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Educación: las escuelas privadas católicas ante los cambios de la modernidad

Las identidades de las escuelas católicas pueden también tomar formas que, a veces, podrían desvirtuar su ser y su misión.

En la actualidad la escuela católica se encuentra no en una “época de cambios, sino en un cambio de época". Por eso, la reflexión de la Iglesia sobre las escuelas, enmarcada en las nuevas coordenadas que le señala el magisterio educativo del papa Francisco señala una bitácora muy clara sobre la identidad de las escuelas católicas en el comienzo del tercer milenio. En febrero de 2022, la Congregación para la educación católica, fruto de bastante tiempo de reflexión y a la luz del magisterio del papa Francisco dio a conocer un documento llamado “La identidad de la escuela católica para una cultura del diálogo”.

Esta instrucción dirigió la mirada a lo más medular de la educación católica, la problemática de la identidad de la escuela católica. Utilizo la palabra problemática ya que la identidad y la coherencia con la misma es hoy día una cuestión crítica.

Hace algún tiempo un joven teólogo argentino se preguntaba en un artículo: “¿hasta dónde se estira la identidad católica?”. Hoy podemos encontrarnos con personas o instituciones que pueden llamarse católicas, al menos nominalmente, no solo sin sostener un proyecto educativo cristiano sino hasta en algunas cuestiones opuesto. Esto, sin dudas, obedece a un clima de época en donde la identidad puede disociarse, hasta tal punto que varios sociólogos de la religión mencionan que existen tres tipos de identidad: la personal, social y colectiva. El primer nivel de identidad respondería ¿a lo qué digo respecto a lo que creo?; el segundo nivel llamado social, ¿a lo qué digo yo dependiendo del ambiente social?, así, por ejemplo, puedo decirme católico pero estar a favor de la eutanasia para estar en consonancia con el medio social; por último, el nivel colectivo de la identidad en donde respondo a lo que creo pero no en singular sino en plural reconociéndome parte de algo mayor, como católicos de la comunidad creyente, la Iglesia.

¿Hasta dónde se estira la identidad católica?

Ahora bien, comento esto a modo propedéutico para mostrar cómo en la sociedad contemporánea la identidad puede disociarse fácilmente, ser plástica y estirarse hasta los límites que puedan rayar con la misma incongruencia entre lo que decimos ser, lo que decimos respecto a lo que creemos y lo que efectivamente hacemos. Todo esto naturalizado y sin ser vivido como un conflicto interno. Esta disociación que a veces sucede a nivel individual puede acontecer de igual forma a nivel institucional.

Llegados a este punto podemos preguntarnos, ¿qué desafío presenta este documento enmarcado dentro de las enseñanzas del papa Francisco? Respondiendo con las mismas palabras del Pontífice el documento afirma: “no podemos construir una cultura del diálogo si no tenemos identidad”. Es decir, el Papa ofrece las coordenadas para comprender qué tipo de identidad necesitan las escuelas de hoy. El Pontífice señala que “la acción educativa llevada a cabo a través de las escuelas no es una obra filantrópica de la Iglesia para apoyar una necesidad social, sino una parte esencial de su identidad y misión" (nro.10).

El Papa ofrece las coordenadas para comprender qué tipo de identidad necesitan las escuelas de hoy.

Los estudiosos de la pastoral educativa mencionan cuatro tipos de escuelas, que, a modo de ejemplo, podrían darse en la actualidad. Podemos pensar una escuela que llaman monocromática, es decir, de católicos para católicos, con una enseñanza de la fe apologética y sin buscar puentes de diálogo y de encuentro con la cultura y el mundo actual. Este tiempo de escuelas entiende el entorno como una amenaza de la cual debe preservarse. El acento esta en conservar intacto el depósito de la fe y la doctrina, pero sin dialogar, a lo más antagonistamente para mostrar los errores de la cultura actual.  

Luego mencionan, un tipo de escuela que llaman incolora, son aquellas cuya identidad se ve diluida o descolorida, la dimensión religiosa lejos de ser transversal queda resguardada, en el mejor de los casos, al ámbito de una asignatura, y lo pastoral se reduce a actividades de tipo filantrópicas o sociales. Son escuelas que no antagonizan, pero tampoco ponen en diálogo la fe y la cultura. La dimensión religiosa pasa desapercibida, no influyen ni positiva ni negativamente en la vida espiritual de los alumnos

El tercer tipo de escuelas es la que llamamos multicolor, donde la enseñanza religiosa y la pastoral forman parte de una nutrida oferta pedagógica de la escuela, pero no destacan por dialogar con las demás áreas del curriculum. Es una escuela que pone en pie de igualdad todas las creencias, enfatiza lo axiológico y solidario, pero sin vincularlo con la fe. 

El acento esta en conservar intacto el depósito de la fe y la doctrina.

Por último, el tipo de escuela al que creo apunta el documento y el Papa, es la escuela dialógica, aquella en donde lo católico se vive en profundidad, pero en diálogo ecuménico e interreligioso con otras visiones. Una escuela con espíritu conciliar, tomando lo mejor de documentos como Gaudium Spes, en la relación de la Iglesia con el mundo. Los colegios dialógicos, citando el documento, serían los que: “conciben las escuelas no tanto como instituciones sino como “comunidades”, es decir, lugares donde se gesta la Cultura del Encuentro, y en donde los católicos, pueden recibir las distintas realidades multiculturales y multireligiosas en una convivencia pacífica en donde aprenden unos de otros.

El documento magisterial cita genialmente al Papa Francisco, mostrando el horizonte de la identidad dialógica de la escuela católica cuando afirma: “El Santo Padre ha dado tres indicaciones fundamentales para favorecer el diálogo, el deber de la identidad, la valentía de la alteridad y la sinceridad de las intenciones. El deber de la identidad, porque no se puede entablar un diálogo real sobre la base de la ambigüedad o de sacrificar el bien para complacer al otro. La valentía de la alteridad, porque al que es diferente, cultural o religiosamente, no se le ve ni se le trata como a un enemigo, sino que se le acoge como a un compañero de ruta, con la genuina convicción de que el bien de cada uno se encuentra en el bien de todos. La sinceridad de las intenciones, porque el diálogo, en cuanto expresión auténtica de lo humano, no es una estrategia para lograr segundas intenciones, sino el camino de la verdad, que merece ser recorrido pacientemente para transformar la competición en cooperación”. El documento citando al papa Francisco en otra admirable intervención recuerda que “educar es apostar y dar al presente la esperanza que rompe los determinismos y fatalismos con los que el egoísmo de los fuertes, el conformismo de los débiles y la ideología de los utópicos quieren imponerse tantas veces como el único camino posible”.

El Santo Padre ha dado tres indicaciones fundamentales para favorecer el diálogo, el deber de la identidad, la valentía de la alteridad y la sinceridad de las intenciones.

En fin, en el magisterio de Francisco se propone una escuela dialógica, con católicos dialógicos para una cultura dialógica del encuentro. Como recordaba el papa Francisco hace 12 años: “El modelo no es la esfera, que no es superior a las partes, donde cada punto equidista del centro y no hay diferencias entre un punto y otro. El modelo es el poliedro, que refleja la confluencia de todas las parcialidades que en él mantienen su originalidad” (EG. 236). Lo que significa que la escuela dialógica tampoco tiene un formato uniforme ni homogéneo, sino que irá tomando forma en cada contexto cultural. La unidad en la diversidad queda expresada en la figura del poliedro. El diálogo en las coordenadas propuestas por sucesor de Pedro en nada sacrifica la identidad, ni la licua ni la disuelve sino por el contrario, la fortalece sin partir de la confrontación sino a través de un diálogo con mansedumbre evangélica.

La escuela católica dialógica tiene la tarea de resignificar con fidelidad. La fidelidad hoy tiene un nombre y una tarea: “resignificar”. Resignificar según el diccionario: “refiere al proceso de otorgar un nuevo sentido o significado a algo. Se trata de darle una nueva interpretación o comprensión a algo que ya existe, ya sea un acontecimiento, una experiencia, una conducta o incluso un concepto. La resignificación implica cambiar la forma en que se percibe o se entiende algo, desde una nueva perspectiva o comprensión desde el presente”. 

Cuando con el Concilio Vaticano II se cambió la liturgia y se comenzó a celebrar la Eucaristía en lengua vernácula no solo se cambió el lenguaje sino una actitud, en la misa en latín se estaba de espaldas al pueblo y al mundo, no solo el sacerdote sino me animo a decir gran parte de la Iglesia. Resignificar es, por lo tanto, no darle la espalda al pueblo y al mundo. La fidelidad al Evangelio y al depósito de la fe nada tiene que ver con el “formol”, lo que está en “formol” no tiene vida, ni tampoco con la “naftalina” que habla de algo bien guardado y preservado de las polillas. La fidelidad tiene que ver con resignificar, buscar nuevos lenguajes y nuevos caminos, crear puentes de diálogo desde una identidad clara pero abierta a los nuevos desafíos de educar en el siglo XXI.

La escuela católica dialógica tiene la tarea de resignificar con fidelidad.

En la escuela dialógica, aun los no creyentes o los practicantes de otros credos, terminan conociendo y apreciando la “fe católica” que se abre a la universalidad sin perder su identidad. 

* Mg. Juan Manuel Ribeiro, especialista en educación.