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CFK, de la renuncia al "vamos por todo" y Néstor, el economista que no fue

El filósofo y sociólogo es autor de "Vamos por todo. Las 10 decisiones más polémicas del modelo". Leé un capítulo: "Muerte y resurrección del relato".

Confirman que Cristina Fernández de Kirchner, a instancias de su marido Néstor, estuvo a punto de renunciar a la Presidencia en plena crisis por la resolución 125 que disponía retenciones a la renta agrícola. La situación hubiese catapultado al mendocino Julio Cobos al poder. Pero no pasó, como vemos. Lo que sí pasó lo cuentan en el libro "Vamos por todo", de reciente aparición y editado por Sudamericana Eduardo Levy Yeyati y Marcos Novaro. Entre "lo que sí" cuenta una ilación económio política con muchas idas y vueltas.

Vamos por todo. Las 10 decisiones más polémicas del modelo.

Marcos Novaro y Eduardo Levy Yetati.

Sudamericana, abril de 2013. $129.

 

Novaro, uno de sus autores, cuenta sus opiniones más genéricas sobre "las 10 decisiones más polémicas del modelo" que incluyen con un encendido análisis en el libro "Vamos por todo". El interlocutor es sociólogo y filósofo Marcos Novaro fue el intelectual de referencia de Chacho Álvarez, en su etapa como fundador del Frepaso y la Alianza. Hoy caminan por veredas diferentes, aunque Chacho sigue en la del poder.

Lo acompaña un economista que se siente cómodo en el mundo de la literatura, condición que probablemente  lo autoriza a contar en "otros términos" la realidad muchas veces increíble, sino mágica, de la Argentina en lo que nada es lo que parece.

Novaro nos cuenta que si bien la izquierda empuja a Cristina a presentar credenciales más chavistas si quiere seguirse diciendo parte del bloque, ella lo que hace es otra cosa, "una radicalización gradual", sostiene. Y les advierte que se pueden arrepentir del reclamo a la Presidenta para profundizar el modelo.

En "Vamos por todo", usted, junto al coautor, Eduardo Levy Yeyati dan por cierto aquel rumor que, en medio de la crisis por la Resolución 125, Cristina Fernández pudo abandonar el Gobierno. ¿Tienen elementos como para sostener aquella versión como una afirmación?

- Entrevisté personalmente a varios ex funcionarios que lo confirmaron. Alberto Fernández lo ratifica en su libro y lo ha dicho varias veces en público sin ser jamás desmentido. La duda es si fue una apuesta para generar un operativo clamor o más bien fruto de la obsesión por demostrar que había una conspiración destituyente, me inclino por lo segundo.

En la sinergia de información económica y política logran, desde mi punto de vista, una justificación desde esa perspectiva siempre vigente a situaciones que han marcado esta década kirchnerista. ¿Sostienen ustedes la teoría tan repetida de que Néstor Kirchner fue "el gran economista" de este período? ¿O es un mito?

- No lo llamaría economista y mucho menos "gran economista". 

Kirchner fue el administrador de las cuentas poúblicas hasta el último detalle y receló de cualquiera que pudiera tener autonomía en la toma de decisiones relevantes en la gestión económica.

Por eso se rodeó de personas cada vez más irrelevantes en cuanto a capacidades políticas y técnicas, aunque en esto ha sido ampliamente superado por su mujer, claro.

Para el argentino promedio que sabe poco de economía: ¿hay un modelo económico? ¿O el modelo es no tenerlo? ¿Cómo lo calificaría?

- Es uno de los puntos que se discuten en el libro. Se podría decir que hubo varios modelos distintos, el semidesarrollista de (Roberto) Lavagna, el basado en el consumo y la espiral inflacionaria que va desde Felisa (Miceli) hasta (Amado)Boudou, y el de la estanflación que tenemos ahora. O bien puede decirse que nunca se llegó a tener un modelo porque lo que se mantuvo siempre constante fue la voluntad de fugar hacia adelante para no tener que tomar decisiones que comprometieran el margen de libertad para tomar otras después. Un coyunturalismo extremo que se combinó con un discurso ideológico tan rígido como ubicuo para procesar casi cualquier cosa.

Ustedes cuentan el plan de "eternización" de la Presidenta. ¿Creen que hay capacidad en la oposición para vulnerar ese plan?

- Esa capacidad se demostró cuando más de un tercio de senadores y diputados firmaron un compromiso de no apoyo ni colaboración a ningún proyecto de ese tipo, fue una de las pocas veces que la oposición influyó en el proceso político y pudo poner límites: creo que no hay reales chances de que la reforma constitucional pase por el Congreso.

Argentina se suma al bloque bolivariano de países sosteniendo un discurso muy similar al de países que viven un real proceso revolucionario o de grandes cambios, como Venezuela, Ecuador o Bolivia. ¿Tiene las credenciales suficientes el gobierno argentino para sumarse a ese discurso?

- Hay quienes en la izquierda argentina le reclaman al gobierno de Cristina que sea realmente chavista y avance en nacionalizaciones, estatizaciones y cosas por el estilo, creo que el camino elegido por Cristina es gradualismo en la radicalización, siguiendo las recomendaciones culinarias sobre como conviene hervir ranas vivas sin que salten de la olla.

Así que esa izquierda creo que peca de ansiosa: si a los kirchneristas los dejaran hacer, el resultado esperable sería llegar a ese destino, porque simplemente no pueden detenerse ni retroceder.

Por suerte creo que eso no va a pasar, y seguramente mucha de esa izquierda con el tiempo le eche en cara a Cristina, como sus antecesores lo hicieron con Perón, que no hizo la revolución cuando tuvo la oportunidad. En fin.

Anticipo, el capítulo 7 del libro: "Muerte y resurección del relato"

Presentación del libro "Vamos por todo", el jueves pasado.

Néstor Kirchner fue un político obsesionado por el poder absoluto. Así lo demostró en Santa Cruz. Y de nuevo cuando llegó a la cumbre de su carrera a nivel nacional, entre 2007 y 2008. Sin embargo, si repasamos de principio a fin su trayectoria como líder político, nos encontramos con la aleccionadora paradoja de que las cosas le salieron bastante mejor mientras menos control ejerció sobre su entorno. Fue sin duda más exitoso y eficaz como político y como gobernante en los momentos en que estuvo más lejos de controlar a quienes lo rodeaban, y cometió en cambio sus mayores errores, sufriendo sus más duros fracasos, desde la cima.

En 2003 estuvo lejos de poder digitar las condiciones de su llegada al poder. Dependió de otros para acceder a la presidencia y para organizar su gobierno: de Duhalde, de Scioli, de Lavagna. Pero hizo bien su trabajo, comprendió las demandas que tenía que atender y sin perder tiempo fue acumulando éxito tras éxito, que utilizó para terminar una a una con esas dependencias. Con lo cual conseguiría un poder propio que, sin embargo, consumiría también bastante rápido y sin necesidad, en la intervención del INDEC, en la crisis del campo y en la derrota electoral de 2009.

Su salida de escena también contiene una lección a este respecto. Otra vez el proceso político escapó por completo de su control: su salud se impuso sorpresivamente a su voluntad. Pero si hubiera tenido tiempo y oportunidad para delinear y coreografiar una salida, difícilmente habría logrado una más redituable y revitalizadora para su proyecto político, para su heredera y para sus seguidores.

La pregunta que cabe hacerse respecto de esa nueva e inesperada oportunidad que se le presentó al kirchnerismo, a partir del involuntario sacrificio de su líder, es si supo aprovecharla o si repitió la trayectoria del primer kirchnerismo y la malgastó. La respuesta es compleja, porque hubo un poco de las dos cosas.

Cristina y sus colaboradores ciertamente advirtieron la chance que la muerte del líder les ofrecía y pusieron todo su empeño en convertirla en un nuevo comienzo. Así, lograrían recuperar el consenso social, incluso ampliarlo, alcanzando en poco tiempo un nuevo clímax de poder y autonomía.

Pero en última instancia primó la repetición. El kirchnerismo sin Néstor supo volver a hacerse popular y poderoso, pero esta misma rehabilitación, interpretada como revancha y confirmación, inhibió en él cualquier intento de renovación. Fracasó —en los pocos casos en los que la buscó— la posibilidad de darles nueva vida a sus políticas y de redefinir el curso y los instrumentos de un proyecto ya evidentemente avejentado en diversos frentes: el manejo de la economía, los servicios públicos, la efectividad del gasto social y en educación, las re-laciones exteriores, la política de medios.

Al convertir el velatorio del ex presidente en ese momento de reencuentro entre pueblo y gobierno, se lo instauró como el punto de partida de un kirchnerismo recargado. Más potente incluso que el kirchnerismo temprano para construir consenso y reescribir su historia, pero inéditamente incapaz para adaptarse y gobernar. Y es que el kirchnerismo renació, reconstru-yendo su imagen y su discurso de cara a la opinión pública, para hacer más de lo mismo. Insistiendo con políticas e iniciativas que tal vez lograran todavía algún impacto inmediato en la tribuna, pero cuyos costos y deficiencias eran cada vez más indisimulables.

La noticia

El 27 de octubre de 2010 fue más que un feriado. Fue, literalmente, un día muerto. El motivo era muy simple: nadie, salvo los encargados del censo de población que ese día debía realizar el INDEC, podía salir de su casa. Nada de aprovechar para dar un paseo o planear un encuentro de amigos o de familia. Había que esperar al censista y no había forma de saber a qué hora vendría; poco más que hacer que prender el televisor y dejar pasar el tiempo, hasta que la espera terminara.

Fue en esas circunstancias excepcionales que llegó a los hogares una noticia también excepcional: a primera hora de la mañana había muerto Néstor Kirchner, todavía el hombre más poderoso del país. Fundador y líder del grupo que desde 2003 venía dominando la política argentina, le había dado su sello personal a la década que estaba concluyendo y trabajaba sin descanso para hacer lo mismo con la que le seguiría, volviendo a la presidencia en 2011. Para lo cual venía invirtiendo toda la fuerza de su voluntad contra las encuestas, las opiniones y los intereses que le habían hecho la cruz en los últimos años y contra todos los demás obstáculos que se empecinaban en entorpecer la continuidad de su liderazgo y su proyecto. Incluida su salud, que ya había dado varias señales de alarma en los meses previos: por lo menos dos episodios coronarios precedieron al que provocaría su muerte; episodios que él se esmeró en relativizar, dejando en claro que nada lo apartaría de la lucha política emprendida. Tan es así que, a días de una operación de carótida, había participado de un acto masivo y reasumido la conducción del PJ, de la que se alejara tras la derrota de 2009.La noticia de su fallecimiento repercutiría, como no podía ser de otro modo, amplia y profundamente. Pegó de lleno, en forma sorpresiva e inmediata, en una opinión pública ya acostumbrada a latir al ritmo de sus decisiones y acciones. La audiencia televisiva de todo el país quedó atada a las pantallas a partir de que comenzó a correr la noticia, y siguió fielmente las novedades que se sucederían a lo largo del día. Con lo cual se garantizó que millones, fueran o no kirchneristas convencidos, desde sus casas o con su presencia física en Plaza de Mayo y la Casa Rosada, acompañaran las exequias que comenzaron a organizarse esa misma tarde y durarían los tres días de luto dispuestos por el gobierno.

La abrupta desaparición de un actor que, por ser odiado o admirado, organizaba los alineamientos y clivajes de la vida política del país produjo en los espectadores, antes que nada, incertidumbre y confusión acerca de lo que cabía esperar del futuro.

A este respecto, las circunstancias en que se produjo el deceso del ex presidente también tuvieron su particularidad por todo lo que había venido sucediendo en las semanas previas, en la política argentina y en la interna peronista. Aupado en un proceso de recuperación económica que se iniciara ya a mediados de 2009, el apoyo social al gobierno había ido cre-ciendo a ritmo lento pero sostenido: de ubicarse en torno de los 20 puntos de imagen positiva el matrimonio presidencial ahora superaba los 30, aunque todavía con una imagen negativa bastante mayor.

A esto se sumaron una serie de acontecimientos que no auguraban nada bueno. Las presiones de Hugo Moyano para lograr un mayor control del peronismo bonaerense y las mues-tras de autonomía de Daniel Scioli, gobernador de ese distrito, sin duda aparecieron a ojos del ex presidente como obstáculos difíciles de remover. Obstáculos que, junto con la persistente imagen negativa, reflejaban y amplificaban las complicaciones que enfrentaría su candidatura presidencial en 2011. Aunque de seguro el hecho que más debió alarmar a Kirchner en sus últimos días fue otro: el asesinato de Mariano Ferreyra.

Una muerte comprometedora

El 20 de octubre de 2010, una semana antes de la muerte de Néstor, fue asesinado Mariano Ferreyra, un joven militante trotskista, a manos de una patota enviada por los cabecillas de la Unión Ferroviaria (UF) para dispersar la protesta organizada en varios ramales del conurbano bonaerense por trabajadores tercerizados. Los tercerizados reclamaban contra la precariedad de sus condiciones de trabajo y para que se homologaran sus salarios con los del resto de los trabajadores ferroviarios. Chocando con los intereses de su empleador, que no era otro que el propio sindicato, la UF: este gremio, a través de "cooperativas" que databan de la época en que se privatizaran los servicios de trenes, a principios de los años noventa, venía haciendo pingües negocios como proveedor del mantenimiento, la limpieza y otras tareas que las empresas concesionarias de los trenes metropolitanos les subcontrataban.

En el crimen de Ferreyra, por lo tanto, quedó involucrado el gobierno en varias formas: como continuador de un esquema de negocios noventista que supuestamente su modelo nacio-nal y popular había venido a reemplazar (pero que, de hecho, había ampliado y empeorado); por el hecho de que la Unión Ferroviaria era un pilar del sindicalismo adicto a la gestión y los sospechosos materiales del asesinato habían sido registrados en actos oficiales (e incluso aparecían sonriendo en fotografías con miembros del gabinete, como el ministro de Economía, Amado Boudou); porque se sospechaba de una zona liberada dispuesta por la Policía Federal, que permitió la acción de los matones; y, finalmente, porque se había registrado una intensa comunicación entre el jefe del sindicato y el Ministerio de Trabajo mientras se producían los hechos.

Con la muerte del joven militante, de modo más general, quedó en evidencia que demasiadas cuestiones relevantes de la vida política nacional se manejaban y resolvían fuera de la ley. Y lo hacían en cambio de acuerdo con los intereses de grupos cerrados y opacos a la vista pública, y en el ejercicio más o menos desembozado de la violencia. La vida interna de los gremios se destacaba entre estas cuestiones, así como la distribución de planes sociales, la ocupación de tierras fiscales, y otros asuntos fundamentales para la vida de los sectores populares en que intervenía activamente la coalición oficial. Para todos estos menesteres el kirchnerismo había depositado su confianza en aliados organizados que controlaban muy a su gusto el tráfico de recursos y contraprestaciones, y administraban, por regla general con sutileza y sin mucha repercusión mediática, la dosis de violencia que fuera necesaria para asegurarlo.

Ahora que esa violencia salía a la luz, quedó impugnada la supuesta condición "no violenta" del proyecto oficial, que el gobierno pretendía siempre validar en el hecho de que, salvo excepciones, "no se reprimía la protesta social", fuera ésta protagonizada por los gremios, por los movimientos piqueteros o por otros actores. Lo cierto era que la violencia política distaba de haber desaparecido, ni el kirchnerismo había dejado jamás de participar en ella. Lo que había sucedido en estos años era que, fruto de la renuncia de los gobiernos a poner la fuerza pública al servicio del orden, otros cumplían informal e ilegalmente esa función, cuando los mismos gobiernos o sus aliados sutilmente lo requerían. Además, era debido a esa indisposición a usar la fuerza pública que se había vuelto factible, y hasta cierto punto legítimo, que cada grupo hiciera un uso particular de la violencia para imponer sus intereses. Un barrabrava fe-rroviario, mano derecha del jefe del gremio, José Pedraza, lo explicó en esos días a los medios con precisión sociológica, al justificar su actividad en grupos de choque que se dedicaban a evitar que grupos sindicales rivales cortaran vías férreas o realizaran otras medidas de fuerza: "Lo que no hace la Policía, lo que no hace la Justicia, lo vamos a hacer nosotros".1

Por supuesto, esta tendencia a tercerizar la represión no debía considerarse el resultado de una mera distracción o "error". En primer lugar, porque era de larga data y respondía siempre a un preciso cálculo de costos y oportunidad. Podía rastrearse su origen por lo menos hasta principios de 2002, cuando los Kirchner abortaron los incipientes caceroleos en Río Gallegos,

que amenazaban su domicilio y el de otros funcionarios, armando patotas que a palazos dispersaron a los manifestantes mientras la policía observaba de lejos. Con lo que quisieron dejar sentado que, a diferencia de De la Rúa o el propio Duhalde, ellos no necesitaban de los uniformados para defenderse del mal humor social, porque se defendían solos y los protegía "la militancia".

Además, la renuncia a aplicar la ley y a ejercer la coerción legítima no era general ni unifome: se practicaba muy selectivamente, posibilitando la ambigüedad de un poder que, cuando le convenía, podía ser muy "institucional", pero cuando no, se reservaba el derecho de actuar por encima o por debajo de las instituciones. Así había hecho, tanto en Santa Cruz como a nivel nacional, al ignorar bloqueos, piquetes y otras formas de acción directa si se dirigían contra intereses ajenos pero no cuando apuntaban contra los propios; y en esos casos utilizar patotas o, si ellas no alcanzaban, también a la policía o la gendarmería: recordemos si no las muy distintas varas que usó para manejar los piquetes contra las pasteras del río Uruguay y los de de la crisis de la 125, que debieron lidiar primero con Moyano y D‟lía, y luego también con intervenciones policiales.

En suma, en el principio kirchnerista de negarse a manejar la protesta social recurriendo a la policía y demás fuerzas de seguridad, reemplazándolas por patotas "militantes", residía su responsabilidad, por lo menos por el contexto en el que el crimen de Ferreyra se había gestado. Dicho principio, insistamos, no debe interpretarse como si el gobierno tolerase que cualquiera usara el espacio público a su gusto. Significaba que lo controlaría no de cualquier forma sino a través de un vínculo privilegiado con, y un recurso más o menos constante y siempre selectivo a, los llamados "movimientos sociales". En buen romance, fuerzas de choque que le aseguraban tanto que se cortara una calle, vía ferroviaria, acceso a una empresa o boca de expendio de un negocio cuando le convenía, como que se frustraran esos intentos cuando iban contra sus planes.

Esto que hace tan peculiar el ejercicio de la violencia política por parte del kirchnerismo no era tan novedoso como podría parecer: cabía identificarlo como un rasgo propio del movimiento peronista en la etapa en que los actuales gobernantes habían ingresado a la vida política, en los años sesenta y setenta. El movimiento, recordemos, se constituyó durante la proscripción como un poder social excluido (y, por ende, decididamente desconfiado) del poder estatal. Lo novedoso en todo caso era ahora cómo utilizaba el kirchnerismo esta tensión desde el propio vértice del poder estatal, sin necesidad ni justificación real.

Una comparación con el menemismo puede echar luz sobre el significado de esta peculiaridad. Menem y sus aliados también en ocasiones habían usado patotas: recordemos si no los reiterados escándalos en el Mercado Central, o los "batatas" apaleando a manifestantes críticos en aquella inolvidable inauguración de la Exposición Rural de 1993, o las reiteradas batallas campales entre grupos sindicales adictos y críticos.2 Pero, por regla general, cuando se trataba de protestas que involucraban a otras fuerzas políticas, se confiaba en la fuerza pública. Los problemas que se presentaban entonces eran de dos tipos: si el recurso a las fuerzas de seguridad se justificaba o no (lo que implicaba un límite al ejercicio del derecho de reclamar y manifestarse, invocando el orden público u otros derechos), y si el poder político podía o no controlarlas (y el temor a una represión excesiva o fuera de la ley, como la que había desembocado en el asesinato de Teresa Rodríguez en 1997 o, más recientemente, los de Kosteki y Santillán, entre tantos otros).3

Los kirchneristas, en particular los más combativos, fueron por regla general renuentes a plantearse estas preguntas. Y por tanto inmunes a los aprendizajes que de ellas pudieran desprenderse. Pese a que, a lo largo del tiempo, habían sufrido en carne propia buenas dosis de violencia ilegal, parecían desconfiar más de la violencia estatal y legal que de aquélla. Tal vez porque, imaginándose representantes naturales de los "intereses nacionales y populares", no

podían dar crédito a los principios liberales del derecho, que suponen una escisión insuperable entre el derecho y el pueblo, y entre el Estado y la sociedad. Tal vez porque concebían que cualquier conflicto entre intereses debía resolverse "en el seno del pueblo", y no en el Estado.

Esta actitud, como dijimos, se evidenció claramente en el conflicto del campo, dejando ya entonces a la vista sus limitaciones para enfrentar a actores articulados y para resolver conflictos complejos. Desde entonces problemas parecidos se habían repetido una y otra vez. En Santa Cruz, tal como habían hecho durante los cacerolazos de 2002, se enviaron en una oca-sión patotas del gremio de la construcción a disolver una protesta de los docentes. Las imágenes de la cruel golpiza recorrerían el país. Cuando grupos de izquierda impulsaron conflictos en gremios como Sanidad, Alimentación y Subterráneos, contra la voluntad de aliados del gobierno, éstos volvieron a recibir carta blanca para utilizar sus patotas armadas y el escándalo se reiteró. Se estaba haciendo costumbre, en suma, hasta que el asesinato de Ferreyra lo desnudó.

En todos esos casos, y más aún en este crimen, lo que se evidenciaba era que el oficialismo estaba perdiendo el control de "la calle". Por dos motivos: porque ya no era el único que podía movilizar gente dispuesta a hacer uso de la acción directa; y sobre todo porque, al igual que otrora con las fuerzas de seguridad, controlaba cada vez menos hasta dónde llegaba esa gente que él movilizaba. Es precisamente para evitar ese tipo de problemas que las fuerzas políticas capaces de ejercer la violencia en algún momento se convierten en Estado, aunque les cueste someterse a sus reglas. Los peronistas hacía tiempo que habían aprendido esa lección. El kirchnerismo, en cambio, se mostraba renuente a asimilarla. De allí que terminara enredado con los matones de la UF.

Moyano y Scioli: la sucesión hace una fugaz aparición

Octubre también fue un mes duro en la interna justicialista, por los intentos de ganar autonomía de los dos aliados principales del gobierno nacional en ese campo, Daniel Scioli y Hugo Mo-yano. Ambos se repartían el control del peronismo, en el primer caso, y de los votos bonaerenses con el ex presidente. Y venían advirtiendo que esta convivencia podía volverse perjudicial si, como indicaban las encuestas, Néstor seguía enfrentando problemas para instalar su candidatura presidencial.

A principios de octubre Scioli mencionó en público por primera vez la posibilidad de apostar a su propia candidatura: "Si tiene que llegar, llegará", pronosticó.4 Había pagado hasta allí todo lo que se le podía pedir por su lealtad a la coalición oficial, y más todavía: aceptó ser candidato testimonial a una banca de diputado en 2009 secundando a Néstor, y, tras caer derrotada su lista, había tenido que reconocer que no pretendía asumir la banca para la que resultara electo. Desde entonces su popularidad se había recuperado rápida y casi completamente: en septiembre de 2009, apenas dos meses después de las elecciones, volvía a superar el 50% de apoyo, y al año siguiente treparía por encima del 60%, bien por arriba del matrimonio presidencial, que todavía a mediados de 2010 rondaba el 30% con una tendencia al alza moderada y oscilante. Y pese a eso, Scioli no había dejado de acompañar a los Kirchner en sus batallas: en la pelea con los ruralistas, en la disputa por las reservas del Banco Central y apoyando sus medidas más controvertidas. Ahora parecía haber concluido que ya había sido suficiente, y que llegaba la hora de que se le permitiera cobrar por tanto sacrificio.

Néstor, obviamente, estaba lejos de aceptar semejante pretensión. En septiembre había salido al cruce de declaraciones del gobernador sobre los problemas que enfrentaba para lidiar con la inseguridad en el distrito ("tengo las manos atadas", había dicho Scioli, sin dar precisiones):5 interrumpiendo meses de pacífica convivencia, Néstor le reclamó en un acto que aclarara quién le impedía actuar ("que diga quién le ata las manos") y se lanzó contra los

"déficits de gestión" en el distrito.6 Pero al día siguiente el ex presidente sufriría un nuevo episodio coronario —que según algunas versiones se complicó con un preinfarto—, y los rumores sobre su posible retiro se multiplicaron. Se hablaba de un posible acuerdo para que compitiera por la gobernación bonaerense, y él mismo echó a rodar la versión de que volvería a Santa Cruz.7 Todo ello alimentó las expectativas que ya muchos ponían en Scioli y en su pretensión de reconciliar a la familia peronista, algo que seducía tanto a los oficialistas más moderados como a muchos de los disidentes, incluido Francisco de Narváez, que no descartaba una alianza con el ex motonauta.8

Mientras tanto, Moyano no se estaba quieto. Había logrado ocupar la presidencia del PJ bonaerense, pero no controlaba realmente el partido porque los "barones del conurbano" (los intendentes del Gran Buenos Aires) actuaban con autonomía y resistían mancomunadamente su conducción, que entendían era fruto de una intervención injusta e injustificada. Lo curioso es que quien había maquinado esa intervención era el propio Néstor, que, desde la crisis del campo, desconfiaba más de la lealtad de los barones que de la del camionero. Viendo cómo cada uno de ellos había actuado durante los piquetes ruralistas, y luego en las legislativas de 2009, hay que decir que no se equivocaba. Pero eso no significaba que el ex presidente le hubiera reconocido un rol estelar al jefe de la CGT en el partido: simplemente había querido pagarle por los servicios prestados y poner a alguien capaz de presionar y amenazar a los jefes territoriales, para mantenerlos alineados.

Moyano entendía la situación de manera distinta. Para él, igual que para Scioli, estaba llegando la hora de la autonomía y de avanzar uno o varios pasos más en su carrera política, que había prosperado hasta allí a la sombra de Néstor. Recordemos que la convivencia entre el santacruceño y el camionero se había consolidado, con grandes beneficios para ambas partes, mientras se respetó la regla básica de la separación de las esferas gremial y política. Una regla que no inventaron ellos, sino que se venía practicando con relativo éxito en el peronismo al menos desde los años ochenta: el jefe político y el jefe sindical se reconocían preeminencia y autonomía en sus campos específicos, comprometiéndose a no intervenir en el campo del otro, a cambio de garantizarse mutuamente las prestaciones que pudieran necesitar para reproducir o ampliar su respectivo poder. Así, Néstor había obtenido de Hugo su colaboración para controlar la puja distributiva y la calle. Tal como se comprobó en las jornadas aciagas de los "piquetes de la abundancia". Y Hugo a su vez había recibido fondos para las obras sociales y aval para la expansión de su gremio a expensas del resto, vía cambios de encuadramiento laboral y privilegios en la fijación de salarios. Por eso, cuando por sus propias urgencias Néstor no tuvo a nadie más que a Hugo para poner al frente del PJ del distrito más importante del país cambió las reglas de juego; a los ojos del camionero esto implicó el reconocimiento de que podía ir por más, podría actuar ahora también en el campo del otro y hacer carrera política. Y así lo hizo notar en el acto masivo en el estadio de River Plate con que se festejó el 17 de octubre de 2010.

Moyano organizó y ofrendó ese acto a los Kirchner, quienes compartieron el escenario con él. Pero también quiso que fuera la ocasión para operar el cambio que estaba buscando en su relación con ellos: de allí que en su discurso, tras celebrar el "modelo", expusiera el interés de los trabajadores en ir mucho más allá y ejercer en forma directa el poder político, incluido el presidencial; según sus palabras, el movimiento obrero se había cansado ya de ser la "columna vertebral", quería ser de una vez por todas la cabeza, y que por primera vez en la historia uno de los suyos se sentara en el sillón de Rivadavia.

Se equivocaba si creía que podría conseguir para sí fácilmente el premio mayor: los sondeos de opinión lo ubicaban entre los dirigentes con peor imagen pública del país. Pero eso no le impediría avanzar sobre los políticos peronistas, aprovechando sus divisiones y momentánea debilidad, ni ubicar candidatos propios para cargos ejecutivos, como había hecho

en su momento Augusto Vandor, y todavía lograra en los años ochenta Lorenzo Miguel. Conseguido eso, más adelante podría volver asequible lo que ahora parecía fuera de su alcance.

Lo cierto es que, como señaló por esos días Horacio Verbitsky, la coalición oficial estaba "atada con alambre" y en cualquier momento podía estallar. El diagnóstico dominante en los despachos oficiales tendió a ser que la principal amenaza la representaba Scioli, porque tenía votos y quería usarlos en lo inmediato. De allí que el matrimonio presidencial hubiera aceptado compartir el acto de Moyano en River, y festejara los dardos que el jefe cegetista le dedicó en la ocasión al gobernador: por ejemplo, cuando comparó el coloquio de IDEA, al que había asistido Scioli días antes, con el multitudinario acto que los reunía, al que llamó "un coloquio de la lealtad hacia quienes responden al interés de los trabajadores".9

Con picardía, Moyano sometía en esa fórmula a los Kirchner a su fiscalización, siendo el único orgánicamente autorizado a hablar en nombre de esos intereses. Con lo que debió alcanzar para que los kirchneristas advirtieran que su diagnóstico podía tal vez fallar, y no ser tan sencillo como creían eso de usar al camionero contra el gobernador. Por si hacía falta algo más para convencerlos, apenas concluido el acto Moyano se lanzó a convertir su cargo formal al frente del PJ bonaerense en un poder efectivo, e intervenir en serio en la vida partidaria del distrito presionando a los intendentes para someterlos a su voluntad. Éstos se resistieron y reclamaron a Néstor que aclarara la situación.

Ante este panorama, al ex presidente no le quedaba más alternativa que defraudar a alguna de las partes. Algo por demás inoportuno cuando se acercaba un año electoral decisivo, y había que obligar a Scioli a volver al redil. Seguramente algo de esto fue lo que se discutió larga y acaloradamente en la noche del 26 de octubre, en la última conversación telefónica que mantuvieron Hugo y Néstor.

La construcción del acontecimiento

Los kirchneristas fueron los que mejor y más rápido interpretaron lo que había sucedido esa mañana del censo. El desafío que les planteaba dada la fragilidad que exhibían en los meses previos. Y también la oportunidad que había creado. Actuaron rápido y actuaron bien. Convirtiendo lo que podía haber sido una crisis terminal de su proyecto en la ocasión para un nuevo comienzo.

¿Cómo lo lograron? Para empezar, contaron con las desventajas con que debieron lidiar los demás actores. Debilitados por un año de tropezones y fracasos en el Parlamento, divididos cada vez más respecto de las alianzas, los liderazgos y las candidaturas, los opositores ya estaban bastante desorientados cuando se quedaron sin su adversario preferido, que al menos los unificaba "en contra de". Si a mediados de 2010 la principal esperanza de esa oposición se cifraba en reeditar el abortado ballottage de 2003, con Kirchner en el papel de Menem (bajo el supuesto de que caería finalmente aplastado por el voto negativo), su muerte los dejó sin guión. Aunque alguno alumbró al principio la esperanza de que el gobierno, privado de su general, perdiera el rumbo y tirara la toalla, a los pocos días lo que primaba entre ellos era la desazón. Como le diría el asesor de campaña Jaime Durán Barba a Mauricio Macri, para convencerlo de que desistiera de su candidatura presidencial, "tu adversario murió, y es casi imposible ganarle a una viuda".

Además, los kirchneristas tenían de su lado los recursos del Estado nacional. Pero, por sobre todo, contaron con la experiencia que les ofrecía la tradición peronista sobre cómo hacer de un líder vivo y presente un mito aun más poderoso y convocante, cómo fabricar y sacar provecho del mito del líder ausente. El peronismo había enfrentado ya tres veces esta situación en el pasado: tras la muerte de Eva, de nuevo durante el exilio de Perón, y por tercera vez cuando éste falleció.

La pregunta había quedado flotando en el aire desde la primera hora de la mañana del 27 de octubre: ¿había llegado el momento del ocaso definitivo del proyecto de los Kirchner o, al

contrario, era su oportunidad para inscribirse mítica y heroicamente en la historia, calando hondo en la sensibilidad colectiva y abriendo un nuevo tiempo, más propio y acorde con sus ansias de perduración? El encargo de montar el velatorio que recibió sin pérdida de tiempo Javier Grossman, que conducía la Unidad Bicentenario (la que había dirigido la exitosa celebración del Bicentenario, el 25 de mayo de ese mismo año), revela que en el gobierno tuvieron ideas bien claras sobre lo que debía hacerse: se trataba de "crear el acontecimiento" y asegurarse de que la respuesta a esa pregunta llegara clara y precisa a toda la opinión pública cuanto antes. La puesta en escena debía definir el mensaje, darle alcance histórico, y sobre todo dejar en claro a los participantes que asistían a un hecho fundacional y a una consagración más que a un entierro.

La escenografía se montó con velocidad y esmero. Se ubicó el féretro en la Casa Rosada, y no en el Congreso como debió haberse hecho dada la condición del ex presidente. Se dispuso que se lo velara a cajón cerrado, otra forma de evitar mostrar el fin de una era y poner el foco en la presidente en ejercicio (por lo mismo, no se permitiría que se televisara o fotografiara el momento del entierro en el cementerio de Río Gallegos). Y se cuidó hasta el último detalle de las imágenes que se transmitirían, con los mismos criterios que se aplicaban a todos los actos oficiales, regulándose en particular las imágenes que se brindarían de la presidente y sus hijos, que combinaron recogimiento, dolor y firmeza.10 Así como las del público general, que podría transitar en procesión por enfrente del féretro, y las de los acompañantes, que rodearían el círculo íntimo presidencial, sobre el que se aplicó un criterio estricto de inclusiones y exclusiones, que dejó fuera del evento a casi toda la oposición. Mientras tanto, se alentó y destacó por los medios oficiales y oficialistas, por sobre todas las cosas, la movilización espontánea de simpatizantes, en particular de jóvenes tan conmovidos por la desaparición de su líder como indignados con los adversarios que le habían hecho "la vida imposible": Clarín, Cobos, el "campo", etc.11

"Hay que ser muy grande para ser humilde"

A continuación, el gobierno se ocupó de evacuar la duda que completaba la pregunta planteada más arriba: ¿sería capaz Cristina de tomar la posta del liderazgo que su marido había ejercido sobre la gestión de gobierno, podría hacer un "gobierno propio" y aun aspirar a la reelección, o terminaría arrinconada por los poderes que sólo su marido había podido mantener a raya: el de Moyano, los empresarios amigos, los gobernadores y los barones del conurbano?

Ante todo, la cuestión en danza revelaba algo de la situación entonces reinante que es preciso dejar bien en claro: quienes tenían en sus manos el destino de la política argentina eran, una vez más, casi exclusivamente los peronistas, porque el fracaso de los demás partidos (tanto del radicalismo y del Acuerdo Cívico y Social como del macrismo y Unión-PRO) había vuelto a poner el eje, momentáneamente corrido tras las elecciones de 2009, en el PJ.

Además, la desaparición de Néstor Kirchner, en tanto factor de continua controversia interna, y la viudez de CFK, que la volvía un blanco imposible para la oposición, diluían las fronteras entre disidentes y oficialistas en esa fuerza, revelando una vez más que los conflictos en su interior son cualquier cosa menos irreconciliables. Esta previsible convergencia peronista podía ir para un lado o el otro según quién tomara la iniciativa y reordenara la escena. Y los candidatos para este rol eran unos pocos: Cristina, claro; luego Scioli; en menor medida otros gobernadores o ex gobernadores (Reutemann, principalmente), y Moyano.

El resto, la gran masa de dirigentes, seguramente seguiría a quien demostrara en lo inmediato que podía controlar la situación y mantener a la familia peronista medianamente unida y cerca del poder. Igual que al resto de la sociedad, la muerte del jefe planteaba a todos ellos agudos temores, en particular respecto de lo que podía resultar de una fractura aun más

aguda que la vivida en 2009, o una crisis de gobernabilidad. De ahí que casi nadie estuviera interesado en alimentar la lucha fratricida: las palabras de reconciliación imperaron tanto en el campo de los oficialistas como en el de los disidentes. Y una vez más fue en el gobierno donde mejor se interpretó y supo aprovechar esa expectativa.

Scioli contaba en principio con una ventaja a su favor: había sido casi desde el inicio de la experiencia kirchnerista el más moderado de los oficialistas y a la vez el más comprensivo de los disidentes. Podía mostrar a la vez sus credenciales de "lealtad al proyecto" para convertirse en el menos intolerable de los posibles sucesores para quienes habían acompañado a los Kirchner, y sus señas de diferenciación, para ser reconocido como el más viable de los candidatos alternativos que quienes se les habían opuesto podían hallar. Pero debía coordinar en forma rápida una multitud de actores que Néstor se había cuidado de mantener enfrentados o dispersos al desactivar la "mesa de gobernadores", congelar la conducción y organización formal del partido y retacear reglas precisas para elegir candidatos. Nadie, ni siquiera Scioli, contaba con los recursos para actuar como el cemento unificador necesario de una coalición alternativa en esas circunstancias. Y sólo intentarlo revestía un serio riesgo: las posibilidades de que cualquier esfuerzo al respecto fuera frustrado desde el poder central y se volviera en contra de quien lo intentara eran muy altas.

Sin ir más lejos, en las semanas previas a la muerte de Néstor, cuando Scioli coqueteaba con la idea de independizarse, el resto de los gobernadores había respondido en bloque a la voz de orden del jefe: Jorge Capitanich (Chaco), José Alperovich (Tucumán), Gerardo Zamora (Santiago del Estero), Gildo Insfrán (Formosa), José Luis Gioja (San Juan), Maurice Closs (Misiones) y Sergio Urribarri (Entre Ríos) se pronunciaron en distinto tono en contra de las "falsas opciones" y a favor de que los candidatos fueran "Néstor Kirchner o Cristina Fernández de Kirchner". Mientras que intendentes de todo el país, nucleados en el Frente Nacional Peronista, difundían un comunicado en el que pronosticaban que "el candidato a presidente será pingüino o pingüina".12

Con ese antecedente en mente, Cristina, sin perder tiempo, lanzó una operación que habría de permitirle asegurarse la disciplina de la provincia de Buenos Aires y consolidar su liderazgo presidencial. Para lo primero, en los días posteriores al velatorio promovió una reunión de intendentes bonaerenses con Scioli, en la que se le exigió abiertamente que renovase su voto de lealtad a la presidente. El gobernador se mostró particularmente incómodo en la situación, pero no pudo evitarla. Otro tanto le tocaría a Moyano: kirchneristas y sciolistas de común acuerdo lo amenazaron con no dar quórum en las siguientes reuniones del PJ bonaerense, haciéndole comprender que su cargo no lo autorizaba a hacer casi nada.13

En cuanto a lo segundo, Cristina apuró una intervención personal en la escena pública que sería clave para reinaugurar su ejercicio del mando. El discurso que pronunció el 1° de no-viembre, apenas cinco días después de la muerte de su marido, fue sin lugar a dudas el más importante de su carrera, y también probablemente el más eficaz.

Allí planteó una serie de ejes que serían fundamentales para la reinvención de su liderazgo y para reconquistar a la opinión pública a partir de la sensibilidad creada por su viudez, planteando un nuevo "modelo de llegada" al poder, y por sobre todo alentando una reinterpretación de los sucesos que hasta entonces habían signado su ejercicio del gobierno. Inauguraría así un "gobierno propio", que ejercería en soledad, para "continuar y profundizar la obra" del líder ausente, reclamando la comprensión que la sociedad hasta entonces le había negado y que ahora necesitaba más que nunca, tras el "sacrificio" de su marido. Sus palabras pusieron de relevancia al mismo tiempo su soledad y su fortaleza, alejando el fantasma de un entorno frente al cual ella pudiera aparecer debilitada. La respuesta al desafío que enfrentaba sería tan completa como articulada. Al menos en lo que respecta a la construcción discursiva de un nuevo comienzo:

He leído o escuchado que éste es mi momento más difícil, en realidad es otra cosa, es mi momento más doloroso. El dolor es algo diferente a las dificultades o a las adversidades. Yo he tenido en mi vida política o en mi gobierno, en particular, muchísimas dificultades y muchísimas adversidades, pero el dolor es otra cosa…es el dolor más grande que he tenido en mi vida, es la pérdida de quien fue mi compañero, durante treinta y cinco años, compañero de vida, de lucha, de ideales.

Una parte mía se fue con él, está en Río Gallegos. Pero no es éste un momento para utilizar la cadena nacional para terapia emocional, sino para agradecer. Yo quería dedicar estos pocos y breves minutos para agradecer a todos y a todas, a todos los hombres y mujeres que se movilizaron, que quisieron verlo, que quisieron despedirlo, que rezaron por él, que lloraron por él, que no pudieron llegar tal vez acá porque vivían lejos pero se reunieron en otros lugares, que me entregaron rosarios; los rosarios de él los tengo todos, colgados en mi casa, de Río Gallegos; agradecerles las flores y las cartas; las camisetas de Racing, que él adoraba, hasta también las otras camisetas que me regalaron que eran de otros clubes, pero igual a él el fútbol le gustaba mucho, y las banderas también que me entregaron.

Yo quiero agradecer mucho esa inmensa y formidable muestra de cariño y de amor, que él se la merecía. No voy a tener falsa humildad porque como decía una dirigente muy importante, que ya falleció: "Hay que ser muy grande para ser humilde", y yo no soy grande, así que no voy a ser humilde, simplemente voy a decir que él se lo merecía, y permítanme agradecerles en forma especial a las decenas, a las decenas de miles y miles de jóvenes que cantaron y marcharon con dolor y con alegría, cantando por él, por la patria. Quiero decirles a todos esos jóvenes que en cada una de esas caras yo vi la cara de él cuando lo conocí, ahí estaba el rostro de él exacto. Y decirles a esos jóvenes que tienen mucha más suerte que cuando él era joven, porque están en un país mucho pero mucho mejor, en un país que no los abandonó, en un país que no los condenó ni persiguió. Al contrario, en un país que los convocó, en un país que los ama, que los necesita, en un país que vamos a seguir haciéndolo distinto entre todos. Y a los millones y millones de argentinos —que parece que somos más de cuarenta millones porque además tuvimos la suerte de que él nos debe de haber ayudado ya que el Censo salió muy bien— quiero decirles que siempre he tenido un gran sentido de la responsabilidad en todas las funciones que he cumplido, cuando fui legisladora provincial, cuando fui legisladora nacional y, más aún, como presidenta porque siento que de mí depende la suerte de todos los argentinos. Pero déjenme decirles que desde este miércoles, además de esa inmensa responsabilidad que siempre sentí y ejercí con mucho amor, con mucho corazón, con mucha convicción, con mucha pasión, siento otra gran responsabilidad que es la de hacer honor a su memoria y hacer honor a su gobierno que transformó y cambió el país. Muchas gracias a todos por todo.

Este nuevo dispositivo discursivo se completaría con la intervención que haría meses después para inaugurar las sesiones legislativas de 2011, donde diría que "en el año 2010 se construyeron las certezas de que ese modelo, que ese hombre había iniciado el 25 de mayo del año 2003, era el camino indicado para que la Argentina creciera como nunca lo hizo en toda su vida institucional". Y aclararía: "No vengo a reprochar a nadie, porque no soy fiscal de nadie, [pido] dar una vuelta de página definitiva, porque hemos construido certezas en este año del Bicentenario, nos hemos reencontrado los argentinos".

La campaña presidencial, incluso su eslogan, "Por siempre Néstor/Fuerza Cristina", estaba lanzada. Al resto del peronismo le tocaría esperar.

Duelo y renacimiento: la instauración de la efeméride kirchnerista

La intervención disciplinadora sobre Scioli y los discursos presidenciales tuvieron éxito en reordenar la escena política. Cristina empezó a volar en las encuestas, mientras que sus

adversarios se derrumbaban. En pocos días la presidente pasó de una imagen positiva de poco más de 30 puntos a rozar los 50. Su imagen negativa siguió un curso inverso. Inmediatamente se desató una intensa discusión entre los analistas: ¿se trataba de una ola momentánea de simpatía motivada en la viudez, o de algo más profundo? Y más importante que eso, ¿alcanzaría con un discurso renovado y basado en lo afectivo para reinventar y rehabilitar el proyecto político del oficialismo, o el gobierno necesitaba más que eso, incluidas unas cuantas decisiones difíciles que no parecía interesado en tomar?

Como suele suceder, la realidad fue más compleja que las interpretaciones. En verdad, el éxito tan rápidamente alcanzado con el giro discursivo, más que alentar, desalentó la toma de decisiones conflictivas y complejas. Y convenció al círculo cristinista, que veía la realidad a través de la lente de la competencia política y la medía con encuestas, de que la nueva situación les daba finalmente la razón. Así que de lo que se trataba era de hacer más de lo mismo. O, como desde entonces repetiría la presidente como un mantra, de "profundizar el modelo". Según el reporte de Verbitsky sobre el entierro en Río Gallegos, una frase de Cristina sintetizó magistralmente la posición del gobierno y su perspectiva para el futuro: "No vamos a cambiar justo ahora".14

En la interpretación oficial, además, la muerte del ex presidente ofrecía la oportunidad de alcanzar un pleno control, ya no sólo del Estado, sino de las creencias sociales. Con ella, aunque sonara paradójico, no concluía nada sino que empezaba lo mejor, el tiempo de "la hegemonía". A ello apuntó toda la maquinaria cultural del Estado, con los discursos presiden-ciales a la cabeza.

Contra la versión que hasta entonces había imperado, según la cual el kirchnerismo ya había vivido su "período clásico", había dejado atrás hacía tiempo la cima de su poder y prestigio, y más o menos desde 2007 o 2008 todo lo que se había vivido era una lenta pero irreversible decadencia, el oficialismo y sus intelectuales formularon un autorretrato que historizaba el período kirchnerista en términos opuestos: todo lo vivido hasta entonces habían sido prolegómenos, un lento y difícil proceso de desarrollo y aprendizaje, en el cual la muerte de Néstor actuaba como bisagra, abriendo la puerta a la fase de madurez del proyecto "nacional y popular". Un tiempo propio, más productivo e innovador que todo lo hasta allí conocido se iniciaba. O, como dirían los más entusiastas, el momento de pasar a la historia, porque lo mejor, para el oficialismo y para el país, estaba aún por venir.

La construcción de la jornada del 27 de octubre como momento fundacional suponía en este sentido una operación de entierro y renacimiento aun más audaz que las ya intentadas por el peronismo en ocasiones similares. La comparación con ellas, por tanto, es útil para comprender lo que el kirchnerismo estaba tratando de lograr, y el modo en que para alcanzarlo reinterpretaba la propia historia de esa fuerza política.

Ésta, en su etapa clásica, había tenido varias partidas de nacimiento, contradictorias entre sí: la "revolución" de junio de 1943, el 17 de octubre de 1945, la elección del 24 de febrero de 1946. Cada una remitía a una de sus específicas y disonantes fuentes de legitimidad: el Ejército, el movimiento obrero, la mayoría electoral. Así que no habría que asombrarse demasiado de que sucediera algo parecido con el kirchnerismo. Lo realmente significativo no es esa similitud, sino las diferencias. De las fechas fundacionales del experimento K, hasta la muerte de Néstor, ninguna era verdaderamente propia ni verdaderamente reivindicable: el 20 de diciembre de 2001, cuando se derrumbó el "antiguo orden" que los Kirchner vinieron a sustituir, había sido protagonizado por otros, y en verdad los Kirchner no habían estado precisamente alineados del lado de los "victoriosos" de esas jornadas (si es que había habido realmente alguien victorioso); el 27 de abril de 2003, cuando a duras penas lograron entrar a una segunda vuelta contra Menem, no era por cierto tampoco como para festejar, con un magro 22% de votos; y en cuanto al 25 de mayo de ese mismo año, cuando heredaron un gobierno llave en mano de manos de

Duhalde, que tardarían más de dos años en reemplazar por uno suyo, exigía demasiadas operaciones de retoque, de borramiento y reinterpretación como para convertirlo en un acontecimiento prístino y decisivo.

Recién con el 27 de octubre de 2010 podría enmendarse esta carencia de efemérides propias. El episodio tuvo suficientes elementos dramáticos, que el gobierno supo combinar con los recursos del fasto y el arte de la propaganda, para conmover. Y el desierto en que habían ido internándose los adversarios hizo el resto para que sólo una voz se escuchara: lo que en otras circunstancias podría haber significado el fin de una era se convirtió en su partida de nacimiento.

El kirchnerismo militante capaz de encarnar esta creencia ya existía desde bastante tiempo antes. Pero nació en ese momento a la luz pública como actor "popular", espontáneo, y por ello legítima expresión de la sociedad, a la vez que orgánico, articulado en el Estado. Ello le permitiría al oficialismo hablar al mismo tiempo con la voz del pueblo y la del gobierno como nunca antes. Y a sus seguidores ya no tener que dar mayores explicaciones por el uso y abuso de los recursos y poderes públicos.

La insistencia con que desde el oficialismo se propuso un pacto afectivo entre pueblo y gobierno a partir de las exequias y la memoria de Néstor Kirchner, para la consagración subsecuente de Cristina como "líder espiritual de la nación", tendió un evidente puente simbólico con la muerte de Perón en 1974 (la orfandad política) y con la muerte de Eva en 1952 (la orfandad afectiva), y con el extravío que ambas muertes significaron para el pacto peronista que unía al pueblo con sus líderes. Frente a ellas, la efeméride de 2010 debía poder reproducir pero también corregir: porque debía rehabilitarse esta vez la identificación tanto afectiva como política entre pueblo y gobierno peronista, y abrir el proceso político a más potentes realizaciones. Evitar, en suma, un nuevo extravío de la fuerza que el pueblo transmitía al gobierno a través del mito.

El gobierno que le daba cobijo a este mito, en verdad, languidecía. Y, de no haber sido por ese hecho fortuito, probablemente habría terminado negociando su salida con un reemplazante peronista poco o nada amistoso. Pero esa circunstancia quedó en el olvido. Su relato de la historia y de su historia, tantas veces ensayado, logró sensibilizar a una opinión hasta entonces renuente o reactiva.

¿Cuán profundamente calaba el consenso reconquistado en la opinión pública? Un aspecto fundamental para desentrañar este asunto es el que atañe a si este "kirchnerismo recargado" podía lograr en mayor medida que el primer kirchnerismo conmover el sentido común peronista e ingresar definitivamente en su panteón. Al respecto, un dato alcanza para indicar la novedad del cuadro de situación post 27 de octubre: hasta entonces muy pocos entre los votantes, y también en la dirigencia política peronista, habían hecho lugar a las imágenes de la pareja gobernante en sus hogares, sus lugares de trabajo, incluso en sus despachos; seguramente muchos menos de los que en su momento le hicieron un lugar a Menem entre Perón y Evita. Pero eso rápidamente cambió cuando Cristina se quedó viuda. No es mucho para respaldar la tesis de la hegemonía, pero es algo.

El cambio fue distinto en la población en general. El redescubrimiento de Cristina haría olvidar a muchos las críticas que antes le habían hecho. Al punto incluso de generar cierto sentimiento de culpa por haberla criticado tanto y sin razón, por haberla "dejado sola". Pero lejos estaba de ser una adhesión programática o ideológica. Fuertemente emocional, la relación de Cristina con "su pueblo" alcanzaba para respaldar la intención de profundizar el modelo mientras la economía, la oferta de prestaciones sociales y los servicios públicos subsidiados acompañaran. Mientras profundizar el modelo fuera eso: trabajo, consumo, asignaciones y jubilaciones creciendo ligeramente por arriba de la inflación, el relato podría funcionar. Cuando, tiempo después, la tensión entre la propaganda y la realidad se hiciera más y más

evidente, y los errores acumulados en la gestión empezaran a pasar su factura, el amor por Cristina encontraría de vuelta un límite. Aunque todavía muchos preferirían criticar a su entorno o echarle la culpa al mundo antes de soltarle (¿definitivamente?) la mano.

Nunca menos: notas sobre la hegemonía K

Hay quienes consideran que el kirchnerismo no es más que otra "etapa peronista", y a la postre será tan efímera como lo fue el menemismo. En pocas palabras, un fenómeno meramente "de gobierno" que depende para sobrevivir de su control de los recursos del Estado. Control fortalecido hasta volverse casi monopólico, y recursos tanto en el terreno fiscal como en el comunicacional por momentos imbatibles que, de todos modos, tienen fecha de vencimiento pues, como sostiene Eduardo Fidanza, el oficialismo posee respecto de ellos apenas un "con-trato de alquiler", que le han extendido de un lado los votantes y del otro el peronismo de siempre, que le permite gobernar sólo mientras le asegure el acceso estable a los votos y al poder.

Pero están quienes sostienen que hay una "especificidad kirchnerista", una identidad doctrinaria e ideológica, con una raíz común en el peronismo clásico, de la cual el menemismo carecía. Y por tanto debe considerárselo, como a aquél, un fenómeno ante todo social y cultural, de más larga duración. Beatriz Sarlo se alinea en esta posición, y afirma que desde 2008 en adelante, más allá de los avatares políticos, el kirchnerismo logró nutrirse de una base de apoyo identitaria cada vez más sólida que le permitió ampliar sus horizontes y, tal vez, asegurar su permanencia en el tiempo.

Para encarar esta cuestión de la hegemonía tal vez sea conveniente tomar en cuenta no sólo lo que habitualmente se llama "doctrina" (o, más popularmente, "relato") sino en particular las políticas de gobierno y las encuestas de opinión, que registran la receptividad de la sociedad a lo que los políticos dicen, piensan y sobre todo hacen.

Empezando por las políticas, las decisiones que siguieron a la muerte de Néstor Kirchner muestran una tendencia más al estancamiento y la rigidez que a la potenciación de nuevas iniciativas. Si lo comparamos con el primer kirchnerismo, la diferencia es notable. Éste había estado, sobre todo en un comienzo, y por necesidad (es decir, por conciencia de su precariedad política), muy atento a la articulación de tradiciones y a las oportunidades que se le ofrecían para innovar. Lo fue por ejemplo cuando promovió una nueva Corte Suprema, cuando se propuso como punto de equilibrio entre Chávez y Lagos, cuando buscó interpelar a los trabajadores más que a los caciques sindicales y planteó temas y argumentos del "neodesarro-llismo". Sin embargo, a medida que su poder se incrementó, se volvió más sectario y fue dejando por el camino el liberalismo político de la Corte, los superávits gemelos y la alianza estratégica con la "burguesía nacional", la aspiración de un nuevo sindicalismo y el equilibrio entre los Estados Unidos y el nacional-populismo regional. Y como esta involución hacia un cerrado esquema populista le permitió conservar el poder, se convenció de que era la solución para todo, de que el "relato del modelo" explicaba su éxito y le aseguraba su futuro.

Esta disonancia entre las razones del éxito y el diagnóstico que el gobierno adoptaba al respecto volvería a plantearse con fuerza desde octubre de 2010. Como ya adelantamos, la renovada confianza de la opinión pública fue interpretada por los gobernantes como una confirmación de que habían estado todo el tiempo en lo correcto, y de que no había nada que cambiar. Y dado que esta actitud sería poco después premiada en las urnas, tendió a instaurarse como una verdadera "ortodoxia oficial", cuya defensa y promoción sería el grito de batalla de una multitud de soldados ya suficientemente entrenados en los menesteres de la "guerra ideológica" como para ser impermeables a cualquier duda o consideración práctica.

Atenta a esta trama, Sarlo analiza lo que llama la "hegemonía cultural del kirchnerismo" basándose en el publicitado candombe "Nunca menos" y el soporte que permitió transmitirlo con algo de audiencia, el Fútbol para Todos.15 La idea de Sarlo es que, ya con el título del candombe, el oficialismo logró una síntesis de la experiencia democrática, "incorporando" el "Nunca más" de Alfonsín en una fórmula para su exclusivo beneficio: el kirchnerismo habría ido así "más allá", movilizando y sintetizando tradiciones. Creando, en suma, hegemonía.

Sin embargo, es bastante discutible que tal hegemonía oficial le haya permitido absorber las demandas democráticas de la sociedad, y más todavía que operaciones propagandísticas como la del "Nunca menos" hayan sido medianamente útiles para crear consenso. Más bien hay indicios para pensar que el éxito de las operaciones de reconquista de la opinión pública lanzadas por Cristina, paradójica y sintomáticamente posibilitadas por la desaparición de Néstor, no hizo más que reforzar el carácter "particular" antes que "nacional" del kirchnerismo como fenómeno político, y por tanto la debilidad de sus raíces populares.

Para decirlo mal y pronto, la renacida imagen positiva de Cristina en las encuestas no habría obedecido a las causas que ella y sus seguidores daban, ni a las diatribas más o menos logradas de sus artistas e intelectuales, ni tampoco a nada demasiado nuevo que estuviera pasando en la sociedad, sino a otros motivos más llanos y sencillos: un rápido crecimiento eco-nómico cortesía de la resolución de la crisis de 2009 y reforzado por el renovado boom de la soja, la disposición de recursos de uso discrecional en manos del gobierno nacional, y la debili-dad de la oposición. Si estos motivos parecían ahora a muchos insuficientes, no era porque no explicaran el renacimiento de Cristina sino porque el pronóstico que con ellos se había hecho en años anteriores, que el kirchnerismo estaba de salida, había sido exagerado.

La crisis económica y el agotamiento de la caja fiscal influyeron decisivamente en la deriva en la que se había sumido el kirchnerismo entre 2008 y 2009. Pero el pronóstico de que sería tan fácil derrotarlo como había sido en su momento vencer a Menem durante su segundo mandato había pasado por alto algunas cosas. En primer lugar, la posibilidad de una recuperación económica, como la que se produjo con fuerza, como vimos, ya desde mediados de 2009. En segundo lugar, la capacidad de reacción y voluntad de lucha de Néstor Kirchner, que nunca dejó de batallar (mientras su verdugo, Francisco de Narváez, se tomaba vacaciones y deshacía los acuerdos con sus socios, soñando con la presidencia). En tercer lugar, el hecho trivial de que hacía falta un partido nacional para ganar una presidencial, y que desde la crisis de 2001 el único que existía era el peronismo. Finalmente, la muerte imprevista de Néstor y el renacimiento del liderazgo de Cristina.

Ahora, con esta resurrección kirchnerista a la vista, muchos tendían a caer en el mismo error que en 2009, aunque en sentido inverso, creyendo en una fortaleza K inexpugnable, hecha de logros, recursos, significados, entusiasmos o raíces culturales que no habían podido o querido ver hasta entonces. Algo de eso había, por cierto: la maquinaria cultural del Estado efectivamente trabajaba sobre esa hipótesis, y algún público convocaba. Pero convenía no exagerar. Si la oposición estaba viendo con desesperación (para seguir el hilo de la analogía con los años noventa) cómo retrocedía de 1997 a 1995, y se tomaba el trabajo por demás saludable de buscar una explicación, el menor de los problemas que tenía por delante era lidiar con ese aparato cultural, o su propia comunicación con la opinión pública. Mucho más grave era su pobreza de ideas y su falta de capacidad organizativa para convertirlas en acciones.

El caso de Fútbol para Todos era bien ilustrativo a este respecto. Su creación fue sin duda un acierto del gobierno. Le proveyó audiencia a sus medios y a sus campañas propagandísticas, que de otro modo hubieran seguido machacándole la cabeza al reducido núcleo de votantes fieles y convencidos, en lo que no tenía mucho sentido seguir gastando dinero. Ni siquiera el del Estado. Sin embargo, la iniciativa seguía siendo durante 2010 bastante impopular: según las encuestas, alrededor del 70% la rechazaba. Por tanto, y contra lo que sostenía la tesis de la hegemonía K, no resultaba para nada irrelevante que desde la oposición se propusieran otros destinos más razonables para "el dinero de todos", o se avanzara con el plan original de vender publicidad privada para reducir la abultada factura que le pasaba al gobierno todos los meses Julio Grondona para solventar a la Asociación del Fútbol Argentino y a sus miembros. Moción que buena parte de la opinión pública, incluida la mayoría de los apasionados por el fútbol, apoyaba. En otras palabras, la gente aceptaba el fútbol gratis, pero habría preferido casi cualquier cosa a la fastidiosa publicidad oficial.

La cuestión del "recuerdo de Néstor Kirchner" es otro costado de este mismo problema. Más allá del rito de homenajearlo en todas las reuniones oficiales, y del esfuerzo por imponer su nombre a todo tipo de edificios, obras y eventos públicos, el componente más interesante y probablemente más efectivo de la operación lanzada para mitificarlo no era el recuerdo sino el olvido. Si había tenido algún mérito la campaña oficial posterior a la muerte del ex presidente fue, precisamente, el haber alejado en el tiempo el reinado de Néstor, para autonomizar la figura de Cristina de su presencia y facilitar y potenciar una revaloración social que no era extensiva a éste, y era por ello más cristinista que kirchnerista.

Lo que permite enfocar la cuestión clave a la hora de discutir la supuesta "hegemonía K": su mayor o menor capacidad para articular cosas distintas, para hacer una síntesis de lo diferente. El militantismo cristinista en verdad hizo todo lo posible para dificultarle a su jefa esta tarea, más que facilitársela. De allí que aunque ella pudiera sacar provecho circunstancial de las ventajas logradas frente a las fuerzas opositoras, y obtener una cómoda victoria en 2011, lo haría en desmedro y no para beneficio de sus posibilidades de nacionalizarse, de penetrar profundamente en el sentido común y crear hegemonía.

Primero, porque si había un espacio en que el kirchnerismo no logró echar muchas raíces fue precisamente el mundo peronista. Y segundo porque el obstáculo más serio que aquel peronismo y este kirchnerismo hallaron para ser hegemónicos era el mismo, pero hoy resultaba bastante más difícil de remover que a mediados del siglo XX: su irresuelta relación con el liberalismo político, tradición más sólida en nuestros días que cuando Perón llegó al poder y frente a la cual los kirchneristas sentían un profundo desprecio. Y ante la cual la mayor concesión que eran capaces de hacer era intentar, erróneamente, digerirla dentro de sus propios parámetros.

Ése es el punto decisivo en relación con el cual Sarlo sobrestima el "Nunca menos" con que el gobierno bombardeó a la audiencia a comienzos de 2011 desde las pantallas y las carteleras callejeras. El "Nunca menos" puede verse ante todo como una negación del "Nunca más" y de su contenido fundacional para la experiencia democrática en curso, la simple pero potente idea de que el estado de derecho es una casa común para distintos intereses y opiniones. Es por ello que el "Nunca menos" es, como publicidad y como programa, una muy mala idea. Más que síntesis y superación revela un esfuerzo absurdo y autodestructivo por borrar del mapa la casa común, la piedra basal de nuestra época. Y todo para intentar volver las cosas a como fueron cuando los kirchneristas creían que la historia se había equivocado; revelando, del modo más evidente, que el kirchnerismo como identidad y proyecto no era más que una fracción, y una además menor, de un partido.

La seducción de la juventud

La distancia entre las razones del éxito del gobierno y las ideas que él se hacía sobre el mismo se pudo observar con particular claridad en el terreno donde ese éxito fue más contundente: la juventud. ¿Por qué ahora los jóvenes de todas las clases sociales se inclinaban a apoyar al gobierno? ¿Por qué lo hacían en mayor medida que los adultos, y por qué esto sucedía ahora y no en 2007, o en 2005, cuando también Cristina encabezara las listas del kirchnerismo y el país crecía?

Una parte de la explicación es cuantitativa: los jóvenes ahora veían incrementarse las vías a través de las cuales recibían o creían poder recibir recursos del Estado; en consecuencia valoraban la "socialización de los beneficios del crecimiento", por la cual responsabilizaban a la presidente (y, más en general, a todos los que gobernaban). En cambio, no percibían (o no sufrían por ahora) la socialización de costos que ese mismo Estado realizaba, a través de impuestos, inflación o deterioro de las prestaciones y de las cuentas previsionales.

El Estado, de 2007 a esta parte, había vuelto a ser el gran generador de empleo, mientras que la economía privada apenas si había creado nuevos puestos de trabajo. Desde becas y subsidios del Conicet y universidades públicas hasta conchabos de baja calificación en municipios y provincias, pasando por jugosos contratos en Aerolíneas Argentinas u otras joyas de la corona. Quienes entraban al mercado de trabajo o estaban por hacerlo tenían estos y otros motivos parecidos para entender que era el sector público el que les garantizaba su futuro, alejando el fantasma del desempleo.

Quienes estaban mal preparados para acceder a esos beneficios y encima cargaban ya con una familia podían contar con la Asistencia Universal por Hijo y, claro, no tenían por qué cuestionarse que ésta se financiara a expensas del ahorro previsional o la inversión en infraestructura. Como tampoco tenían por qué cuestionarse de dónde venía el dinero quienes todavía estudiaban y no trabajaban y veían que sus padres de clase media podían darse algunos gustos gracias al clientelismo de lujo que recibían de ese mismo Estado, a través de servicios hiperbaratos de transporte y energía o alicientes al consumo en cuotas; ¿cómo ver que su pequeña fiesta era la contracara de la desinversión en energía o de la erosión inflacionaria y (finalmente) de la fuga de los ahorros en pesos?

En cambio, estos votantes jóvenes eran muy niños o todavía no habían nacido cuando la Argentina sufrió los rigores de la hiperinflación, y por lo tanto no percibían muy bien el peligro de haber dejado que la suba de precios volviera a hacerse crónica —como sí podían entenderlo las generaciones que recordaban los sacrificios y conflictos que supuso la batalla contra la inflación—.

Al contrario, los jóvenes seguramente estaban más inclinados a adoptar, en este como en otros terrenos, el discurso oficial según el cual ellos eran parte esencial de un país llamado a ser mucho mejor y, en todo caso, incomparable con el que habían visto sus padres. Una nueva Argentina de la mano de Cristina.

A todo esto sin duda ayudaba la visible predilección de Cristina por los militantes y funcionarios jóvenes de La Cámpora (una suerte de clon posmoderno de la Juventud Peronista) y el rejuvenecimiento obligado de los no tan jóvenes, como el rocker Amado Boudou o el ricotero Aníbal Fernández. O de la misma Cristina, que en sus alocuciones y tuits intercalaba guiños y giros chabones. Era el tiempo de los jóvenes, una movida que llevaría al gobierno a proponer y aprobar en 2012 el voto optativo a los dieciséis años.

En todo caso, en 2011, con el país creciendo al 6% y la oposición afectada entre otros males por una pertinaz falta de frescura, el kirchnerismo pareció ser cool. ¿Tan así? Nuevamen-te, conviene no exagerar las impresiones cuando éstas son demasiado cercanas. ¿En qué medida hacía carne en los jóvenes el relato oficial, orientado de lleno a seducir a los votantes más noveles? Aquí interviene el otro aspecto del problema, mucho más difícil de mensurar que el económico y fiscal. Con la cautela que exige toda interpretación sin datos duros, podríamos especular que, para la muy estrecha minoría de jóvenes que prestaba atención a las noticias y los discursos políticos, esa seducción funcionaba. Pero para el resto tal vez lo único que contaba era el despilfarrante optimismo que el gobierno ofrecía frente a los almidonados discursos opositores, condenados a hacer el papel de indignados aguafiestas.

¿Por qué fue un error?

Más allá de su innegable éxito proselitista, la resurrección del kirchnerismo tras la muerte de Néstor nos devuelve al tema central del capítulo. ¿Cómo se aprovechó esta segunda vida? ¿En qué medida la renovación formal (de escenografía y vestuario, de lenguaje y audiencia) tuvo su correlato en una renovación de la gestión?

La dirigencia kirchnerista no hizo honor a la oportunidad que tuvo delante de sus narices a fines de 2010, como no lo había hecho en sus comienzos. Esto no sorprende, dado que en el ínterin se habían empobrecido sus ideas y expectativas: del modelo heredado de la poscrisis y preservado por unos años por el equipo de Lavagna no quedaba ya casi nada en pie. El sueño de gravitar en el escenario regional e internacional en un oportunista equilibrio entre Chávez y Lula, entre Cuba y los Estados Unidos, era apenas un recuerdo tras la sucesión interminable de errores diplomáticos. De la aspiración de combinar populismo y liberalismo político con una Corte independiente, un saneamiento del financiamiento sindical y mayores inversiones educativas sólo quedaba la sistemática ocultación de resultados deficitarios en todos los terrenos, exabruptos de funcionarios aliados invocando la justicia popular, y fotos de campaña entregando netbooks en escuelas que no estaban preparadas para recibirlas.

Todavía se habría podido evitar el derrape si se hubiera invertido menos en el relato celebratorio y la nacionalización de sus efemérides, y más en mejorar la implementación de algunas políticas. La experiencia indicaba que había sido en los peores momentos cuando el kirchnerismo se arriesgó a innovar, para bien, como en el caso del matrimonio igualitario o la AUH, o para mal, como con la Ley de Medios, la reforma política, las apresuradas estatizaciones de Aerolíneas y de las AFJP o el control de las empresas privadas. Pero el kirchnerismo fue otra vez víctima de su propio éxito. Como los bebés que establecen causalidad entre dos eventos inconexos simplemente 265

por su simultaneidad, el gobierno vio en el éxito económico y electoral la validación de sus ideas, algunas de ellas inocuas, otras contraproducentes. Y en la resurrección de la imagen de CFK encontró la confirmación de que había hecho todo bien y la certeza de que no tenía que cambiar. De que todo iba de la mejor manera posible. Camino a la Argentina kirchnerista, la innovación y la audacia se invirtieron en poblar la fiesta.

Notas:

1. "Favale y „ayaso‟Sánchez, juntos en un apriete a los tercerizados", publicado en TN.com.ar, 25/10/2010

2. Los "batatas" eran changarines del Mercado Central contratados para proteger a Carlos Menem y habían sido reclutados para asegurar que no hubiera silbidos que incomodaran al entonces presidente en el acto de inauguración de la Exposición Rural.

3. El 12 de abril de 1997, en el marco de una protesta docente por recortes salariales en Cutral-Có, Neuquén, Teresa Rodríguez cayó muerta por una bala policial. El autor del disparo nunca fue identificado, y los policías sospechados permanecieron en sus cargos. El asesinato de Maximiliano Kosteki y Darío Santillán es descripto en el capítulo introductorio de este libro.

4. El 10 de octubre, desde Página/12, Horacio Verbitsky daba cuenta de las aspiraciones presidenciales de Scioli y del delicado equilibrio entre el kirchnerismo y el resto del peronismo. (Horacio Verbitsky, "Scioli desatado", Página/12, 10/10/2010).

5. Scioli expresó esto en una conversación privada con Ignacio Buzzalli, marido de Carolina Píparo, una mujer embarazada que perdió a su hijo tras ser baleada en una salidera bancaria. Buzzalli, disgustado, haría públicas las palabras de Scioli. Véase "Las „anos atadas‟de Scioli y el caso Píparo", Perfil, 08/09/2010.

6. "Kirchner a Scioli: „ue diga quién le ata las manos‟, La Nación, 10/09/2010.

7. Fernando Cibeira, "Una relación con nuevo equilibrio", Página/12, 24/10/2010. "De Narváez y Kirchner", Página/12, 10/10/2010.

8. De Narváez le echó más leña al fuego a las especulaciones sobre Scioli declarando: "Soy parte de un peronismo al que le gusta el consenso. Con Daniel Scioli me separan sus vínculos con los Kirchner, pero eso es salvable. Mi límite es Néstor Kirchner y su señora (… si Scioli quiere construir una alternativa de gobierno, muchos justicialistas, incluido yo, estaríamos" ("De Narváez mira a Scioli", Página/12, 16 /10/2010).

9. Horacio Verbitsky, "Atado, con alambre", Página/12, 17/10/2010. Allí decía el periodista y asesor oficial: "Moyano es un aliado exigente, cuya gran conveniencia para el gobierno nacional es que no posee una capacidad electoral equivalente a la de movilización; en cambio Scioli es un competidor".

10. La escenografía circular montada permitió un fluido desplazamiento de las cámaras que tuvieron el monopolio del espectáculo, contratadas por el Ejecutivo. Otro hallazgo fue la posición cenital escogida para tomar las imágenes fotográficas de Cristina acompañando el féretro que ilustrarían la tapa de muchos diarios el día 29 de octubre.

11. "El concepto visual sería la toma de primeros planos de la Presidenta y su familia, sus saludos, besos al aire y la exhibición de los simpatizantes más enfervorizados, que saludaban con alguna proclama a la jefa de Estado y al extinto líder." "Cómo se organizó el velatorio para cumplir con los pedidos familiares", La Nación, 31/10/2010.

12. "La única opción es pingüino o pingüina", Página/12, 20/10/2010.

13. Leonardo Mindez, "El Gobierno busca limitar el poder de Moyano en el PJ bonaerense", Clarín, 13/11/2010.

14. Horacio Verbitsky, "La resurrección", Página/12, 31/10/2010.

15. Nota publicada en La Nación el 4 de marzo de 2011. Véase, para un desarrollo mayor, La audacia y el cálculo, Buenos Aires, Sudamericana, 2011.