Menos novedad que desgracia: el debate de los candidatos o el teatro de la política

Menos novedad que desgracia: el debate de los candidatos o el teatro de la política

Tal y como ha vuelto a poner de relieve el reciente debate de los seis candidatos a diputados nacionales por la provincia de Buenos Aires la política se ha tornado decidida e irreversiblemente espectacularizada, teatral, dramatúrgica, algo que resulta menos una novedad que una penosa desgracia.

Carlos Alvarez Teijeiro

Carlos Alvarez Teijeiro

"El espectáculo es la trampa donde atraparé la conciencia del rey", así de vehemente se expresa el joven príncipe Hamlet de Dinamarca en uno de los parlamentos más conocidos de toda la obra dramática del siempre genial William Shakespeare. 

Basta con haber dedicado apenas unos minutos al debate televisivo/televisado de esta noche para convencerse de que la política de nuestros tiempos parece haberse convertido en una acción tan dramatúrgica como el teatro. En ambos casos los actores implicados actúan (y sobreactúan), escenifican, representan: ríen y lloran, cantan y bailan, pronuncian encendidos discursos, critican, declaran, incluso gritan, descalifican, insultan, declaman, proclaman, y todo para el gozo y deleite de sus cada vez más pasivos y aburridos espectadores, nosotros.

No es una menor coincidencia que los términos función pública y representación se los podamos aplicar por igual a lo que hacen unos y otros, políticos y actores. Así, estar en la función pública a la que aspiran los protagonistas y antagonistas del show de hoy consiste en re-presentar precisamente eso mismo, que se está en ella. No hay política sin actuación.

Las máscaras, tradicionalmente utilizadas para esconder el rostro, son ahora lo único que los políticos de hoy exhiben de sí mismos.

En el teatro griego clásico los protagonistas usaban caretas y lo mismo puede decirse de las máscaras en los rituales africanos de los oficiantes de ritos y conjuros. En nuestro tiempo, lo más parecido a una máscara que exhibe el político es su simple rostro descubierto (y siempre maquillado), pero sometido a todo tipo de mediaciones tecnológicas antes de finalmente llegar a sus públicos.

Si durante largos siglos se pensó que la esencia del poder era ver sin ser visto, como el Panóptico de Jeremy Bentham, profusamente analizado por Foucault, hoy la máxima del poder político es ser visto sin ver, básicamente a los ciudadanos. Se trata de exhibirse, en general a través de los medios y las redes sociales, debates incluidos, y suprimir toda forma de interacción y contacto personal.

Todo espectáculo, el teatro y la política lo son, exige una forma de distancia entre actores y espectadores, el proscenio. La política mediatizada ha llevado esa distancia a su máxima expresión, la ha vuelto infranqueable y de imposible retorno. Ser vistos sin ver es el (dudoso) privilegio con el que cuentan hoy los actores-políticos, inmunes a las quejas de los beneficiarios de las medidas que imponen o sugieren, y solo y apenas en apariencia hemos sido los ciudadanos los espectadores de esta noche, los verdaderos y únicos espectadores fueron esos cuerpos fantasmagóricos detrás de los atriles y la inclemente consulta de sus equipos de campaña de las mediciones de imagen en tiempo real y de la repercusión en las redes sociales de lo dicho y no dicho.

Son, pues, los políticos actores de libreto, no repentizadores. Y como en toda actuación, los políticos cuentan también con su atrezzo, compuesto por una auténtica saga de innumerables asesores, y para todos los temas, sin los cuales temen que todo paso sea un paso en falso, no en vano se les ha permitido más a ellos que a otros el acceso al estudio del programa A dos voces.

Esta similitud entre la política y el teatro no es necesariamente inútil. El poder necesita ser escenificado de alguna manera para que se cumpla como tal. No hay poder sin mediación dramatúrgica. El problema aparece cuando la necesaria mediación no media también con respecto a algo que está más allá de sí misma, los ciudadanos. Cuando la mediación se vuelve tautología y queda por completo encerrada en su interior.

Cuando esto ocurre, y ocurre con mucha más frecuencia de la deseada, tal y como ha resultado evidente hace unos minutos, ser visto sin ver se convierte en un problema. Dicen los actores que por efecto de la iluminación no siempre son capaces de ver a su público. Las luces los deslumbran. También deslumbran a los políticos, quienes parecen preferir a toda costa la luz de los focos antes que un apretón de manos, y mucho menos en tiempos de pandemia.

Volviendo al comienzo shakesperiano, "el espectáculo es la trampa donde atraparé la conciencia del rey". En el debate televisado de esta noche no ha sido la conciencia real la atrapada, sino lamentablemente la nuestra, la de los súbditos-ciudadanos.

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