengas con el vino mucho tiene que ver con ese primer encuentro. El encuentro consciente que enamora y que te va a acompañar durante toda la vida. A algunos nos sucede a temprana edad, otros quizá lo descubran cuando son más grandes. Lo que sí es seguro, es que si descubrís ese vínculo, será inquebrantable. 

Se puede pensar que para los que nacimos cerca del terruño es más fácil. Pero en muchas ocasiones puede ser una apariencia. Por eso la relación que tengamos con el vino, sea cual fuere, su color, varietal, bodega o zona va a ser individual y particular. 

Un encuentro sinfín 

Mi vínculo es, si se quiere, desde lo profesional y siempre desde lo emocional. Puede haberte pasado alguna copa por delante sin darte cuenta ni percibir nada. Y quizás el momento nunca llegue. 

En ese primer encuentro que tuve siempre sentí que cuando bebí esa copa allí había algo más. Es una interacción que depende del momento y el lugar. Por eso cada vino será distinto. Pero también un mismo vino cambiará, si cambia el momento y el lugar. 

Y esa primera experiencia fue llevando a otra; y fueron apareciendo historias y formas de diferentes seres en cada una de las botellas que he ido degustando en mi camino. Y el camino es un sinfín de diferentes expresiones que juegan su rol. 

Claro que podemos ser sumamente técnicos y quedarnos en lo sensorial y ser estrictos y valorativos con lo que nos ofrece tal o cual ejemplar. Pero el alma del vino no estará allí. 

Ni moda, ni tendencia: un estilo de vida

Ni mover la copa para la foto, ni ir detrás de las últimas novedades porque sí, ni beber más para disfrutar. El placer de una copa de vino está dado por ese momento único en sí: esa botella que se va a descorchar siempre en compañía para beber en ese lugar indicado, con la persona justa o para hacer de ese momento más especial. 

Por eso digo que el vino no es una bebida, siempre será para los que logren el vínculo, un estilo de vida. Se disfruta, no se bebe. Logrará transformar esa comida, ese evento, ese encuentro, en algo más. 

La invitación está hecha. Tratar de conectar con una bebida que transmite sensaciones, experiencias y emociones. Y generar que esa conexión sea lo más fluida posible. Allí el vino nos encontrará y será para siempre parte de nuestras vidas. 

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