"A Bergoglio lo eligieron papa por ser simpático, pero no está haciendo cambios de fondo"
La noticia que copó los medios internacionales se viralizó en un solo sentido: todo indicaba que el Vaticano estaba mutando, desde el Sínodo de Obispos que redefine la postura de la iglesia católica sobre la familia, hacia una mayor tolerancia hacia los divorciados y los homosexuales.
Sin embargo, las posiciones del papa Francisco rápidamente recibieron críticas desde sectores muy opuestos: los que están en contra de su apertura, los conservadores, los que sostienen una iglesia más tradicionalista. Y otros más cercanos al progresismo, que creen que Francisco no es diferente al Jorge Bergoglio que luchó a capa y espada en contra de este tipo de apertura desde la Argentina, no hace mucho tiempo atrás.

Entre estos últimos se encuentra un sacerdote que fue expulsado de la Iglesia por defender al matrimonio igualitario. Se trata del cordobés José Nicolás Alessio, que habló del tema con Gabriel Conte y Martín Lubowiecki en el programa "After Office", por MDZ Radio.
¿Es un momento histórico el que se está viviendo con el Sínodo de Obispos? ¿Falta mucho todavía? ¿Cómo se puede analizar lo que está pasando en este momento?
- Yo creo que falta muchisimo todavía, porque no es muy feliz que la Iglesia diga que tiene que tratar con “misericordia” y con “benevolencia” a los divorciados y a los homosexuales. No los tiene que tratar así a estas realidades, sino como lo hace con cualquier realidad humana normasl, común y cotidiana. Si le pongo el título de “acercamiento misericordioso”, le estoy dando un tratamiento de miseria.
¿Por qué?
- Porque misericordia quiere decir eso: poner el corazón cerca de la miseria. Entonces sigue siendo una situación de estigmatizxación tanto del homosexual como del divorciado.
No es optimista entonces...
- No lo soy. A pesard e que hay un cambio en el lenguaje. Hay un lenguaje más coloquial, más tierno, más dialogal, pero se sigue considerando a la homosexualidad como una situación de pecado o de desorden.
¿Pero podemos decir que esto es mejor que nada?
- Yo creo que no. No, porque esconde la sutileza del poder que te sigue considerando un enfermo, nada más que ahora te trata con más cariño. Es mejor antes de mandarte a la hoguera. Pero esto no es una novedad en la Iglesia. Ya tiene documentos en donde se trata a la homosexualidad que trata con cierta caridad y misericordia. De hecho, se los admite en el sacerdocio y hay cientos de sacerdotes y obispos que son homosexuales.
Entonces, ¿qué es lo nuevo?
- No es una novedad que la Iglesia trate con benevolencia al homosexual. La verdadera novedad sería decir que el homosexual es una persona tan normal como cualquiera de nosotros.
Hace unos días Andrés Gioeni le contó a MDZ que al menos un 30 por ciento de los sacerdotes son homosexuales. ¿Cómo se vive esta contradicción de aceptar a personas homosexuales dentro de la Iglesia para impartir los principios religiosos y dogmáticos y que se los trate luego casi como “enfermitos”?
- El documento que habilita a que haya seminaristas homosexuales es clar´çisimo a la hora de afirmar que “el candidato homosexual al sacerdocio deberá dar muestras de reprimir de manera perfecta su tendencia sexual”, es decir, de exigirle una castidad absoluta. Quiere decir que si no tiene la madurez para reprimir, controlar su tendencia homosexual ligada a la afectividad, el erotismo y demás, obviamente no podrá ser admitido en el sacerdocio. Es decir, se lo admite con la condición de que reprima su condición de homosexual.
Es fuerte, porque después termina pasando lo que pasa y el tema de discusión ya no es la homosexualidad sino el celibato.
- Tal cual. Porque esa represión al erotismo ya ala afectividad no funciona ni para el homosexual ni para el heterosexual. La iglesia siempre ha hecho esta distinción: ser benévolo con el pecador e inflexible con el pecado y eso no se ha modificado, lo cual pone al homosexual en una tendencia permanente y constante hacia al pecado permanente y constante, ya que es su propia vida. Eso no se está modificando. Casi dirían “los queremos”, pero se los sigue tratando como personas de segunda categoría, como “enfermitos”.
Usted ha sido sacerdote y sabe cómo se vive dentro de la Iglesia. Allí se habla mucho del “aire fresco” que ha impuesto el papa Francisco y hay sectores que lo denostan poor ello y se han plantado en su contra. A usted le tocó vivir a los dos: a Jorge Bergoglio y al papa Francisco. ¿Puede separar a las dos personas? Al Bergoglio al que usted tuvo que combatir y al papa Francisco que parece ser un renovador de la Iglesia?
-(Risas) No, no, no los puedo separar. Pero admiro la habilidad diplomática que tiene Bergoglio. Aquí no se controlaba porque era simplemente el presidente de la Conferencia Episcopal, pero desde que es Francisco, se cuida. Tiene una capacidad para los gestos atractivos y simpáticos que, realmente, hay que sacarse el sombrero. Parece un diplomático de carrera. Pero para él, ser homosexual es un camino hacia el pecado.
Usted sostiene que los cambios no son significativos, pero ¿de alguna manera sirve apra cumplir ese objetivo que la Iglesia se viene trazando con la idea de sumar más gente?
- Eso sí. Ese es el objetivo. Esa es la estrategia. Es una estrategia proselitista. Con Benedicto XVI se dieron cuenta que lo único que hacía era correr fieles de la Iglesia desde sus posturas. Por eso lo eligieron a Bergoglio: un hombre simpático, del Tercer Mundo, con capacidad de diplomacia, peronista, popular. Porque la Iglesia necesitaba volver a ocupar un espacio de poder en la opinión pública y lo está logrando de una manera impresionante.