Así debería crecer un niño viviendo en una capital del vino

Así debería crecer un niño viviendo en una capital del vino

En Mendoza hemos crecido rodeados de viñedos e historias que han sido parte de nuestra sangre. Nuestros abuelos y nuestros padres nos hicieron sentir que vivíamos en un lugar especial.

Federico Lancia

Federico Lancia

Parece un total descalabro vincular al desarrollo de un niño con una bebida alcohólica como el vino. De hecho lo es, si se lo saca del contexto hacia dónde apunta esta mirada.

Lo cierto es que cómo niños y niñas hemos crecido en Mendoza alrededor de las viñas y su cultura. Y eso nos hace parte de tradiciones muy especiales que tienen que ver con el vino, donde más allá del producto final y de qué varietal se trate, se ha vivido el sentir de ese caminar. Porque lo vimos en padres y madres; y en abuelos y abuelas.

Ellos, de una u otra forma estuvieron marcados por esa cultura del trabajo que significan las famosas “labores culturales” que conforman el difundido concepto de “Terroir”. Porque el terroir no es nada más y nada menos que eso: aquello que además del clima, o del suelo forma el alma del vino: las manos del hombre o de la mujer que lo cultiva.

Por eso ser niños o niñas en tierras de vinos no es igual que crecer en otro sitio del mundo. La experiencia de cada uno de nosotros así lo revela. Desde el día de la poda, o la cosecha. O la visita con la escuela a aquel lugar que transforma la uva en vino. O el patio de nuestros abuelos con sus parrales añosos, donde ellos podaban y disfrutábamos la alegría de los primeros racimos.

Sabayón.

¿Recuerdan cuando el abuelo o el padre colocaba aquella gotita de vino en el vaso lleno de soda, o el sabayón (postre típico napolitano) con gotitas de mistela? Ciertamente mucho no nos gustaba, pero en el fondo sabíamos que algo querían decirnos.

La cultura del vino

Es importante lo que sucede con el vino argentino, con sus consumidores, con el crecimiento en la calidad y la exploración de las nuevas zonas. Son cada vez más llamativas las tendencias vinculadas a la bebida nacional.

Chicos disfrutando en una viña.

Pero todo eso se sustenta en una cultura del vino que la Argentina no debería perder. Es la que hace que el país sea diferente a otros productores mundiales y en donde sus mismos consumidores son embajadores de marca.

Por ello es necesario considerar que niños y niñas sientan el lugar del que vienen y en el que crecen. Un lugar que es irrepetible en el mundo y que tiene una industria que es trabajo, es esfuerzo, es solidaria e identitaria.

Podremos hacer los mejores vinos del mundo, con los mejores puntajes y premios. Pero fracasaremos si dejamos que los valores de esa cultura desaparezcan. Felices los niños y niñas que nacieron en una Capital del Vino.

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