Opinión

Inflación: empresarios voraces y la guerra ruso-ucraniana

Para bajar la inflación hay que hacer foco en el gasto del Estado, en las leyes y en la presión tributaria, y no tanto en el sector privado.

Javier Frachi miércoles, 30 de marzo de 2022 · 17:41 hs
Inflación: empresarios voraces y la guerra ruso-ucraniana
Foto: Télam

“Hola, soy del Gobierno nacional y he venido aquí a ayudarle”, es la frase más peligrosa jamás dicha por el ser humano. Al mismo tiempo, cuando las cosas salen mal, las excusas siempre están a la mano. En los últimos días, la política argentina mostró a la luz esas excusas: indicó la existencia de “diablos”, “empresarios voraces” a quienes hay que “hacer entrar en razón”, relacionó el efecto de la guerra ruso-ucraniana en la inflación y, por último, acusó al cerebro de los consumidores argentinos de construir realidades paralelas.

La inflación es una fuente más de financiamiento para satisfacer necesidades electorales y mantener el funcionamiento del Estado (esencialmente sueldos de empleos públicos, obras, subsidios y planes sociales). La elección de este camino supone restricciones al sector privado: mayor pobreza, menor crecimiento, menor inversión y desbarajustes en la toma de decisiones en emprendedores, directivos de empresas y en los financistas del emprendedor y las empresas

Este artículo pretende hacer foco en dos cuestiones: demostrar que la inflación no se puede explicar por la suba de precios en las materias primas a causa de la guerra en Ucrania; y la inexistencia de empresarios que gozan del abuso.  

La inflación no puede ser explicada por una suba de precios en las materias primas básicas como trigo, maíz, arroz, petróleo, gas, agave, madera, entre otros, ya que los consumidores no ahorran su dinero en barriles de petróleo, glicerina, MIT, butano, kilos de grasa animal o zinc. El consumidor toma contacto con ellos a través de un producto final: botella de whiskey, gaseosas, labiales, cremas de belleza, aerosoles, lubricantes, alfajores, galletas, etc.

En tal sentido los datos empíricos son demoledores. La correlación entre una serie histórica de precios de materias primas (madera, aluminio, petróleo, fertilizantes, etanol, gas, cobre y algodón) y un índice de inflación desde 1950 a 2018 demuestra que la inflación y las materias primas no tienen asidero en una charla coherente. Es decir, de las siete materias primas mencionadas ninguna obtuvo un 100% de correlación con la medición de la inflación. El máximo valor obtenido fue 25%, un valor insignificante. Por tanto, la causa de la inflación es la emisión monetaria para financiar al Estado.

En relación a las empresas, la inflación se hace presente en tres momentos: cuando compran y abonan la mercadería que usan para fabrican sus productos, luego cuando abonan los salarios de los empleados que hacen posible que un negocio funcione y cuando hay fuertes depreciaciones de las monedas donde operan en relación a la moneda contable.

En tal sentido, cada negocio tiene mayor o menor necesidad de componentes para lograr un producto final. A modo de ejemplo, L’Oreal y Esté Lauder (productos que cientos de mujeres argentinas conocen) utilizan más de 1.600 ingredientes activos para llegar a vender un maquillaje o un perfume que enamore. Estos ingredientes son transportados desde varios lugares del mundo por barco, tren o camión hasta las plantas de producción; desde donde se despachará un producto transformado (gracias a los conocimientos de la química) para ser consumido.

En las empresas la inflación tiene dos vertientes: precio de los materiales básicos y costo del transporte. En el sector de consumo masivo una supone el 60% y la segunda el 40% de los costos de producción. En el sector de comidas rápidas, los precios impresos en el menú se explican en un 40% por el costo de la comida (materia prima) y sueldos a empleados (60%).

Hoy transportar mercadería desde Asia (la fábrica del mundo) en barco cuesta un 75% más que hace dos años: alquilar un solo contenedor pequeño de 40 pies sale $16.000. Luego, transportar la mercadería por tierra cuesta $3 dólares por kilómetro. Ambos aumentos se deben a la falta de trabajadores y los cierres temporales por los rebrotes de COVID. En conjunto ocasionaron cuellos de botella en el despacho desde los puertos de Shanghái, Shenzhen, Hamburgo, Los Ángeles y faltante de productos en varias partes de Estados Unidos, Europa y América Latina. Menos oferta equivale a precios más caros.   

En relación a este aspecto, los directivos de empresas de transporte marítimo y tierra como Seko Logistics, Fedex, United Parcel y Werner Enterprises comentaron en presentaciones a inversores que estiman una normalización de los despachos para el año 2023 o 2024. No es por falta de ganas, no es posible sumar –fabricar- nuevos barcos para transportar mercadería ni tampoco es factible aumentar la productividad, de una semana a la otra, de los puertos.

Para responder la segunda cuestión planteada en la introducción (la voracidad empresaria) es preciso hacer un juego considerando que hay inflación de 5%. Hay dos empresas, una denominada “A” y otra “B”. Ambas venden sus productos por $100, a una la mercadería le cuesta $34 y a la otra $55.

La única diferencia entre ambas es el margen bruto, en una es 66% y en otra 45%. Es decir, una manufactura una lapicera por $34 que vende por $100 mientras que “B” lo hace por $55 y vende por los mismos $100.

De repente la inflación marca estar en 5% anual. A la empresa “A” fabricar la lapicera le costará $36 mientras que a “B” $58 ($55 x (1+5%)). Al final del camino, asumiendo que ambas empresas pueden pasar la inflación al cliente, ¿cuánto tienen que aumentar el precio de la lapicera? La empresa “A” tendrá que aumentar 7% mientras que la competidora deberá incrementar un 20%, la empresa “A” deberá generar ventas por $107 y “B” por $120.  En general las empresas con márgenes brutos muy altos tienen dos ventajas: pueden pasar costos al cliente y les resulta menos traumático. L´oreal es un ejemplo de la empresa “A”, mientras que Kellogs es idéntica a la empresa “B”.

Ni “A” ni “B” quieren aumentar precios, tampoco les resulta sencillo hacerlo. Esencialmente por dos razones: perderían cuota de mercado (el consumidor dejaría de comprarles, se irían a otra marca) y, en segundo lugar, quien compra el producto para revenderlo es un tercero (supermercado, tienda, shopping, almacén, etc.) ¡El gerente de compras de un supermercado se opone a todo incremento de precios porque la gente dejará de visitar su predio!

¿Cuáles son los productos que motivan a un consumidor ir al supermercado? Los productos lácteos. Ningún gerente de compras quisiera ofrecer a su clientela precios más altos por los productos que son el gancho para que visite su negocio, donde buscará que gaste dinero adicional en otros productos y servicios que le dejan mayor margen a vender leche y queso.

Si un gobierno coloca a dedo precios de venta de cada producto (mayonesa, detergente, leche, pan, arroz, etc.) y la inflación continúa ascendiendo ocurrirán dos fenómenos. Por un lado la rentabilidad del negocio (medida por el retorno al capital) caerá por debajo del costo de pedir plata para prestada para mantener el negocio funcionando (costo de capital). Por otro lado, cuando ésto ocurre los negocios cierran.

Si se quiere bajar la inflación hágase foco en el gasto del Estado, en las leyes, en la presión tributaria y no tanto en el sector privado. Los últimos ante los incentivos correctos buscan resolver problemas y satisfacer necesidades al mejor costo posible, con la mayor innovación disponible.

*Javier Frachi es Analista de Mercados y Magister en Finanzas de la Universidad Torcuato di Tella

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