Cada médico nos inspira la esperanza

Cada médico nos inspira la esperanza

Cada día en que se recuerda una profesión, cualquiera que sea, se lustra esa medalla que cuelga en el pecho de cada uno: la satisfacción de trabajar en lo que nos gusta. Trabajar en aquello que nos enorgullece. Leandro Rodríguez Lastra celebra su día en MDZ.

Leandro Rodriguez Lastra

Hoy es el turno de nosotros, los médicos. Cuando pienso en el sacrificio que implica llegar a recibir ese título honorable, brilla más que el sol esa medalla que llevo engarzada en el esternón, ese hueso meridiano del tórax, que protege ese noble órgano incansable que lleva a cada célula de nuestro cuerpo ese fluido misterioso que puede ser salvación o cicuta, de acuerdo al modo en que enfrentemos la vida.

Aquel sueño primario, en el que abundaban la alegría por ayudar al sufriente; la emoción al ver que la dura mueca de dolor muta hacia un gesto de alivio; el logro de vencer una enfermedad que pone en peligro la salud de nuestros pacientes; y tantas otras manifestaciones de felicidad, parecen difumarse en la densa bruma de una realidad en la que la formación profesional se consigue en regímenes cercanos a la esclavitud; los honorarios miserables semejan la limosna vil cuando los comparamos con otros trabajos; el desprecio de una sociedad tan víctima como nosotros de la perversidad de un sistema de salud que castiga al
prestador y sacrifica al necesitado.

Doctor Leandro Rodríguez Lastra

Debemos sumarle a todo esto, el reciente afán de perseguir la noble tarea del cuidado de la vida y la salud mediante la falsa premisa de considerar que los actos médicos son guiados por supuestas valoraciones personales. Cómo olvidar la implementación de leyes contrarias a la formación médica, cuyo salvajismo es disimulado por cuestionables ardides ideológicos que defenestran el sagrado derecho a la objeción de conciencia.

Sin embargo, no hay condena que alcance a teñir el inmaculado afán de seguir perfeccionando nuestros conocimientos en búsqueda del inalcanzable horizonte que nos permita dar más, siempre más, con el único objetivo de aliviar la dolencia del sufriente. Si cada día el deseo de ayudar es mayor que el de lucrar; si el camino a seguir está consolidado con la inquebrantable fuerza de la dignidad; si el sacrificio justifica la distancia que nos separa por largas horas de la familia; si estamos dispuestos a hacer valorar nuestro trabajo con el invencible blasón de la incorruptibilidad; si no existen diferencias entre el respeto que
tenemos hacia nosotros mismos, nuestros colegas y los pacientes; no será en vano nuestro tránsito por esta noble profesión.
Feliz día y gracias a todos los médicos que honran esta profesión.

No olvidemos a aquellos maestros que tanto nos han enseñado y que, tal vez, ya no podamos saludar.

* Leandro J. Rodríguez Lastra
Médico Tocoginecólogo UBA.
M.N: 135.805

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