La insólita contrarrevolución educativa que alienta Alberto Fernández

La insólita contrarrevolución educativa que alienta Alberto Fernández

El presidente Alberto Fernández aplaude un modelo educativo basado en consignas, en vez del debate. Mientras tanto, las escuelas reflejan el drama más duro hacia el futuro: una desigualdad enorme sobre la que el Estado debe operar para cambiar.

Pablo Icardi

Pablo Icardi

“La autoridad en un hogar de estudiantes, no se ejercita mandando, sino sugiriendo y amando: Enseñando. Si no existe una vinculación espiritual entre el que enseña y el que aprende, toda enseñanza es hostil y de consiguiente infecunda. Toda la educación es una larga obra de amor a los que aprenden”. La frase pertenece al Manifiesto Liminar de la Reforma Universitaria de 1918, texto que refleja uno de los hechos más trascendentes a favor de la educación pública de la historia. La cita sirve como contraste a lo ocurrido en el aula de la escuela de la Escuela Técnica N°2  de La Matanza, y que fue agigantado nuevamente por la torpeza del presidente Alberto Fernández. Una docente fuera de sí, que grita, anula el pensamiento crítico de los alumnos y baja línea. No tiene sentido generar un escarnio sobre una docente, pero lo grave es la interpretación de quien tiene en sus manos el destino del país: Alberto Fernández aplaudió el método usado, aún a pesar de que desde el propio Gobierno que conduce pensaban otra cosa.

La frivolidad del análisis genera estupor. Para el Presidente lo que se reflejó en el aula era un debate extraordinario, aunque más que un debate era una bajada de línea. No es extraño, pues con la “grieta” como plataforma prima el consignismo reduccionista, antes que la reflexión. La bajada de línea sobre la invitación a construir ideas propias en base a saberes diversos.

No se trata de extremar conceptos y apuntar a una educación inocua de debates políticos y tensiones. De hecho el sistema educativo argentino, que tuvo un desarrollo virtuoso y sin igual en la región, es producto del impulso de provocadores incorregibles, polémicos y con claroscuros; empezando por Domingo Faustino Sarmiento. El gestor de la educación pública argentina fue el primer revolucionario en el área. Exiliado en Chile, aprovechó el impulso que le dieron en ese país para aprender y tomar un modelo educativo para aplicarlo en Argentina. Sí, “importó” docentes, copió parte de las máximas de Horace Mann y también ideas de Francia (de la mano de Francois Guizot) y, con términos que hoy serían motivo de denuncias ante el INADI, buscaba “domesticar” a los “brutos”, aun creyendo que muchos eran “incorregibles”. Polémico, sí. Revolucionario y virtuoso, mucho más: dio los primeros pasos para la educación universal, gratuita, laica y libre. Y lo hizo con las tensiones discursivas, políticas y de gestión que merecía.

El debate de ideas no puede estar ajeno al proceso educativo. Pero sí el burdo intento de imposición de ideas.

Los problemas reales

El problema del Presidente es que no propicia el debate, sino el consignismo de cafetería. Y ocurre mientras a su lado suenan alarmas. La mala gestión de la adecuación del sistema educativo a la pandemia (con escuelas cerradas durante meses sin sentido) profundizó un drama que ya se vivía; una siembra dolorosa cuyas consecuencias aún no se pueden medir.

El dedo apuntador, el gesto menos deseado en el proceso educativo.

Las palabras de Alberto Fernández son representativas de una contrarrevolución educativa, un deterioro que lleva años y se profundiza. Las escuelas reflejan de manera cruel la desigualdad social.

El último informe del operativo Aprender previo a la Pandemia ya lo alertaba. Todos los indicadores marcan que la situación social de los niños y adolescentes es un condicionante para el acceso y el progreso en el sistema educativo. Así, por ejemplo, los adolescente que viven en hogares con mayores ingresos tienen el doble de chances de terminar la secundaria. En 2019 el 91% de jóvenes de los hogares de mayores ingresos había finalizado el nivel; pero solo 43% del grupo de menores ingresos logró terminar. “Se advierte un incremento en los valores de conclusión del nivel de un orden similar desde 2011, las severas brechas socioeconómicas en el cumplimiento de la obligatoriedad se han mantenido en el período”, advertía el informe.

Esa brecha se refleja en los microdatos también: los adolescentes que viven en hogares de ingresos bajos tienen más dificultades de aprendizaje en matemática y lengua. También menos acceso a medios, como una computadora, un libro hasta más carencias de infraestructura en las escuelas. Sí, el Estado provee peores servicios en los lugares donde más se necesitan. “Se observa que, en las instituciones de baja infraestructura, el 32% de estudiantes son de NSE (Nivel Socio Educativo) bajo, el 60% de NSE medio y solo el 8% de NSE alto”, se detalla.

La radiografía que el propio Estado hace genera alertas porque hay hasta un 43% de escuelas sin calefacción, un 43% que tampoco tiene cloacas, una gran mayoría sin acceso a internet y hasta sin caminos en buen estado que permitan acceso. “Estos datos ofrecen un panorama de las condiciones en las que se enseña y aprende en nuestro país, que no solo dan cuenta de las privaciones materiales que se experimentan en buena parte de las escuelas, sino que exponen las desigualdades territoriales y sociales del sistema y de las comunidades educativas”, se advierte. El Estado colabora con la injusticia social porque "a la desigualdad social existente entre las familias de las y los estudiantes, el sistema educativo le yuxtapone una oferta desigual que contribuye, a su vez, a la intensificación de los procesos de segregación social". 

La Nación está casi desentendida de la gestión real de la educación desde la década de los ’90. Pero sigue siendo una responsabilidad básica. Las palabras del Presidente solo generan desaliento, pues no parece tener voluntad de frenar la inercia de esa contrarrevolución educativa que hoy no permite pensar en que las generaciones que vienen vivirán y serán más libres.

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