Por qué la educación financiera debería ser materia obligatoria
Los jóvenes egresan del secundario sin saber manejar créditos, intereses o ahorro. Expertos plantean incorporar educación financiera desde la escuela.
Como contenido obligatorio y con espacio curricular propio, desde los primeros años del nivel inicial hasta el final de la secundaria
Archivo MDZAna tiene 16 años, cursa quinto año y sabe resolver una ecuación de segundo grado, pero no sabe qué es una tasa de interés compuesto ni por qué un préstamo "en 12 cuotas fijas" puede terminar costando el doble. Su caso no es una excepción: es la norma. Según la última evaluación PISA de la OCDE sobre educación financiera, apenas el 8% de los estudiantes en todo el mundo alcanza el nivel más alto de competencia, el que permite analizar productos financieros complejos y resolver problemas no rutinarios.
La mayoría egresa del secundario sin las herramientas mínimas para leer un resumen de tarjeta de crédito, comparar un plan de ahorro o entender qué significa endeudarse. La pregunta que empieza a instalarse en ministerios de educación, bancos centrales y organismos internacionales es simple: si la escuela obligatoria forma ciudadanos para votar, trabajar y convivir, ¿por qué no los forma también para administrar su dinero?
Un problema que no distingue fronteras
Los datos de PISA 2022 muestran que solo siete países o economías —Austria, la comunidad flamenca de Bélgica, varias provincias canadienses, Chequia, Dinamarca, Países Bajos y Polonia— superaron el promedio de la OCDE en esta materia. El resto se ubica por debajo, y las brechas internas son más preocupantes que el promedio general: en todos los países con datos válidos sobre nivel socioeconómico, los estudiantes de familias más acomodadas obtuvieron resultados significativamente mejores que los de contextos desfavorecidos. La educación financiera, lejos de ser un tema neutro, reproduce y profundiza desigualdades que ya existen fuera del aula.
En América Latina el diagnóstico es todavía más crudo. Relevamientos muestran que en Colombia el 44% de los jóvenes de entre 18 y 25 años no ahorró nada en el último año, y el 58% admite que no podría afrontar un gasto imprevisto sin pedir dinero prestado o recurrir a la ayuda de otros. En México, solo el 13% de los jóvenes guarda una parte de sus ingresos, mientras que el 30% los destina a comida, tecnología, ropa y entretenimiento sin ningún criterio de planificación. En Chile, siete de cada diez adolescentes reconocen tener dinero de forma regular, pero gastarlo apenas lo reciben. No se trata de falta de recursos, sino de falta de herramientas para decidir qué hacer con ellos.
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El dato que más incómoda: la casa no alcanza
Un hallazgo de PISA aporta un matiz importante al debate: los estudiantes que hablan de dinero con sus padres, aunque sea semanalmente, obtienen en promedio 12 puntos más en las pruebas de educación financiera que quienes nunca lo hacen. Es una prueba de que el entorno familiar importa. Pero también es, precisamente, el argumento más fuerte para llevar el tema a la escuela: no todas las familias tienen el conocimiento, el tiempo o la estabilidad para transmitir esos hábitos, y delegar la educación financiera exclusivamente en el hogar es, en los hechos, delegarla en el azar de haber nacido en una casa donde se habla de plata con naturalidad.
Varios investigadores señalan otro factor clave: el comportamiento financiero de los jóvenes está tan influido por el conocimiento técnico como por variables emocionales y sociales —la situación familiar, la inestabilidad laboral, la ansiedad frente al futuro—. Por eso, cada vez más especialistas proponen que los programas no se limiten a explicar qué es una tasa de interés, sino que incorporen principios de economía del comportamiento: recordatorios, compromisos de ahorro, opciones por defecto que empujen suavemente hacia decisiones más sanas. Enseñar finanzas, en otras palabras, no es solo transmitir contenido: es entrenar un hábito.
Argentina, entre el diagnóstico y los primeros pasos
El caso argentino ilustra bien el estado incipiente de la discusión regional. Desde 2022 existe un Plan Nacional de Estrategia Financiera (PNEF), impulsado conjuntamente por la Dirección Nacional de Inclusión Financiera y Financiamiento Social, la Comisión Nacional de Valores, el Banco Central y el Instituto Nacional de Formación Docente, que traza nueve líneas de acción para incorporar contenidos financieros en el nivel secundario. La estrategia apunta, en una primera etapa, a incluir temas de organización y planificación financiera, opciones de inversión y ahorro, y derechos del consumidor dentro de materias ya existentes como Economía, Ciencias Sociales o Formación Ética y Ciudadana. Provincias como Córdoba y Salta ya reportan experiencias piloto en sus escuelas secundarias.
Es un avance, pero todavía funciona como un contenido transversal e injertado en asignaturas que persiguen otros objetivos, no como un espacio curricular propio con carga horaria garantizada. La diferencia no es menor: lo que no tiene una hora fija en el horario escolar, en la práctica, queda a merced de la buena voluntad de cada docente y de cuánto tiempo le sobre después de cubrir el programa oficial de la materia que sí se evalúa.
Formar ciudadanos, no solo alumnos
El argumento de fondo excede lo económico. Una persona que no entiende cómo funciona un crédito, una tasa de interés o un seguro no solo toma peores decisiones de consumo: queda más expuesta al sobreendeudamiento, a esquemas de estafa financiera y a la exclusión del sistema bancario formal, con todo lo que eso implica en términos de oportunidades. No es solo un saber teórico como que es una moneda (al que tampoco pueden definir), es una habilidad social muy importante. En sociedades donde el acceso al crédito, la informalidad laboral y la inflación son parte del paisaje cotidiano —como ocurre en buena parte de América Latina—, no saber leer las reglas del juego financiero equivale a jugar con una desventaja estructural.
Incorporar la educación financiera
Como contenido obligatorio y con espacio curricular propio, desde los primeros años del nivel inicial hasta el final de la secundaria, no resolvería por sí solo la desigualdad económica. Pero sí achicaría una brecha que hoy la escuela, sin proponérselo, ayuda a perpetuar: la que separa a quienes aprendieron sobre dinero en su casa de quienes nunca tuvieron esa oportunidad. Enseñar a leer un contrato de préstamo debería ser, en 2026, tan poco discutible como enseñar a leer un texto. Es decir, tener la competencia de leer económica y financieramente la realidad y actuar sobre la misma.
* Mg. Juan Manuel Ribeiro, especialista en educación.