La dominación en el lenguaje no verbal: cuando la agresividad no es sólo física

La dominación en el lenguaje no verbal: cuando la agresividad no es sólo física

Detectar una agresión física o verbal no es difícil. Sin embargo, muchas veces no hay conciencia de que un tono de voz, una expresión, un gesto, una mirada, la limitación del espacio personal, la indiferencia y hasta un silencio pueden estar al servicio de un fin agresivo que busca dominar.

Cecilia Ortiz

La violencia se cuela esmeradamente por entre los espacios más sutiles. No basta con un golpe, un maltrato, un insulto. La agresión no verbal puede ser inadvertida para los demás, pero clava su blanco en la víctima deseada, cínica y silenciosamente, germinando miedo y terror. 

El lenguaje no verbal violento es utilizado por personalidades dominadoras y agresivas, con el sólo fin de preservar su poder y controlar a los demás. Es cierto que un golpe o un insulto duelen. Es cierto que un estilo comunicacional amenazante y sancionador es utilizado por un autoritario. Pero es sumamente cierto también que los movimientos, las posturas, los silencios, las miradas, los gestos tienen efecto de transmitir información y pueden imponer miedo.

Tal es el impacto de la agresión no verbal en los vínculos que la Universidad de Iowa, Estados Unidos, desarrolló una investigación en la que se aplicó a un grupo de agentes policiales un inventario destinado a catalogar las señales no verbales que les hacían intuir cuándo un delincuente podía reaccionar de manera violenta físicamente. La mayoría puntuó como significativos ítems como mirada, tono de voz, acercamiento corporal y postura.

Por lo general, la violencia no verbal acompaña y complementa a las violencias verbal y física, pero su existencia no depende de ellas. Suele ser habitual encontrar este estilo de dominación “puro”, por eso resulta fundamental reconocerlo:

a) Mirada: En este tipo de agresores, la mirada resulta sostenida y amenazante, como si pretendieran penetrar en el cuerpo del interlocutor con los ojos.

b) Invasión del espacio personal: No hay respeto de la distancia deseada: se acercan “peligrosa y disruptivamente” mientras hablan.

c) Postura: Extremadamente erguidos, con la frente en alto, “como si miraran desde arriba”. Las posturas tienden a ocupar espacio.

d) Gestualidad: Movimientos ampulosos, con grandilocuencia, amplitud en el despliegue de brazos y manos. A veces, suelen utilizar gestos específicos que sólo la víctima y ellos leen como amenazantes. 

e) Tono y Volumen de voz: El volumen no suele ser elevado, sino más bien bajo, acompañado por un tono tendiente a ridiculizar, irónico, despectivo, burlesco.

Este estilo comunicacional implica una forma de manipular que coloca la responsabilidad y la culpa en el otro y busca anular su realidad y, sostenido en el tiempo, alimenta una emoción de miedo intenso, de tal forma que la víctima puede paralizarse. Además, la necesidad de subsumir al otro, de controlarlo y dominarlo, mina la autoestima, lo que perpetúa el circuito violento.

¿Cómo correrse de esta interacción? 

Hay tres factores que conducen a permanecer en este tipo de vínculo agresivo:

1) “No hablar”: En primer lugar, es necesario cuestionar y reestructurar la creencia “de eso no se habla” que sustenta este tipo de comunicación y que conduce a ocultar y “no reconocer” estas conductas como violentas. Las creencias y secretos nos conducen a interacciones poco saludables, en las que nos exponemos y nos descuidamos.

2) Miedo intenso: El miedo subyacente suele aturdir y bloquear si no es enfrentado, si es intenso, hasta paraliza. La violencia, aunque solapada, está y debe ser desenmascarada. A veces resulta necesario pedir ayuda.

3) Dificultad para gestionar las emociones: La carencia de recursos emocionales, la dependencia afectiva con el agresor, la ausencia de una red de contención que resulte de confianza, interfieren como obstáculos a la hora de solicitar asistencia.

Lic. Cecilia C. Ortiz / Neuropsicóloga – Mgster en Neurociencias / licceciortizm@gmail.com  

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