Axel Kicillof, el duro stopper de Martín Guzmán

Axel Kicillof, el duro stopper de Martín Guzmán

El gobernador de Buenos Aires le quiere marcar la cancha al ministro de Economía y posterga la negociación con los bonistas de la deuda bonaerense. Pese a que los bonistas inician demandas, Kicillof juega al límite del default como una forma de competir con Guzmán y obligarlo a no cerrar con el FMI.

Beto Valdez

Beto Valdez

Axel Kicillof se ha transformado en un dolor de cabeza significativo para el ministro de Economía, Martín Guzmán. Se sabe en los ámbitos políticos que el gobernador de Buenos Aires es el preferido de la vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner. Es al economista que más escucha porque considera que su manejo como titular del Palacio de Hacienda en la última parte de segundo mandato tuvo el timming suficiente como para evitar que la crisis fiscal y cambiaria le explotara en sus manos.

Y encima su debut en la política fue muy auspicioso ya que ganó con la Gobernación con mucha comodidad. Por eso lo tiene muy en cuenta a la hora de preparar un presidenciable para 2023. Su plan A es que el ex ministro de Economía llegue a la Casa Rosada y que su hijo Máximo sea el sucesor al frente de la provincia de Buenos Aires. En este contexto, el análisis y los movimientos de Kicillof tienen un rol preponderante en torno a la agenda económica del Frente de Todos, muy superior al del propio Guzmán, más allá del respaldo que sigue recibiendo del presidente Alberto Fernández.

Por esa razón el ministro de Economía se siente realmente muy incómodo frente a los últimos movimientos del gobernador, quien suele hablar más de él en privado y también le transmitió al propio Fernández algunas de esas críticas. Esta lucha de egos entre técnicos empieza a ser un elemento central dentro de la relación de fuerzas del oficialismo. A Guzmán le resulta muy incómodo el conflicto de Kicillof con los bonistas de la provincia de Buenos Aires.

No es sencillo para el titular del Palacio de Hacienda explicar la estrategia agresiva del mandatario del principal distrito del país. Le resulta más cómodo explicarles a sus interlocutores del Fondo Monetario Internacional y en Wall Street que los discursos incendiarios de Cristina son “fulbito para la tribuna”, o sea mensajes dirigidos a su base electoral más radicalizada. Les dice que no se preocupen porque el gobierno nacional está decidido a cumplir con los compromisos.

Probablemente no terminen de creerle porque, más allá de la pirotecnia verbal de CFK, su protegido político no exhibe ninguna voluntad de llegar a un acuerdo para pagar la deuda con los bonistas de Buenos Aires y juega alegremente con el fantasma del default. Ni siquiera se trata de una negociación polémica como la de los hold outs que se habían quedado con bonos basura corriendo el riesgo y dispuestos a esperar el tiempo que fuera para cobrar en los Tribunales de Nueva York. En este caso, se trata de inversores institucionales que actuaron de buena fe.

Acá es donde aparece el conflicto de egos. Kicillof no quiere aparecer cediendo y negociando más rápido que Guzmán que se tomó varios meses para llegar a un acuerdo con los bonistas para reestructurar la deuda. Además, el gobernador sabe que a su colega le va a llevar un tiempo más prudencial intentar un acuerdo con el FMI. Entonces, también quiere estirar los plazos durante bastante tiempo. Lo seduce otra vez “el patria o buitres” y de paso le marca la cancha al discípulo de Joseph Stiglitz.

Con el aval de la vicepresidenta, el gobernador puede provocar además problemas a nivel nacional y bonaerenses. Evidentemente, hace lo posible, con esa actitud, para complicar las negociaciones con el Fondo y parece que no fuera muy consciente del daño que puede ocasionarle a la economía real del distrito bonaerense. Un comportamiento difícil de analizar para los bonistas que perciben los serios problemas que enfrenta Kicillof. Claro, tienen un combo muy difícil de administrar: el frente sanitario sin resolver por la falta de vacunas y la tensión entre su ministro de Seguridad, Sergio Berni y Sabina Frederic, cuestiones que no están en sus manos.

En cambio, en el tema de la deuda la responsabilidad es absolutamente suya. Algunos analistas de Wall Street creen que su tozudez en la negociación con los bonistas es un prejuicio ideológico y una forma de condicionar a Guzmán. Pero el inicio de pleitos judiciales en la justicia neoyorkina no hace otra cosa que complicar más un escenario económico turbio e incierto ¿Hasta dónde está dispuesto a tirar de la soga? Sin duda, la última palabra la tendrá Cristina. Aunque nadie sabe a qué costo.                     

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