Ídolo de barro
En la hosteria donde paramos con mi familia hay un conserje como los de las películas. Bigotito, uniforme, mate con manija siempre cebado y escobillón cercano. Su combo de amabilidad y el portraretrato futbolero que decoran la recepción son un convité a intentar sacarle charla en ese trajín de ingreso y salida, aún en los primeros días sin éxito.
La foto que tiene a sus espaldas es la de un tipo en blanco y negro. Espigado, de fina estampa, pantalón con el 10, cancha de tierra. Al pasar me es imposible distinguir de qué equipos se trata. Fondo oscuro y banda ancha horizontal a la altura del pecho. Algo así como la de Boca, pero no es la de Boca. Por eso pienso que debe ser un jugador del montón, como yo, pero éste con una autoestima importante para inmortalizarse en plena recepción, detrás del mesón de madera, más allá del timbre plateado.
Al tercer día no hay ansiedad que aguante. Fueron dos intentando descifrar si el tipo era jugador posta o si era de los que quedamos a mitad de camino, entre la maraña de inferiores y el olimpo de Primera. Por eso al llegar de la calle tras un largo día de excursión lo crucé:
-Maestro ¿Ese es usted?, señalándo con el mentón la foto de sus espaldas.
-Claro, pibe, quién te creés.
La respuesta ya es de tipo distinto, de desfachatado. Dejé el bolso a un costado y a mi hija al pie de la escalera con las indicaciones para llegar si perderse a la puerta del departamento, y volví al mostrador. Primero, un mate, paso clave para saber si es futbolero posta o un tipo de lengua larga con atisbos de buen vendedor. El amargo, humeante, era una delicia. Uno a cero.
La charla nació sola, en realidad su monólogo. Me contó que arrancó en las inferiores de Tigre y que jugaba de 10 ("Ni enganche, ni media punta, ni esos términos de ahora, nene. Diez, como los de antes"). Que a los 17 años ya jugaba en Primera y que en el 81 era la figura de ese equipo en el pedregoso ascenso nacional.
Me dijo, también, que nació en el 62 y le tocó la Colimbia, con la mala suerte de no ser número bajo ("El día del sorteo estaba en la escuela. Jugábamos el domingo el clásico con Platense. Yo, en ese entonces, estaba en quinto año y cuándo escuché las terminaciones del documento, me puse a llorar. Me puse a llorar porque pensé, antes que nada, en mi vieja").
El resto es lo que yo creía que iba a pasar pero no me animé a interrumpirlo, mucho menos para decir la palabra "guerra". Claro que el derrotero la puso, como acto obligado, en contexto. Fue a Malvinas pero de una manera especial porque se había ido de la Colimbia de baja y lo llamaron para reincorporarse una vez que había terminado el Servicio Militar Obligatorio ("Yo ya era jugador de Primera y me tocó volver. ¿Te imaginás?).
Cuando detalló la despedida con sus viejos en Campo de Mayo, el tipo casi quebró. ("Mirá que han pasado casi 50 años pero hay cosas a las que el tiempo parece no alterarlas en lo más mínimo"). Ese abrazo con los suyos a través del alambrado, ya con el fuselaje cargado y el casco puesto fue la postal que cargó en cada una de esas frías noche que siguieron a su infierno.
Claro que volvió, por eso el tipo está ahí, contándome un relato aterrador en primera persona, del otro lado del mostrador ("Por eso cuándo comparan el fútbol con la guerra... la guerra es otra cosa, pibe. No es Maradona, ni el gol a los ingleses, ni el relato de Víctor Hugo. La guerra no es una revancha, ni una segunda oportundiad para ganarle en algo a ellos. Tampoco es afanarle a los que te afanaron primero. -¿Qué calienta un pedazo de tierra?- Las analogías con gestas heroicas deportivas entorpecen y hasta tapan un mérito que no es nuestro. Nosotros, los ídolos de barro, los del hambre, el frío y el miedo no estamos en las fotos ni en los pósters, tampoco en estos retratos como éste. Ese de ahí era yo. Eramos yo y mis sueños de futbolista, en verdad. Después ya no más. Ni yo, tampoco mis compañeros. Nosotros, digo. A nosotros, Dios nos soltó la mano. No hay Shilton a quién burlar. Hay mate y hay días. Hay lo que resta, hace 50 años.
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