¿Hay que hacer todo para envejecer bien? Pesas, proteínas, yoga, skincare y suplementos.
Cuidar la salud es importante, pero vivir más y mejor también implica disfrutar el presente y no transformar el bienestar en una lista interminable de tareas.
Quiero disfrutar los años que estoy intentando prolongar.
Archivo.Últimamente tengo la sensación de que envejecer después de los 50 se está convirtiendo en un trabajo de tiempo completo. Si realmente quisiera cumplir con todo lo que leo, escucho y me recomiendan para llegar estupenda a los 80, probablemente tendría que dejar varias actividades para tener tiempo suficiente para ocuparme de mi longevidad.
La mañana podría comenzar tomando agua, porque a esta altura todas sabemos que tenemos que estar bien hidratadas, aunque todavía no terminé de entender si son dos litros, tres, si cuenta el café o si el café, en realidad, me obliga a tomar todavía más agua. Después llega el desayuno, que debería tener suficientes proteínas para preservar la masa muscular, mientras intento recordar si ya tomé la vitamina D, si el magnesio era mejor a la noche y qué había decidido finalmente sobre el colágeno. Después llega el momento de mover el cuerpo y ahí se abre otro universo. Caminar es maravilloso, pero parece que ya no alcanza: necesitamos hacer fuerza para conservar los músculos, ejercicio aeróbico para cuidar el corazón, yoga o meditación para manejar el estrés, stretching para mantener la flexibilidad y, si fuera posible, bailar, porque además de divertirnos hace bien al cuerpo, al cerebro y al estado de ánimo.
Cuidarse también puede agotar
Todo esto, por supuesto, deberíamos incorporarlo tratando de no estresarnos, porque el estrés tampoco es bueno. A esta altura de la mañana ya estoy agotada de intentar tener una vejez saludable y todavía no llegué al skincare. El cuidado de la piel, que alguna vez consistió en lavarse la cara y ponerse una crema, se transformó en una disciplina que requiere cierto nivel de especialización. Limpieza, sérum, vitamina C, ácido hialurónico, hidratante y, por supuesto, protector solar. A la noche aparece el retinol y hay que recordar qué productos pueden combinarse y cuáles jamás deberían encontrarse sobre nuestro rostro. Cuando creemos haberlo entendido, descubrimos las rutinas coreanas y empezamos otra vez. Después están los suplementos: magnesio, omega 3, vitamina D, colágeno, probióticos y alguna cosa más cuyo nombre probablemente aprenderemos la semana próxima. Un profesional recomienda algo, otro lo relativiza, una amiga asegura que desde que lo toma duerme como cuando tenía veinte años y el algoritmo nos ofrece un video titulado “Cinco suplementos que toda mujer mayor de 50 debería tomar”.
Y todavía falta comer bien, mantener un peso saludable, dormir lo suficiente, cuidar los huesos, atender los factores de riesgo cardiovascular, estimular el cerebro, tener proyectos y conservar buenos vínculos. Por supuesto, además de todo lo anterior, hay que disfrutar. Siempre disfrutar. Otra obligación. En algún momento aparece una pregunta bastante elemental: ¿de verdad tengo que hacer todo esto? Porque quiero cuidarme. Quiero conservar mi autonomía, sentirme fuerte, prevenir aquello que pueda prevenirse y llegar a los próximos años con la mejor calidad de vida posible. Hoy tenemos conocimientos que generaciones anteriores de mujeres muchas veces no tuvieron, y sería absurdo desaprovecharlos. Pero también me pregunto en qué momento el autocuidado comenzó a parecerse a una lista interminable de obligaciones y cuándo la idea de vivir más y mejor empezó a exigirnos tanta dedicación que casi necesitamos hacerle un lugar propio en la agenda.
El nuevo mandato de envejecer bien
Durante mucho tiempo reclamamos, con razón, que se hablara más de menopausia. Queríamos información, investigación y profesionales capaces de acompañarnos en una etapa que durante generaciones quedó escondida detrás de un “son cosas de la edad”. Hoy sabemos mucho más sobre nuestros huesos, músculos, corazón, sueño y los cambios que atraviesa nuestro cuerpo. Es un avance enorme. El problema es que, junto con esa información valiosa, llegaron las redes sociales, los algoritmos, las tendencias de bienestar y una enorme vidriera de productos, tratamientos y hábitos que prometen ayudarnos a vivir más y sentirnos mejor. Así corremos el riesgo de construir un nuevo mandato: envejecer correctamente. Fuertes pero delgadas, activas pero relajadas, productivas pero sin estrés, conectadas socialmente, emocionalmente equilibradas e intelectualmente curiosas. Y, si queda algún espacio libre en la agenda, felices.
Sin embargo, sería un error burlarnos de todo lo que hoy sabemos. Muchas recomendaciones tienen evidencia y motivos importantes. La actividad física regular ofrece beneficios para la salud cardiovascular, metabólica, mental y funcional. Pero hay algo mucho menos intimidante que muchos mensajes de las redes: cualquier cantidad de actividad es mejor que ninguna y podemos comenzar de a poco. De a poco. Después de tanta optimización, la expresión resulta casi revolucionaria. Quizás la dificultad no esté en todo lo que sabemos, sino en la facilidad con la que una recomendación puede convertirse en obligación. Saber que algo puede hacernos bien no significa que debamos incorporarlo mañana junto con otras quince cosas.
El nuevo mandato de envejecer bien
Me gusta pensar en las puertas abiertas. Tener alternativas y herramientas es una forma de libertad, pero también lo es poder decidir por cuál queremos entrar. No necesitamos atravesarlas todas al mismo tiempo. Habrá una mujer que necesite recuperar fuerza, otra que tenga pendiente un control médico, alguna que quiera mejorar su descanso y otra que descubra que volver a bailar le devuelve una alegría que había olvidado. Ninguna necesita convertirse en experta en nutrición, musculación, mindfulness, dermatología y suplementación. Queremos vivir más, por supuesto, pero sobre todo queremos vivir mejor. Y esos años futuros que intentamos proteger se construyen precisamente con los años que estamos viviendo ahora.
La longevidad también necesita presente
Necesita que cuidemos nuestro cuerpo y nuestra salud, pero también que podamos disfrutarlos sin evaluarlos permanentemente. Que escuchemos a nuestros médicos, incorporemos hábitos posibles en lugar de perseguir rutinas perfectas y, frente al nuevo suplemento, crema o tratamiento que parece imprescindible, podamos preguntarnos si realmente lo necesitamos. Quizás de eso se trate esta etapa: no de hacer todo lo que está disponible, sino de desarrollar el criterio para elegir qué vale la pena para cada una. Yo quiero aprovechar todo lo que hoy sabemos sobre menopausia, salud y envejecimiento. Quiero tener músculos fuertes, cuidar mis huesos, conservar una cabeza curiosa, disfrutar de buenos vínculos y tener muchos años por delante, aunque todavía no haya logrado resolver definitivamente qué hacer con el colágeno.
Pero también quiero disfrutar los años que estoy intentando prolongar. Quiero bailar porque suena una canción que me gusta, tomar un café sin preguntarme qué efecto tendrá sobre el cortisol, salir al sol con mi protector sin sentir que estoy cometiendo un delito dermatológico y quedarme alguna noche en casa sin preocuparme porque ese día no contribuí suficientemente a mi longevidad social. Hay muchas puertas abiertas y seguramente seguirán apareciendo otras. Algunas serán importantes, otras interesantes y unas cuantas podrán esperar.
Vivir más, disfrutar mejor
Tal vez mañana atraviese otra. Hoy, con una, me alcanza. Porque sí, quiero llegar estupenda a los 80, pero también quiero llegar contenta al domingo.
* Daniela Rago. Lic. en Psicopedagogía y Relaciones Públicas. Creadora del Movimiento Mujeres 5.0. Este artículo tiene fines informativos y de reflexión, y no reemplaza la consulta con profesionales de la salud.
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