El hambre que se mira pero no se ve: crónica desde la Feria de Guaymallén
En la Feria de Guaymallén, uno de los mayores mercados cooperativos frutihortícolas de Mendoza, se desarrolla una escena que estruja el estómago. Entre el ir y venir de compradores y vendedores, cargas y descargas de camiones, se observa a hombres, mujeres y jóvenes hurgando entre los desechos en busca de frutas y verduras que ya no pueden comprar.
La escena parece una ficción en la que dos realidades conviven pero no se ven y no se tocan. Puesteros y compradores que transitan por la feria fingen demencia ante la crueldad del hambre que está ahí, presente, y que para ellos ya se convirtió parte del paisaje. Siguen la normalidad de su día y su vida como si las personas que buscan algo de comida entre los desechos para llevar a sus casas y alimentar a sus hijos o nietos no existieran o fueran fantasmas que deambulan por ahí.
Verduras medio marchitas, frutas con leves magulladuras, que ya no son aptas para la venta pero que aún pueden servir para llenar una olla vacía se convierten en un recurso preciado en un mar de necesidades. Osvaldo Sedeño, un hombre de 87 años, jubilado con la mínima y a cargo de dos jóvenes se encontraba acomodando su carrito hecho con cajones de verdura. “No podemos seguir así”, expresa en una charla con MDZ.
“Yo vengo acá cada tanto y como no llego a buscar en los contenedores, recojo lo que encuentro en el piso”, cuenta con tristeza. Osvaldo, es parte de esos 19 millones de personas que se encuentran por debajo de la línea de pobreza, de acuerdo a lo que reveló el informe del Indec sobre el último semestre del 2023. “Tengo 87 años, soy jubilado de la mínima y este Gobierno no nos ayuda en nada. Un repollo chiquitito sale $3.000, es imposible comprar comida así”, afirma con la voz quebrada.
Las personas como Osvaldo se aferran a la esperanza de encontrar algo que los ayude a alimentar a sus familias. Detrás de su rostro desesperado se esconde toda una historia de vida y de trabajo que no es reconocida. Familias enteras, como la de este hombre jubilado, han caído en la pobreza extrema, miles de trabajadores que han perdido sus empleos y pensiones ya no alcanzan para cubrir las necesidades básicas, con una inflación interanual récord que en febrero cerró en 276,2%, superando a El Líbano (177%) y Venezuela (85%).
La Feria de Guaymallén se convierte así en un símbolo de la profunda crisis socioeconómica que azota a Argentina, donde el hambre acecha en cada esquina. “Acá adentro no hay cuerpo que aguante. No sabemos si cerramos ahora o la semana que viene”, cuenta Daniel Moretti, encargado de un puestito chico de paltas. “Cada vez se ve más gente que viene a buscar comida”, afirma el puestero.
En este lugar, donde debería reinar la abundancia aparece lo más descarado de la pobreza. No están buscando productos en oferta; están buscando alimentos que los puesteros han descartado, pero que aún son aptos para el consumo humano. Y ante eso, el entorno de la feria -que también vive la crisis y una baja en las ventas de aproximadamente un 50%, de acuerdo a la información que ofrece un puestero a MDZ- es completamente indiferente.
A tal punto, que una mujer mayor se acerca a un contenedor porque ve que una puestera está por descargar un cajón repleto de lechuga, le extiende las manos esperando un gesto de solidaridad y la otra mujer, sin mirarla siquiera, arroja todo al vacío. No puede ni pensar que lo que para ella es descarte, para la otra puede significar alimento, calmar el dolor que genera la panza vacía.
Mientras tanto, los puesteros más grandes continúan descartando enormes cantidades de alimentos, atrapados en un sistema que privilegia la ganancia por encima de la solidaridad y el sentido humano. “Los que producen y son chacareros, no tienen problemas”, asegura Moretti.
Si algo está claro es que la indiferencia no parece ser la salida a esta enorme crisis socioeconómica en la que está inmersa casi la mitad de la Argentina.
