Cuidado: las etimologías no se inventan
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El conocimiento de la etimología de un vocablo es valioso por muchos factores: en primer lugar, puede ayudar para la ortografía pues nos explica y justifica por qué un término se escribe de determinado modo y no de otro; en segundo lugar, porque toda palabra fue engendrada en un determinado contexto y, luego, a lo largo de su historia, se fue cargando de acepciones en la medida en que esas circunstancias histórico-culturales fueron cambiando. Muchas veces, nos es útil a los docentes para clarificar una explicación o para entender por qué escribimos un término de una manera y no de otra.
Este verbo latino llevaba en su inicio el prefijo y preposición AD que le confería al término el valor de “a, hacia”; por lo tanto, significaba “dedicarse a, entregarse a”. Por consiguiente, “adicción” es la entrega al consumo de una sustancia o a la práctica de una actividad”; conserva esa herencia etimológica y, por ello, se construye, por lo general, con la preposición A: “Su adicción a la droga será difícil de corregir” y “Brindan ayuda a quienes desean eliminar su adicción al cigarrillo”. Sucede lo mismo con el adjetivo ‘adicto/adicta’: “El paciente bulímico
es un adicto a la comida”.
Muy semejante es, en la pronunciación, el término “adición”; su etimología es también latina, “additio”, que significaba “acción de añadir”; en español, conservó ese significado: “La diferencia es la adición del color claro en el centro”. También significa, asociado a la idea de añadidura, “suma” y, en nuestro país, “cuenta que se abona por lo consumido en un restaurante o establecimiento similar”.
El consejo es, pues, no inventar ni forzar etimologías; buscar en diccionarios especializados el verdadero origen o, en su defecto, consultar a quienes pueden asesorarnos con verdadero conocimiento del origen y evolución de los términos.
* Nené Ramallo es la directora del Departamento de Letras, de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNCuyo; es lingüista, especialista en dialectología.